Volver a mi cuerpo
Desperté con la sensación de que mi cuerpo pertenecía a otra persona.
La habitación era blanca, silenciosa y demasiado limpia. Una máquina marcaba el ritmo de mi corazón. Tenía una vía en el brazo, un sabor metálico en la boca y la mano atrapada dentro de otra mucho más grande.
Cassian dormía sentado junto a la cama.
Nunca lo había visto dormir de aquella manera. No había perfección, ni postura de Rey, ni esa calma controlada que utilizaba para convencer al mundo de que nada podía alcanzarlo. Tenía el cabello desordenado, la barba oscura sobre la mandíbula y una arruga entre las cejas que no desaparecía ni mientras dormía. Su pulgar seguía apoyado sobre mi muñeca, como si necesitara comprobar incluso inconsciente que el pulso continuaba allí.
Intenté moverme. El mundo giró.
Cassian despertó inmediatamente.
—No te levantes.
—Buenos días para ti también.
La voz me salió áspera. Sus ojos recorrieron los monitores y después volvieron a mí.
—¿Cómo te sientes?
—Como si hubiera bebido tres botellas de vino y después perdido una discusión con un camión.
—Eso es mejor que ayer.
—¿Cuánto tiempo?
—Veintidós horas desde el ataque.
Casi un día.
Busqué a Liora.
No encontré el espacio vacío de los años anteriores. Había algo, pero distante, envuelto en niebla.
Aquí, murmuró.
Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas.
Cassian se inclinó.
—¿Qué ocurre?
—Está aquí.
El alivio en su rostro fue tan intenso que comprendí cuánto había ocultado durante esas horas.
—Sí.
—Débil.
—Mara dice que el efecto puede durar varios días. No hay daño permanente en los análisis.
—No digas permanente como si los análisis pudieran medir todo.
—Tienes razón.
La respuesta llegó sin defensa. Seguía aprendiendo.
Mara entró poco después y me sometió a una revisión completa. Explicó la sustancia, la dosis y la forma en que el inhibidor había bloqueado temporalmente la conexión con Liora. El contacto con Cassian había ayudado a mantener el vínculo accesible, pero mi recuperación dependería de descanso, transformación gradual y tiempo.
—No intentes cambiar hasta que el mareo desaparezca —advirtió—. Si Liora quiere acercarse, déjala. No la fuerces a demostrar que está bien.
La frase encontró una herida antigua. Asentí.
Cuando la doctora se marchó, Cassian permaneció junto a la ventana. Había algo que quería decir y no sabía cómo.
—Pregunta —dije.
Se volvió.
—¿Qué necesitas?
Sonreí apenas.
—Tu madre habló contigo.
—¿Cómo lo sabes?
—Esa pregunta suena a consejo maternal.
La comisura de su boca se movió.
—Necesito información. Toda. Sin decidir qué parte puede preocuparme.
Cassian regresó a la silla.
Me contó sobre Sandra, la advertencia, la casa, el número protegido dentro del Consejo y la búsqueda de Tatiana. También me dijo que Arthur estaba colaborando y no había pedido verme.
—Sandra está bajo custodia —terminó—. Quiere hablar contigo cuando estés preparada.
—¿Tú qué quieres?
La pregunta lo sorprendió.
—Que no vuelva a estar en una habitación contigo.
—Honesto.
—Estoy intentando.
Pensé en Sandra. En la sala de reuniones, su orgullo, las insinuaciones y la forma en que había intentado utilizar mis heridas. Después pensé en el mensaje que había enviado. Demasiado tarde, pero no tan tarde como podría haber sido.
—Quiero verla.
Cassian cerró los ojos un segundo.
—Aquí.
—Sí.
—Con Seguridad.
—Discreta.
—No estamos negociando eso.
—Siempre estamos negociando.
Me miró. Después asintió.
Sandra llegó por la tarde acompañada por Niccolas. No llevaba maquillaje, joyas ni la armadura elegante con la que la había conocido. Parecía cansada. Más joven. No inocente.
Cassian se quedó de pie junto a la ventana. Niccolas cerró la puerta y permaneció cerca de la entrada.
—Puedes sentarte —dije.
Sandra lo hizo.
Durante varios segundos ninguna habló. Yo había imaginado esta conversación mientras intentaba permanecer despierta durante la mañana. En algunas versiones gritaba. En otras la perdonaba con una grandeza que no sentía. La realidad fue menos teatral.
Editado: 06.09.2026