Lucía no hizo preguntas durante los primeros diez minutos después de que llegué al departamento protegido. Eso fue más preocupante que cualquier interrogatorio. Me recibió en la puerta, tomó mi valija y señaló el sofá. Había preparado té, chocolate y una caja de pañuelos. También había colocado a Gerardo, la planta, sobre una mesa con vista privilegiada hacia el centro de la sala.
—¿La planta participa? —pregunté.
—Es un excelente oyente.
Me senté. Liora permanecía cerca, inquieta y silenciosa.
—Cassian es mi Mate.
Lucía dejó caer una cuchara dentro de la taza.
—Ah.
—Esa es mi respuesta.
—Ahora entiendo por qué es tan eficiente.
Me reí sin querer. Después lloré. Lucía se sentó a mi lado y me abrazó sin preguntar qué emoción correspondía a cada cosa.
Le conté todo. El corredor, el reconocimiento de Cassian, la investigación, la compra de Virelli y su decisión de esperar. Lucía escuchó con una seriedad poco habitual. No defendió a Cassian de inmediato, lo cual agradecí.
—Estoy enfadada —dije—. Y después me siento culpable por estar enfadada porque entiendo por qué esperó.
—Puedes entender algo y seguir herida.
—Todo el mundo está aprendiendo esa frase.
—Es útil.
—¿Crees que me manipuló?
Lucía pensó antes de responder.
—Creo que manipuló circunstancias. No creo que manipulara lo que sentías. Cada vez que lo vi contigo, parecía aterrorizado de hacer demasiado y completamente incapaz de alejarse. Eso no significa que comprar una empresa para poner tu oficina al lado sea normal.
—Gracias.
—Es profundamente romántico en una forma que debería revisar un organismo regulador.
—Ahí estás.
La noche avanzó lentamente. Seguridad permanecía fuera del departamento y Tatiana seguía sin aparecer. Arthur regresaría a Blackwood al día siguiente. Sandra había sido suspendida de todos los proyectos del grupo. En términos objetivos, mi vida estaba bajo control.
Emocionalmente, una palabra acababa de cambiar el mapa completo.
Mate.
No podía pronunciarla sin recordar a Arthur. El primer reconocimiento. Liora saltando dentro de mí. Siete años construidos sobre la idea de que el destino era una garantía. Después el rechazo, el dolor y el silencio.
Cassian no había hecho nada parecido. Eso era cierto. También era cierto que me había negado información porque temía lo que yo haría con ella.
Me acosté a las tres de la mañana y no dormí. Liora caminaba dentro de mi mente con una paciencia irritante.
—Di algo —murmuré.
Verdad.
—Ya sé que es verdad.
Silencio.
—¿Lo reconociste desde el principio?
Lejos.
—Estabas lejos.
Dolor.
La palabra me cerró el pecho.
—Sí.
Él esperó.
—También ocultó.
Liora no discutió.
—No puedes elegir por mí.
La respuesta llegó después de una pausa.
Elegimos antes.
Me quedé inmóvil.
Antes.
Antes de saber. Antes de la palabra. Antes de que el destino volviera a entrar en mi vida con una explicación.
Yo había elegido besar a Cassian. Había elegido confiar en él, correr a su lado y dormir con la cabeza sobre su pecho. También había elegido enfadarme cuando cruzaba límites y alejarme cuando necesitaba pensar.
El vínculo no borraba ninguna de esas decisiones.
Tampoco borraba las suyas.
A la mañana siguiente fui a trabajar. Cassian no utilizó la puerta interna. No apareció con café. Su agenda mostraba reuniones en otro piso, aunque sospechaba que había trasladado algunas para darme espacio.
Eso también me molestó.
—No puedes enfadarte porque respete lo que pediste —dijo Lucía cuando se lo mencioné.
—No estoy enfadada.
—Mientes peor que ambos.
A mediodía, Niccolas solicitó una reunión sobre la investigación. Llegó solo y cerró la puerta.
—Tatiana utilizó un vehículo registrado a nombre de una empresa de transporte que trabaja para los Valmont. El conductor afirma que la dejó cerca del límite norte, pero no tenemos confirmación.
—¿Sandra sabía?
—Niega haber autorizado el vehículo. La familia tiene decenas de contratos y cualquiera con acceso interno podría usarlo.
Asentí. Niccolas guardó la tableta, pero no se levantó.
—Puedes decirlo —dije.