Cassian
He esperado este momento durante tanto tiempo que debería saber qué hacer con él.
No sé.
Anabella cruza la puerta de nuestra habitación delante de mí y mi lobo intenta arrancarme el control del cuerpo.
No parcialmente.
No con esa presión constante que llevo meses administrando.
Lo quiere todo.
Ahora.
Mate.
Marca.
Nuestra.
Cierro la puerta.
Despacio.
Necesito ese pequeño gesto absurdo para recordar que sigo siendo un hombre antes que un lobo.
Anabella se gira.
Está descalza.
Lleva ese pantalón ridículo de limones que hace quince minutos me pareció una ofensa estética y que ahora probablemente voy a recordar durante el resto de mi vida.
Tiene el cabello recogido de forma imperfecta.
No lleva maquillaje.
No hay joyas.
No hay vestido.
No hay testigos.
No hay sacerdotes.
No hay Consejo.
No hay Corona.
Perfecto.
Mi lobo vuelve a golpear.
Marca.
Sí.
Pero todavía no.
Anabella me observa.
—Estás pensando demasiado.
Mi respiración se rompe en algo parecido a una risa.
—Eso es nuevo.
—No para ti.
—Normalmente me acusas de actuar antes de preguntar.
—Crecimiento.
La palabra aparece acompañada de una sonrisa pequeña.
La miro y el pecho me duele.
No porque tema que cambie de opinión.
Podría.
Hasta el último segundo.
Y si lo hace, sobreviviré.
Mi lobo probablemente intentará matarme desde dentro durante unos años, pero sobreviviré.
Lo que me destruye es saber que no lo hizo.
Que está aquí.
Porque quiere.
Ella.
No su loba.
No la Diosa.
Ella.
Te elijo a ti.
Las palabras siguen dentro de mí.
No sé qué hacer con ellas.
He recibido juramentos de territorios enteros.
Promesas militares.
Acuerdos firmados por hombres que gobernaban antes de que yo naciera.
La Corona fue colocada sobre mi cabeza frente a miles de personas.
Nada se parece a cuatro palabras dichas por una mujer en pantalones de limones.
Anabella inclina ligeramente la cabeza.
—Cassian.
—¿Sí?
—Ven.
Mi lobo ruge.
Camino hacia ella.
No demasiado rápido.
Eso requiere más disciplina de la que quiero admitir.
Cuando quedo frente a ella, Anabella apoya ambas manos sobre mi pecho.
Siente mi corazón.
No necesito preguntarlo.
Va demasiado rápido.
—Estás nervioso.
—No.
Levanta una ceja.
—Puedo sentirte.
Maldición.
—Estoy controlado.
—Eso no fue lo que dije.
Sus dedos suben hasta mi cuello.
—Tiemblas.
La palabra me humilla.
Porque es verdad.
—Anabella.
—No me molesta.
Me quedo quieto.
Ella me mira de una forma que no puedo soportar durante demasiado tiempo.
No hay miedo.
Hay emoción.
Deseo.
También algo de incertidumbre.
Bien.
Debería haberla.
Las decisiones permanentes que no producen ninguna duda suelen ser malas decisiones.
Tomo su rostro con ambas manos.
—Una vez más.
Ella exhala.
—Cassian.
Editado: 06.09.2026