Cassian
A las cinco y cuarenta y tres de la mañana descubro dos cosas.
La primera es que mi Mate ocupa demasiado poco espacio en una cama para una mujer capaz de desestabilizar un Consejo Continental.
La segunda es que lleva despierta al menos veinte minutos fingiendo que duerme.
Permanezco inmóvil detrás de ella, con un brazo alrededor de su cintura y la nariz cerca de su cabello. Anabella eligió finalmente dormir conmigo. No porque mi madre hubiera preparado una habitación separada ni porque yo hubiera intentado convencerla de lo contrario. Subió, inspeccionó ambas habitaciones, declaró que la suya tenía mejores almohadas, dejó allí la mitad de sus cosas y después apareció en mi puerta una hora más tarde con una camiseta enorme y la expresión de una mujer que venía a comunicar una decisión administrativa.
Voy a dormir aquí.
Eso fue todo.
Mi lobo casi derribó las paredes.
Yo dije:
Bien.
Anabella me informó inmediatamente que odiaba esa palabra.
Después se metió en mi cama.
Ahora está rígida entre mis brazos mientras intenta respirar con la lentitud artificial de alguien que no quiere que la descubran despierta.
—Puedes dejar de hacerlo.
Su respiración se detiene.
—¿Hacer qué?
—Dormir de manera muy concentrada.
Se queda quieta unos segundos antes de girarse lentamente. Tiene el cabello desordenado, una marca de almohada en la mejilla y los ojos demasiado abiertos para alguien que supuestamente acaba de despertar.
Mi lobo se levanta.
Mate.
Sí.
Nuestra.
No empieces.
Anabella entrecierra los ojos.
—Estás discutiendo con él.
—No.
—Tu cara.
—Mi cara no habla.
—La tuya grita.
Estira una mano y toca mi mandíbula. El contacto es pequeño, distraído, pero mi lobo responde como si acabara de recibir una declaración oficial de soberanía.
Inclino la cabeza y beso el centro de su palma.
Su expresión se suaviza.
—¿Por qué estás despierta?
La pregunta hace que sus dedos se detengan.
No necesito el vínculo para saber la respuesta.
El bosque.
La carrera.
La manada.
Anoche dijo que quería correr con ellos.
No conmigo.
No en un sector cerrado.
Con la manada Beaumont.
He pasado buena parte de la noche alternando entre una alegría tan violenta que mi lobo quería salir al bosque y aullar como un adolescente y el temor de que, al despertar, Anabella se sintiera obligada a cumplir una decisión pronunciada cuando estaba emocionalmente expuesta.
No voy a permitirlo.
Ni siquiera si la parte animal dentro de mí está convencida de que verla correr entre los nuestros será la imagen más importante de nuestra vida.
—No tienes que hacerlo —digo.
Anabella suspira.
—Buenos días para ti también.
—Buenos días.
—Me refería a que tardaste aproximadamente cuarenta segundos en intentar darme una salida.
—Te la estoy dando.
—Lo sé.
Se acomoda sobre la almohada y me observa.
No aparto la mirada.
—Puedes cambiar de opinión.
—También lo sé.
—No habrá consecuencias.
—Cassian.
—¿Qué?
—Lo estás haciendo otra vez.
Frunzo el ceño.
—¿Qué cosa?
—Intentar ser tan correcto que terminas pareciendo un manual de consentimiento institucional.
Eso me ofende.
—No existe un manual.
—Debería.
—Podría encargarlo.
—No te atrevas.
La comisura de mi boca se mueve.
Anabella se acerca y apoya la frente contra mi pecho.
La abrazo.
No necesito hablar.
Siento su ansiedad.
No es pánico.
Tampoco arrepentimiento.
Es algo más complejo.
Deseo y miedo coexistiendo sin anularse.
Editado: 06.09.2026