Cassian
A las nueve y cincuenta y cuatro de la mañana descubro que respetar la independencia de la mujer que amas es una experiencia profundamente sobrevalorada.
—Vas a hacer un agujero.
Miro a Niccolas.
Está sentado en uno de los sillones de mi despacho con una tableta sobre las piernas y una taza de café que no debería tener porque no recuerdo haberlo invitado.
—¿Qué?
Señala el suelo.
—Caminas sobre el mismo tramo desde hace veinte minutos.
—No camino.
—Cassian.
Miro mis pies.
Estoy de pie junto a la ventana.
Eso no demuestra nada.
—Estoy pensando.
—Verticalmente.
—Sí.
—De un lado a otro.
—No.
Niccolas bebe café.
—Anabella tiene razón. Tu cara habla.
Lo miro.
—No vuelvas a decir eso.
—Tu Mate creó una epidemia.
Mi lobo se mueve inmediatamente al escuchar la palabra.
Mate.
Marcada.
Nuestra.
—Y ahora esa expresión —continúa Niccolas—. Esa es nueva.
—No tengo ninguna expresión.
—Es la cara que haces cuando recuerdas que está marcada.
Me giro hacia la ventana.
Error.
Su risa aparece detrás de mí.
—Insoportable.
—Estoy disfrutando muchísimo esta etapa de tu vida.
—Puedes irte.
—No.
—Este es mi despacho.
—Precisamente. Si me voy, empezarás a llamar personas que te dijeron específicamente que no llamaras.
No respondo.
Niccolas deja la taza.
—Ah.
—¿Qué?
—Lo pensaste.
No.
Sí.
Varias veces.
La sesión empezó a las diez.
Anabella salió del penthouse a las ocho y media vestida con un traje gris oscuro, el cabello recogido y mi marca perfectamente visible sobre el cuello.
No la cubrió.
Tampoco la exhibió.
Simplemente estaba ahí.
Como cualquier otra parte de ella.
La acompañé hasta el ascensor.
No más.
Ella había dicho que quería entrar sola.
Yo dije que lo entendía.
Eso fue anoche, cuando comprender era una actividad teórica.
Esta mañana la vi cruzar las puertas del ascensor sin mí y descubrí que comprender una decisión y disfrutarla son cosas completamente distintas.
Mi lobo intentó seguirla.
Yo también.
No lo hicimos.
Eso debería contar como desarrollo personal extraordinario.
—Son las nueve cincuenta y seis —dice Niccolas.
—Sé la hora.
—Lo sé. Llevas mirándola cada treinta segundos.
—Tengo reuniones.
—Cancelaste dos.
—Reorganicé.
—Cancelaste.
—No necesitaban mi presencia.
—Una era con cuatro Alfas regionales.
—Pueden esperar.
Niccolas sonríe.
—Por supuesto.
Vuelvo a mirar por la ventana.
La sede del Consejo está a siete kilómetros.
Podría llegar en menos de diez minutos.
En helicóptero, menos.
Mi lobo aprueba esa idea.
No.
Ella no quiere que estemos allí.
Nuestra Mate está sola.
Está en una sala segura.
Consejo.
Exactamente.
No ayuda.
Respiro.
—¿Por qué estás aquí?
Niccolas levanta una ceja.
—Porque tu madre me llamó.
Cierro los ojos.
Naturalmente.
—¿Qué quería?
—Que me asegurara de que no aparecieras en el Consejo “por casualidad”.
Editado: 06.09.2026