Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Todo lo que no voy a tomar

Todo lo que no voy a tomar

Cassian

Anabella regresó a mi penthouse dos noches después de la inauguración.

No la invité.

Había aprendido que algunas invitaciones podían sentirse como expectativas, especialmente cuando una mujer acababa de reconstruir límites que yo había cruzado creyendo que mis motivos eran suficientes. Por eso, cuando el ascensor privado se abrió a las nueve y ella apareció con una pequeña bolsa, un abrigo gris y una expresión que no sabía interpretar, mi primera reacción fue quedarme inmóvil.

—Hola —dijo.

—Hola.

—Esa respuesta fue preocupantemente humana.

—No sabía que vendrías.

—Eso era parte del plan.

Mi lobo se levantó con una fuerza que tuve que contener.

Mate. Casa.

—¿Ocurrió algo? —pregunté.

—No. Y antes de que llames a Seguridad para confirmar, Lucía sabe que estoy aquí, Niccolas probablemente lo sabe porque nada sucede en esta torre sin que él lo sepa y traje ropa para mañana.

La bolsa. La ropa.

Mi cuerpo comprendió antes que mi mente. No asumí nada.

—Puedes quedarte en la habitación de invitados.

Anabella arqueó una ceja.

—Qué seductor.

—Estoy intentando no asumir.

Su expresión se suavizó.

—Lo sé.

Entró. Dejé que eligiera dónde colocar la bolsa y qué distancia mantener. Cenamos en la cocina, no en el comedor formal. Ella había traído pasta de un restaurante pequeño porque, según explicó, si yo cocinaba uno de mis cuatro platos podía terminar interpretando la supervivencia como una prueba de amor.

Hablamos de trabajo, de Lucía y de la auditoría del Consejo. Octavian Voss había sido apartado temporalmente de sus funciones mientras se revisaban comunicaciones y movimientos financieros. Negaba haber ayudado a Tatiana. El teléfono encontrado en la casa contenía referencias suficientes para sospechar, no para condenar.

—¿Crees que fue él? —preguntó Anabella.

—Creo que permitió acceso a sistemas internos y esperaba utilizar el resultado contra nosotros. No sé si conocía el plan del inhibidor.

—Eso no lo hace inocente.

—No.

—Pero cambia los cargos.

—Sí.

Me observó durante unos segundos.

—Estás siendo razonable. Me preocupa.

—Tengo una mala influencia.

—Niccolas hace lo que puede.

Después de cenar caminó hasta las ventanas. Silvercrest brillaba debajo, una extensión de luces que yo había observado miles de veces sin sentir que el lugar fuera un hogar. Anabella apoyó una mano sobre el vidrio.

—La primera vez que estuve aquí pensé que todo era demasiado perfecto —dijo.

—Lo era.

—¿Qué cambió?

—Dejaste una taza en la biblioteca.

Se volvió.

—Eso no puede haber sido tan grave.

—La dejaste sobre un libro del siglo diecinueve.

—Había un posavasos.

—No lo usaste.

—Entonces el lugar mejoró.

Sonreí. Ella también.

La facilidad entre nosotros regresó durante un instante. Después Anabella respiró y la sonrisa desapareció.

—Vine porque quiero estar contigo.

Mi lobo empujó.

No me moví.

—¿De qué forma?

—No sé exactamente.

—Entonces no tenemos que decidirlo ahora.

—Cassian.

—No estoy rechazándote.

—Lo sé. Estás intentando ser tan correcto que voy a tener que completar un formulario para besarte.

—Podría preparar uno.

Me lanzó una mirada.

—No te atrevas.

Se acercó.

La distancia entre nosotros se redujo hasta que pude sentir su calor. Anabella colocó una mano sobre mi pecho. El vínculo respondió. No como la urgencia del ataque, sino como una corriente profunda y reconocible.

—Quiero dormir aquí —dijo—. Contigo. No en la habitación de invitados.

—Bien.

—Y quiero más que dormir.

El control se volvió doloroso.

—Necesito que seas específica.

Sus mejillas se colorearon.

—Te odio.

—No parece.

La frase la hizo reír. Después levantó la mirada.




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