Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

La madre del Rey

Mireille Beaumont llegó de Francia un martes a las nueve de la mañana y consiguió que toda la torre supiera de su presencia antes de que el ascensor alcanzara el piso ejecutivo. No porque llevara séquito ni porque exigiera atención. Su influencia funcionaba de una manera más eficiente: las personas enderezaban la postura al reconocerla y después fingían que no lo habían hecho.

Yo sabía que venía. Cassian me había informado la noche anterior con la cautela de un hombre que anunciaba una auditoría fiscal y una tormenta al mismo tiempo.

—Mi madre quiere conocerte —dijo mientras cenábamos en mi departamento.

Lucía, desde la cocina, dejó caer deliberadamente una cuchara.

—Qué casualidad —respondí—. Yo quería experimentar una crisis de ansiedad esta semana.

—No viene a evaluarte.

—Todas las madres evalúan.

—La mía lo hace con mayor precisión, pero no viene por eso.

No me tranquilizó.

A las nueve y seis, la puerta principal de mi oficina se abrió y apareció una mujer alta, de cabello oscuro atravesado por hebras plateadas, abrigo color marfil y ojos idénticos a los de Cassian, aunque mucho menos dispuestos a ocultar lo que pensaban. Tenía alrededor de sesenta años y la clase de elegancia que no dependía de la moda.

Cassian entró detrás de ella con una expresión resignada.

—Anabella —dijo—, mi madre, Mireille Beaumont.

Mireille me observó durante dos segundos. Después cruzó la oficina y me abrazó.

No un saludo formal. Un abrazo.

Me quedé inmóvil con los brazos a los lados hasta que comprendí que debía responder. Cuando se apartó, me sostuvo por los hombros.

—Al fin —dijo en francés antes de cambiar al español—. Comenzaba a pensar que mi hijo había inventado una mujer para justificar por qué compró una compañía entera.

Cassian cerró los ojos.

—Madre.

—¿Qué? La empresa era buena.

Lo miré.

—Es hereditario.

Mireille sonrió.

—Me agradas.

—Lleva treinta segundos.

—Me bastaron veinte. Los otros diez fueron cortesía.

Cassian intentó conducir la conversación hacia la crisis del Consejo. Su madre lo ignoró con una facilidad que me produjo una admiración inmediata. Pidió café, inspeccionó mi oficina y se detuvo frente a la puerta interna.

—Así que esta es la arquitectura emocionalmente cuestionable.

—No fue diseñada para eso —dijo Cassian.

—Claro.

Lucía apareció con las bebidas y Mireille la saludó por su nombre, lo cual confirmó que había investigado al menos lo suficiente para conocer a las personas cercanas a mí. Sin embargo, no sentí la misma invasión que con Sandra. Mireille no utilizaba la información para demostrar superioridad. La utilizaba para evitar tratar a alguien como parte del mobiliario.

—Necesito hablar con Anabella a solas —anunció.

Cassian se tensó.

—No.

Su madre arqueó una ceja.

—Esa respuesta funcionaba peor cuando tenías ocho años y escondías informes de la escuela.

—No escondía informes.

—Los colocabas detrás de los libros de historia militar. Era una estrategia mediocre.

Yo miré a Cassian.

—Esto explica muchas cosas.

—No voy a dejarte sola si no quieres —dijo él, ignorando a su madre.

La pregunta estaba dirigida a mí. Agradecí la corrección.

—Estaré bien.

Cassian no se movió.

—Cassian —agregué.

—Bien.

Mireille esperó a que la puerta se cerrara.

—Odia esa palabra —comenté.

—Desde niño. Significa que alguien logró imponerle una realidad que no puede controlar.

Se sentó frente a mi escritorio y cruzó las manos sobre el bolso. Durante un momento, ninguna habló. Yo esperaba preguntas sobre la marca, la Corona o mi historial. Ella preguntó:

—¿Qué quieres?

La sencillez me desarmó.

—¿Respecto de qué?

—De mi hijo. De la manada. De la vida que están construyendo. Todos parecen muy interesados en lo que deberías querer. Prefiero empezar por la pregunta correcta.

Miré la ciudad detrás de ella. Hacía meses que las personas me hablaban de legitimidad, seguridad, reconocimiento y tradición. Incluso quienes intentaban protegerme partían a veces de la idea de que había una dirección natural hacia la que debía avanzar.

—Quiero estar con Cassian —dije—. No sé si quiero ser Reina. Todavía no quiero una marca. Quiero conservar mi trabajo y no convertirme en una extensión de su cargo. También quiero dejar de sentir que cada límite que establezco podría costarle algo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.