Sandra
La primera vez que Tatiana Blackwood me habló de Anabella Salvatore pensé que estaba frente a una mujer despechada, no a una amenaza. Fue un error comprensible. Tatiana no parecía peligrosa cuando sonreía. Parecía herida, elegante y completamente consciente de cuánto debía revelar para que otra persona quisiera escuchar el resto.
Yo también había cometido ese tipo de manipulación. La diferencia era que, hasta conocerla, creía que sabía detenerme.
Nos reunimos en una casa alquilada fuera de Silvercrest después de que Cassian suspendiera mi participación en el proyecto. El lugar pertenecía a una empresa que no aparecía vinculada a los Valmont ni a North Moon. Había elegido cada intermediario con cuidado. No porque pensara cometer un delito, me repetí, sino porque mi familia no podía quedar expuesta a otra humillación pública.
Tatiana llegó con una hora de retraso. No pidió disculpas.
—Intentaste salir de la ciudad —dije cuando entró.
—Quería que Seguridad creyera eso.
—Encontraron el vehículo.
—Encontraron lo que necesitaba que encontraran.
Se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla. Llevaba ropa oscura, sin joyas, y el cabello rubio recogido. Ya no parecía una Luna. Parecía una mujer que había perdido el título y, con él, el último motivo para fingir moderación.
—Cassian me retiró del proyecto —dije.
—Lo sé.
—Mi padre está furioso.
—Tu padre seguirá teniendo contratos mientras resulte útil. Los hombres poderosos siempre separan los negocios de la dignidad cuando hay suficiente dinero.
—No conoces a mi familia.
Tatiana sonrió.
—Conozco familias como la tuya. Creen que la sangre antigua convierte la ambición en tradición.
No me gustó su tono. Tampoco que tuviera razón.
—Dijiste que Anabella huiría si dudaba de Cassian.
—Habría huido años atrás.
—Entonces tu información estaba desactualizada.
El rostro de Tatiana no cambió, pero el aire sí.
—Cambió más de lo que esperaba.
—La subestimaste.
—Tú también.
La frase encontró un lugar incómodo. Yo había visto a Anabella como una mujer sin manada, brillante en el mundo humano pero ingenua dentro de las jerarquías reales. Imaginé que bastaría con recordar mi historia con Cassian, la posibilidad de un matrimonio y la diferencia entre nuestras familias. En cambio, ella preguntó. Cassian respondió. Después salieron de la mano frente a las cámaras y mi nombre se convirtió en una aclaración pública.
—No pienso destruirla —dije.
Tatiana abrió una botella de agua.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Quiero que se aleje de Cassian.
—Eso requiere destruir algo. Su confianza, su posición o su capacidad de quedarse.
—No su vida.
Tatiana bebió sin apartar los ojos de mí.
—Qué alivio moral.
Me puse de pie.
—La agenda fue demasiado. No autoricé que intentaras comprarla.
—Me diste la consultora.
—Para investigar su historia.
—La historia no sirve si no sabes cuándo utilizarla.
—Manipulaste documentos de Beaumont Crown.
—No directamente.
—Esa respuesta no va a protegernos.
—A mí no me interesa protegerte.
La claridad fue brutal. Durante un segundo nos miramos sin la cortesía de fingir una alianza.
—Crees que puedes usarme —dije.
—Y tú creíste que podías usarme. Por eso la conversación funcionaba.
Me acerqué a la mesa.
—Cassian sabe que te reuniste conmigo.
—Sabe que nos reunimos una vez. No sabe dónde estoy ahora.
—Te encontrará.
—Probablemente.
No parecía preocupada.
—¿Qué quieres realmente? —pregunté.
Tatiana dejó la botella.
—Que Anabella pierda algo que no pueda reconstruir.
—Eso no responde.
—Quiero verla comprender que todo lo que consiguió sigue dependiendo de que otras personas la consideren valiosa. Quiero que Cassian la mire como Arthur terminó mirándola: una carga demasiado complicada para justificar el esfuerzo.
—Cassian no es Arthur.
—Ningún hombre lo es hasta que tiene que elegir entre poder y una mujer herida.
Pensé en la sala de reuniones, en la forma en que Cassian había detenido una conversación completa cuando mencioné a Anabella como una mujer recién llegada. No parecía un hombre esperando una opción más conveniente.
—No vas a convencerlo con rumores —dije.