Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

La mujer de Mireille

Descubro que correr durante una hora en forma de loba después de años sin hacerlo tiene consecuencias.

Muchas.

La primera es que músculos cuya existencia había olvidado deciden presentar una protesta colectiva.

La segunda es que Liora se encuentra ofensivamente satisfecha.

La tercera es que Cassian considera que mi dificultad para bajar una escalera constituye una emergencia médica.

—No necesito un médico.

—Estás caminando extraño.

—Estoy dolorida.

—Exactamente.

Me detengo en el cuarto escalón y lo miro.

Cassian está abajo, con una taza de café en una mano y esa expresión que utiliza cuando considera que la realidad está administrándose de manera ineficiente.

—¿Qué parte de “corrí durante una hora después de no hacerlo durante años” te parece clínicamente misteriosa?

—La parte en la que te duele.

—A las personas les duelen los músculos.

—Podría revisarte Clara.

—No.

—Cinco minutos.

—No.

—Tres.

—Cassian.

—Dos.

—Voy a arrojarte por esta escalera.

Su mirada baja hacia mis piernas.

—Con tu movilidad actual, lo considero improbable.

Me quedo inmóvil.

Él bebe café.

No hay arrepentimiento.

—Eres una persona terrible.

—Pero descansaste bien.

—Eso no te salva.

—No estaba intentando salvarme.

Bajo otro escalón con toda la dignidad que puedo conservar mientras mis muslos amenazan con renunciar formalmente.

Cassian deja la taza sobre una mesa.

—Ven.

—No.

—Anabella.

—Puedo caminar.

—No dije que no pudieras.

—Tienes esa cara.

—Mi cara no...

—No termines esa frase.

Lo señala una sonrisa.

Me alcanza antes de que pueda protestar y pasa un brazo por debajo de mis rodillas.

—Cassian.

—Estás tardando demasiado.

—¡Suéltame!

—No.

—Puedo bajar sola.

—También podrías tardar cuarenta minutos.

—Son diez escalones.

—Once.

—No importa.

—La precisión importa.

Rodeo su cuello porque la alternativa es caer y concederle una victoria mucho mayor.

—Odio que disfrutes esto.

—No lo disfruto.

Liora se mueve dentro de mí.

Mentira.

—Hasta mi loba sabe que estás mintiendo.

—Tu loba tiene una alianza cuestionable contigo.

—Es literalmente parte de mí.

—Eso hace más preocupante su falta de objetividad.

Llegamos abajo.

No me baja inmediatamente.

—Cassian.

—¿Sí?

—Suéltame.

—¿Estás segura de poder sostenerte?

—Voy a morderte.

Su mirada cambia.

Error.

Grave error.

—No de esa manera.

—No dije nada.

—Lo pensaste.

—No puedes probarlo.

—El vínculo.

—No funciona así.

—Una tragedia.

Finalmente me deja en el suelo.

Mis piernas protestan.

Él levanta una ceja.

—Ni una palabra.

—No iba a decir nada.

—Tu cara volvió a hablar.

—Empiezo a sospechar que el problema es tu interpretación.

Mireille entra en la sala en ese momento.

Lleva pantalones de lino, una camisa blanca arremangada y, naturalmente, está descalza.

Mira a su hijo.

Después a mí.

Después otra vez a su hijo.

—¿Qué hizo?

—¿Por qué siempre asumes que hice algo? —pregunta Cassian.

Mireille abre un armario.




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