Cassian
—Soy tu Mate.
Había pronunciado frases capaces de alterar mercados, detener guerras entre manadas y convertir acuerdos imposibles en decisiones firmadas. Ninguna me había dejado tan expuesto como esas tres palabras.
Anabella no reaccionó inmediatamente. Permaneció frente a mí con el medallón de su madre cerrado dentro de una mano. Sus ojos verdes buscaron algo en mi rostro, quizá una señal de que había entendido mal.
—No —dijo al fin.
Mi lobo recibió la palabra como un golpe. Yo me obligué a permanecer quieto.
—Sí.
—No puede ser.
—Puede.
—Arthur era mi Mate.
—Lo sé.
—El vínculo se rompió.
—Sí.
—Entonces no puedes serlo tú.
Cada respuesta que daba parecía reducir el aire disponible.
—Existen vínculos de segunda oportunidad. Son poco comunes, pero reconocidos. En algunos casos aparecen después de un rechazo. En otros, la capacidad de reconocerlos queda bloqueada por el daño del primer vínculo.
Anabella retrocedió hasta tocar el borde de la mesa.
—¿Desde cuándo lo sabes?
La pregunta que había temido.
—Desde el primer día.
Su rostro perdió color.
—El corredor.
—Sí.
—Te detuviste porque...
—Mi lobo te reconoció.
—Y yo no sentí nada.
—Tu loba estaba demasiado lejos.
La vergüenza apareció en sus ojos. Di un paso y me detuve cuando levantó una mano.
—No.
Obedecí.
—No conviertas eso en otra prueba de que yo estaba rota —dije.
—No lo estaba pensando.
—Pero lo pensaste cuando me investigaste.
—Pensé que alguien te había hecho daño. No que fueras defectuosa.
—Niccolas sabía.
—Sí.
—Compraste Virelli.
El silencio se convirtió en una confesión antes de que respondiera.
—La adquisición tenía sentido empresarial.
—No te atrevas.
Su voz no fue alta. Fue peor.
—No me des la misma respuesta corporativa ahora. ¿Compraste mi empresa porque era tu Mate?
—En parte.
Anabella soltó una risa breve, sin humor.
—En parte.
—Quería tenerte cerca. También quería proteger el trabajo que habías construido y asegurar que la fusión no te quitara autoridad.
—Decidiste que la mejor forma de acercarte era adquirir cuatrocientas carreras profesionales.
—No habría comprado una mala empresa.
La frase fue un error.
—Eso no mejora nada.
—Lo sé.
—¿Todo fue por el vínculo? El contrato, las reuniones, el traslado, la oficina junto a la tuya, el café...
—No.
La respuesta salió con más fuerza de la que pretendía.
—El vínculo hizo que te reconociera. No hizo que admirara tu trabajo, que me riera contigo ni que quisiera saber qué pensabas cuando no estabas en una reunión. No me obligó a enamorarme de la mujer que eres.
Anabella cerró los ojos.
—No uses esa palabra ahora.
—¿Cuál?
—Enamorarme. No la pongas junto a Mate como si una demostrara la otra.
Tenía razón.
—De acuerdo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque cuando te conocí no podías sentir a tu loba. Habías sido rechazada por un Alfa que convirtió el destino en una promesa y después decidió que no era suficiente. No quería aparecer como otro hombre diciendo que una fuerza externa me daba derechos sobre ti.
—Entonces decidiste ocultarlo.
—Decidí esperar a que confiaras en mí por quien era.
—¿Y cuándo iba a terminar la espera? ¿Después de besarme? ¿Después de mudarme a tu casa? ¿Después de acostarme contigo?
La última pregunta hizo que mi lobo retrocediera.
—Antes.
—¿Cuándo?
No tenía una respuesta que no sonara cobarde.
—Pronto.
Anabella abrió los ojos.
—Eso significa que no lo sabías.
—No.
—Tatiana tuvo que decírmelo indirectamente. Arthur lo descubrió en un día. Yo llevo meses contigo y fui la última.
—Sí.
La palabra me desgarró.
—No vuelvas a responder correctamente —murmuró, pero no había humor.