Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Lo que querían romper

La primera señal de que alguien estaba intentando destruir mi carrera llegó en forma de un correo extremadamente educado. Eso me pareció ofensivo. Los peores desastres corporativos siempre empezaban con frases como “esperamos que se encuentre bien”. El mensaje provenía de Auditoría Interna.

Señora Salvatore: solicitamos su presencia en una reunión confidencial relacionada con una posible filtración de documentación restringida.

Leí dos veces. Después miré a Lucía.

—¿Qué?

Le giré la pantalla. Su sonrisa desapareció.

—Ah.

—Exacto.

La reunión era en veinte minutos. Cassian no estaba en la torre. Había viajado a una sesión del Consejo Continental esa mañana. Eso fue bueno. Porque mi primer impulso fue llamarlo. Mi segundo fue no hacerlo. No quería que cada problema de mi vida llegara automáticamente a su escritorio antes de que yo supiera qué era. Lucía me observó mientras tomaba una carpeta.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No.

—¿Quieres que llame a Martín?

—No.

—¿Quieres que llame a Cassian?

—No.

—Voy a ignorar que tardaste más en responder la tercera.

—Gracias.

Auditoría estaba dos pisos abajo. Entré en la sala y encontré a la directora de Cumplimiento, dos auditores, un abogado y Elena Voric de Seguridad. Eso no era una reunión. Era una emboscada institucional con café.

—Señora Salvatore —dijo la directora—. Gracias por venir.

—La invitación sugería que no era opcional.

Nadie sonrió. Mal comienzo. Me senté.

—¿Qué ocurrió?

El abogado abrió una carpeta.

—Hace cuarenta y ocho horas, un medio especializado recibió fragmentos de documentos internos vinculados a una negociación energética confidencial.

Mi estómago se tensó.

—¿Se publicaron?

—No. El medio consultó antes con Beaumont Crown. Los documentos parecen auténticos.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

La directora de Auditoría me miró directamente.

—El registro de descarga apunta a sus credenciales.

Silencio. No escuché nada durante un segundo. Después todo regresó demasiado claro.

—Eso es imposible.

—Las credenciales se utilizaron a las 23:14 del martes.

—Yo estaba en casa.

—Lo sabemos.

—Entonces...

—El acceso fue remoto.

Sentí el frío.

—No fui yo.

—No estamos afirmando que lo fuera.

—Pero estoy aquí.

—Porque debemos investigar cualquier posibilidad.

Asentí lentamente. Correcto. Necesario. Aterrador.

—¿Qué necesitan de mí?

El abogado enumeró dispositivos, registros, correos y permisos.

—Tendremos que suspender temporalmente sus credenciales de acceso a la documentación del proyecto mientras verificamos la intrusión.

El golpe fue profesional. No personal. Por eso dolió de una forma diferente. Ese proyecto era mío. Mi equipo. Mi reputación.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sabemos.

Elena intervino.

—Anabella, hay indicios de compromiso de credenciales. Esto puede estar relacionado con la investigación anterior.

La miré.

—¿Puede?

—Sí.

—Pero no lo saben.

—No.

Respiré.

—Bien.

La directora parpadeó.

—¿Bien?

—Voy a cooperar. Entregaré mis dispositivos. Quiero una auditoría independiente de cada acceso y quiero quedar formalmente recusada de cualquier decisión sobre la investigación.

—No es necesario que...

—Sí lo es.

Mi voz salió más firme.

—Si alguien intentó hacer parecer que filtré información, la única forma de limpiar esto es que yo no controle el proceso.

Elena me observó con algo parecido a orgullo.

—De acuerdo.

Salí de la reunión con el teléfono temporal de Seguridad y sin acceso a una parte importante de mi propio trabajo. Lucía me esperaba junto al ascensor.

—¿Qué pasó?

—Alguien usó mis credenciales para descargar documentos confidenciales.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué?




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