Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

El precio de guardar silencio

El precio de guardar silencio

Sandra

Había imaginado muchas veces cómo sería perder el respeto de Cassian Beaumont. En mis versiones más dramáticas, ocurría durante una negociación política, después de que yo defendiera los intereses de mi familia con demasiada firmeza. En otras, él descubría que había permitido el rumor de nuestro supuesto compromiso y me miraba con decepción antes de decidir que, aun así, yo seguía siendo la opción más adecuada.

Nunca imaginé que ocurriría mientras una mujer inconsciente era retirada de un escenario y yo permanecía sentada dentro de un automóvil, con el teléfono en la mano y la certeza de que había podido impedirlo horas antes.

El mensaje que envié a Niccolas salió a las once y veinte.

Tienen que revisar las bebidas. Tatiana tiene un inhibidor. Está dentro del evento.

Lo escribí en el estacionamiento, después de pasar veinte minutos mirando la entrada y convenciéndome de que todavía podía irme. Mi padre ya sabía que había tenido contacto con Tatiana. No los detalles, pero lo suficiente para advertirme que cualquier nueva exposición podía costarme el lugar en la Fundación Valmont y, probablemente, dentro de la línea sucesoria familiar.

Había pasado toda la vida creyendo que perder un lugar era la peor forma de derrota.

Después vi a Tatiana entrar por una puerta de proveedores con una credencial falsa.

La seguí.

No porque fuera valiente. Porque, de pronto, la idea de guardar silencio resultó más vergonzosa que cualquier titular.

Seguridad detuvo mi vehículo en el segundo control. Mi acceso ejecutivo había sido suspendido, por lo que tuve que utilizar el nombre de Niccolas y esperar mientras verificaban la autorización. Esos minutos fueron suficientes.

Cuando finalmente entré al edificio, escuché el cambio en el salón antes de verlo: gritos contenidos, órdenes por los auriculares, un silencio extraño extendiéndose entre cientos de personas.

Corrí.

No recordaba haber corrido con tacones desde la adolescencia.

Llegué al corredor lateral cuando Cassian salió del salón con Anabella en brazos. Nunca lo había visto así. Ni durante conflictos de manada, ni después de atentados contra sus empresas, ni cuando el Consejo Continental intentó desafiar una de sus decisiones. Su rostro estaba completamente quieto, pero el poder que lo rodeaba hacía vibrar el aire.

Anabella parecía dormida. Demasiado pálida. El vestido verde oscuro tenía una mancha húmeda cerca de la muñeca.

Cassian me vio.

Durante un segundo deseé que no lo hiciera.

—¿Qué le diste? —preguntó.

La acusación fue inmediata. Merecida.

—Nada. Yo envié la advertencia.

Niccolas apareció detrás de él, acompañado por dos miembros de Seguridad.

—Es cierto —dijo—. El mensaje llegó antes del incidente, pero no con tiempo suficiente para cerrar todo el servicio.

Cassian no apartó los ojos de mí.

—¿Sabías que Tatiana estaba aquí?

—La vi entrar. Sabía del inhibidor desde anoche.

La verdad se convirtió en algo físico entre nosotros.

—Desde anoche —repitió.

No levantó la voz. Habría preferido que lo hiciera.

—Tenía miedo de admitir que volví a reunirme con ella.

—Y por protegerte dejaste que Anabella entrara a un edificio donde una mujer planeaba drogarla.

—Sí.

La palabra me quemó.

Cassian dio un paso. Niccolas se movió entre ambos, no para protegerme de un ataque que sabía que su primo no cometería, sino para recordar al Rey que todavía sostenía a Anabella.

—La médica está preparada —dijo—. El equipo norte perdió a Tatiana en la reserva. Bloquearon las carreteras.

Cassian miró a la mujer en sus brazos. Todo lo demás desapareció.

—Encuéntrenla.

Se alejó.

Yo permanecí en el corredor hasta que Niccolas se volvió hacia mí.

—Necesito todo —dijo—. La casa, el plan, los proveedores, la credencial, cualquier nombre que mencionara.

—Voy a dártelo.

—No es un favor, Sandra.

—Lo sé.

Entramos en una oficina vacía. Durante los siguientes cuarenta minutos relaté cada conversación con Tatiana. La primera reunión. La consultora. El intento de conseguir la agenda. La casa alquilada. El frasco. La inauguración.

Niccolas tomó notas sin interrumpir, salvo para pedir precisión. No me insultó. No necesitaba hacerlo. Cada dato era una prueba de cuánto tiempo había tenido para detener aquello.

—¿Tocaste el frasco? —preguntó.

—No.

—¿Viste dónde lo guardó?

—En el bolsillo interior de su abrigo. Pero hoy no llevaba ese abrigo.

—¿Mencionó una salida?

Recordé la carpeta, los planos y una anotación junto al límite norte de la reserva.

—Había un sendero de mantenimiento que conecta con una carretera secundaria. Dijo que la seguridad protege de amenazas que reconoce. Probablemente preparó un vehículo fuera del perímetro.

Niccolas transmitió la información. Después dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Por qué borraste el primer mensaje?

Lo miré.

No preguntó cómo lo sabía. Seguridad habría recuperado los registros del dispositivo o Tatiana tendría copias. Ya no importaba.

—Porque pensé en mi padre. En los contratos. En lo que diría la prensa si se supiera que volví a verla.

—¿Y qué cambió?

La imagen de Anabella en la sala de reuniones regresó. No había competido conmigo. No había pedido a Cassian que me humillara. Había señalado que mis decisiones tenían consecuencias y después había seguido con su vida.

—Comprendí que Tatiana no estaba intentando ganar. Quería destruirla. Y que, si yo guardaba silencio, no sería una observadora. Sería parte del plan.

Niccolas me estudió durante varios segundos.

—Fuiste parte del plan antes de guardar silencio.

—Sí.

—Advertirnos no elimina eso.




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