Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

El hombre que vino a pedir perdón

Ver a Arthur en el corredor de Beaumont Crown fue como escuchar una canción que había amado en otra vida. Reconocí cada nota, pero ya no pertenecía a la persona que la había escuchado por primera vez.

Seguía siendo hermoso. El cabello rubio perfectamente desordenado, los ojos grises, la mandíbula demasiado definida y esa clase de presencia que durante años había hecho que las personas se apartaran para dejar pasar al Alfa. Sin embargo, había algo diferente. Estaba más delgado. El cansancio se marcaba debajo de sus ojos y sus hombros, antes siempre rectos, parecían sostener un peso que no podía delegar.

Liora se movió dentro de mí.

No dijo Mate.

No dijo su nombre.

Solo una palabra.

Pasado.

La claridad me permitió respirar.

Arthur dio un paso y se detuvo. Lo vi recordar que ya no podía acercarse por instinto. Años atrás, aquel gesto me habría destruido. En ese momento, me produjo una tristeza distante.

—Anabella.

—Arthur.

Lucía estaba a mi lado. Su cuerpo entero transmitía la disposición de golpear a un Alfa con una tableta si la situación lo requería.

—Voy a estar en tu oficina —dijo sin apartar los ojos de él.

—Gracias.

Se marchó. Arthur la observó alejarse.

—Es tu amiga.

—Mi familia.

La corrección lo alcanzó. Asintió.

—Me alegra que la tengas.

—Yo también.

No había mucho más que decir en un corredor. La conversación estaba programada para la mañana siguiente, pero ambos sabíamos que fingir no habernos visto durante veinte horas sería absurdo.

—¿Quieres adelantarla? —pregunté.

Arthur pareció sorprendido.

—Solo si tú quieres.

—Una hora. Ahora.

Cassian apareció detrás de él. No sé cuánto había escuchado. Su rostro estaba controlado, pero el aire alrededor parecía más denso.

—La sala está preparada —dijo.

Lo miré. Había algo en sus ojos que no comprendí. Preocupación, rabia y una culpa extraña.

—Estarás cerca.

—Sí.

—Pero no dentro.

Su mandíbula se tensó.

—Sí.

Arthur bajó la vista. Comprendí que había percibido la dificultad de Cassian y aquello provocó otra pregunta que todavía no podía formular.

La sala elegida era pequeña, sin una mesa enorme que convirtiera la conversación en una negociación. Dos sillones, una ventana y una cámara visible que yo podía apagar. La dejé encendida. No por miedo a Arthur, sino porque ya no necesitaba demostrar confianza entregando mi seguridad.

Nos sentamos frente a frente.

Durante varios segundos ninguno habló.

Arthur sostenía una caja de madera sobre las piernas. Sus manos, grandes y conocidas, estaban cerradas alrededor de los bordes. Había imaginado demasiadas veces volver a verlas. En mis peores noches, recordaba cómo me habían sostenido antes de convertirse en las manos del hombre que protegió a otra mujer mientras yo me rompía.

—No sé por dónde empezar —dijo.

—Empieza sin Tatiana.

Levantó la mirada.

—¿Qué?

—No me expliques que mintió. Ya lo sé. No me digas que te manipuló como si eso eliminara cada decisión que tomaste. Empieza contigo.

Arthur cerró los ojos un instante.

—No te creí.

La frase fue sencilla. Por eso dolió.

—No.

—Cada vez que me pediste que mirara algo, elegí la explicación que me resultaba más cómoda. Cuando Tatiana lloraba, yo podía sentirme protector. Cuando tú preguntabas, tenía que aceptar que no estaba prestando atención. Así que te llamé insegura.

Tragué saliva.

—Sí.

—Te pedí que te disculparas por cosas que ella había hecho. Permití que el Consejo cuestionara tu capacidad porque era más fácil imaginar que el problema eras tú que enfrentar la posibilidad de que yo estuviera eligiendo mal. Y cuando suspendí la boda, no tuve el valor de decírtelo en persona.

No apartó la mirada. Sus ojos estaban húmedos, pero no buscaba que yo lo consolara.

—Después te rechacé frente a todos —continuó—. Te hice escuchar que había intentado que funcionara, como si siete años contigo hubieran sido una carga. Elegí a Tatiana y utilicé el bien de la manada para justificar que quería algo diferente.

El pecho me dolía. No era el dolor del vínculo roto. Era duelo por la conversación que necesitaba cuando todavía podía cambiar algo.

—¿Por qué ahora? —pregunté—. ¿Porque descubriste que ella mentía o porque tu matrimonio fracasó?

Arthur recibió la pregunta sin defenderse.




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