Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Un lugar llamado Beaumont

Doce días resultaron ser exactamente el tiempo suficiente para convencerme de que visitar la manada Beaumont había sido una excelente idea.

También fueron exactamente el tiempo suficiente para arrepentirme aproximadamente cuarenta y siete veces.

La contradicción no me parecía especialmente preocupante.

Había dirigido negociaciones internacionales mientras dos gobiernos amenazaban con retirarse de una mesa. Había defendido mi relación frente a un Consejo que debatía mi cuerpo como si fuera una cláusula administrativa. Había sobrevivido a Tatiana, a un inhibidor, a periodistas, a Voss y a la humillación pública de descubrir que Lucía conservaba una fotografía de Cassian usando una corona de cartón.

Sin embargo, aquella mañana llevaba siete minutos mirando una valija abierta sin ser capaz de decidir cuántos pares de zapatos necesitaba para pasar cuatro días en un territorio de lobos.

—Cinco —dijo Lucía desde mi cama.

Me giré.

—Nadie te preguntó.

—Llevas siete minutos sosteniendo el mismo zapato. La situación requería intervención.

Lucía estaba sentada contra el cabecero con una taza de café entre las manos y una comodidad ofensiva para alguien que no vivía allí. Había llegado antes de las siete alegando que necesitaba asegurarse de que yo no empacara "como una ejecutiva emocionalmente comprometida", expresión que hasta ese momento seguía sin comprender.

—No necesito cinco pares.

—Correcto. Necesitas tres. Pero llevarás cinco porque eres incapaz de admitir que no sabes qué clase de ropa utiliza una posible futura Reina durante una visita no oficial a la manada de su Mate.

Arrojé el zapato dentro de la valija.

—No soy una posible futura Reina.

Lucía bebió café.

—Perfecto.

La miré.

—¿Perfecto qué?

—Nada.

—Esa cara significa algo.

—Mi cara no habla.

Me quedé inmóvil.

Lucía también.

—No —dije.

Su sonrisa apareció lentamente.

—Lo dijiste.

—No.

—Lo dijiste exactamente como él.

—Retíralo.

—No puedo retirar un hecho.

—Lucía.

—Cassian está entrando en tu personalidad.

—Vete de mi casa.

—Estamos en mi casa.

Miré alrededor.

Tenía razón.

Mi departamento seguía bajo determinadas medidas de seguridad y, después del ataque, Lucía y yo habíamos terminado pasando tanto tiempo en uno u otro apartamento que la definición de propiedad doméstica se había vuelto flexible. Gerardo, nuestra planta compartida sin haber aceptado nunca formalmente esa responsabilidad, estaba junto a la ventana recibiendo sol.

Lo señalé.

—Me llevo a Gerardo.

Lucía dejó la taza.

—No te atrevas.

—Necesito apoyo emocional.

—Gerardo tiene compromisos.

—Es una planta.

—Precisamente. Es el único de nosotros con estabilidad.

Mi teléfono vibró sobre la cómoda.

Cassian.

Estoy abajo.

Miré la hora.

—Llegó doce minutos antes.

Lucía hizo un sonido pensativo.

—Está mejorando.

—¿Mejorando?

—Hace tres meses habría llegado cuarenta minutos antes y habría fingido que había una reunión.

Sonreí antes de poder evitarlo.

Eso era probablemente cierto.

Contesté.

Sube. Todavía estoy empacando.

La respuesta apareció inmediatamente.

Puedo esperar.

Le mostré la pantalla a Lucía.

Ella acercó el rostro.

—Eso es crecimiento emocional.

—Deja de evaluarlo.

—Alguien tiene que llevar estadísticas.

—No.

—Podría hacer gráficos.

—Definitivamente no.

El ascensor privado anunció su llegada dos minutos después.

No debería haber sentido nada especial. Cassian había estado en el departamento tantas veces durante las últimas semanas que Seguridad prácticamente había dejado de fingir sorpresa. Algunas mañanas aparecía con café. Algunas noches yo terminaba en su penthouse porque trabajar hasta medianoche parecía menos absurdo si lo hacíamos juntos. Habíamos dormido en la misma cama, despertado enredados, discutido sobre contratos, políticas de manada, horarios y su insistencia enfermiza en considerar que cuatro horas de sueño no constituían una noche completa.




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