A las siete y veintitrés de la mañana descubro que una marca de Mate no mejora la capacidad de Cassian para encontrar café.
Eso debería tranquilizarme.
No lo hace.
—Está en el mismo lugar de ayer.
Cassian mantiene abierta la puerta de un armario mientras observa su interior con una concentración que, considerando que ha dirigido operaciones militares, resulta preocupante.
—No está.
—Tercer estante.
—No.
Me acerco.
Miro dentro.
—Cassian.
—¿Qué?
Levanto una mano y tomo el paquete que está directamente frente a él.
Silencio.
Él mira el café.
Después a mí.
—Lo moviste.
—Dormí contigo toda la noche.
—Eso no excluye posibilidades.
—¿Sugieres que me levanté a escondidas para cambiar treinta centímetros un paquete de café?
—No conozco tus métodos.
Lo observo durante dos segundos.
Liora se mueve dentro de mí.
Nuestro.
—No lo defiendas.
Cassian frunce el ceño.
—¿Está hablando?
—Sí.
—¿Qué dice?
—Nada que necesites saber.
Su mirada se estrecha.
El vínculo vibra.
Curiosidad.
Satisfacción.
Algo deliciosamente arrogante que probablemente corresponde a su lobo.
Y ahí vuelve a suceder.
Lo siento.
Mucho más que ayer.
No pensamientos.
No frases.
Emociones.
Capas.
Antes el vínculo era como tocar una puerta cerrada y saber vagamente qué ocurría al otro lado.
Ahora la puerta ya no existe.
Eso debería resultarme aterrador.
Curiosamente, la parte más difícil hasta el momento es descubrir que Cassian se siente absurdamente satisfecho cada vez que me mira el cuello.
—Deja de hacerlo.
Sus ojos están precisamente ahí.
—¿Hacer qué?
—Mirar la marca.
—No la estoy mirando.
—Puedo sentirte.
Error.
Su boca se curva.
—Esto tiene ventajas.
—Para ti.
—Muchas.
—Voy a pedir una anulación.
Su satisfacción desaparece tan rápido que casi puedo tocarla.
Miedo.
Breve.
Violento.
Me quedo quieta.
Cassian también.
Oh.
—Era una broma.
—Lo sé.
No.
No lo sabía.
El vínculo no miente.
Me acerco.
—Cassian.
—Estoy bien.
—No uses esa palabra.
Su mandíbula se tensa.
Liora se acerca.
Él.
Toco el lado de su cuello.
Mi marca.
Está más oscura esta mañana.
La piel alrededor apenas enrojecida.
Cassian deja de respirar cuando mis dedos la rozan.
—No me arrepiento.
Sus ojos bajan hacia mí.
—Lo sé.
—No parece.
—Mi lobo es...
Busca una palabra.
—¿Dramático?
—Primitivo.
—También.
—La idea de perder la marca le parece equivalente al fin de la civilización.
—Qué razonable.
—Nunca dije que lo fuera.
Mi pulgar sigue el borde.
El vínculo se llena de una sensación tan intensa de pertenencia que mi estómago se contrae.
No posesión.
Eso me sorprende.
Es más parecido a reconocimiento.
Ella estuvo aquí.
Eligió esto.
Editado: 06.09.2026