Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

La Corona que puedo dejar

Cuatro meses después de conseguir mi silla en la comisión, aprendo que cambiar siglos de tradición es mucho menos romántico de lo que parece.

Principalmente consiste en documentos.

Muchos.

Demasiados.

—Noventa y seis páginas.

Thorn me mira desde el otro extremo de la mesa.

—Noventa y dos.

Levanto el borrador.

—Hay cuatro páginas de anexos.

—Los anexos no cuentan.

—Dile eso a cualquier abogado.

La jurista sentada a mi izquierda, Mara Klein, levanta una mano.

—Los abogados apoyamos a la señora Salvatore.

—Por supuesto —murmura Thorn.

Llevamos tres horas reunidos.

La sala de la comisión ya no me resulta extraña.

Al principio entraba aquí y sentía la necesidad absurda de recordar por qué tenía derecho a ocupar mi silla.

Ahora simplemente dejo el bolso, abro la computadora y pregunto quién arruinó mi borrador durante la noche.

Normalmente Thorn.

A veces Mara.

Una vez fui yo.

No lo admitiremos públicamente.

Sobre la mesa está la primera reforma completa que enviaremos al Consejo.

Estatuto Continental de Autonomía Posterior al Rechazo.

El nombre es terrible.

La norma no.

Por primera vez, si el Consejo la aprueba, una persona que acepte un rechazo tendrá garantizados derechos mínimos independientemente de la manada donde viva.

Documentación propia.

Acceso a cuentas y patrimonio.

Representación legal.

Alojamiento temporal.

Traslado seguro.

Prohibición de confinamiento territorial.

Protección frente a represalias.

Y la cláusula que todavía me hace detenerme cada vez que la leo:

La persistencia del vínculo no genera derechos sobre la otra persona una vez que el rechazo ha sido aceptado.

Arthur.

Ya no pienso en él cada vez.

Eso también significa algo.

Blackwood completó los primeros tres meses como territorio piloto.

No sin problemas.

Hubo resistencia.

Dos consejeros territoriales dimitieron.

Un grupo tradicionalista acusó a Arthur de debilitar la autoridad Alfa.

Él respondió publicando cada resultado del programa.

Cuarenta y dos solicitudes de asesoramiento.

Nueve salidas territoriales.

Tres reconciliaciones voluntarias.

Ninguna desaparición.

Ninguna represalia confirmada.

Tres reconciliaciones.

Ese dato fue importante.

Porque demostró algo que llevaba meses intentando explicar.

Dar a una persona capacidad real de marcharse no destruye los vínculos.

Solo permite saber cuáles existen porque alguien decidió quedarse.

—Quiero cambiar este párrafo —digo.

Mara se inclina.

—¿Cuál?

—El de reconciliación.

Thorn suspira.

—Otra vez.

—Sí.

—Ya lo revisamos.

—Está mal.

—Lo escribiste tú.

—Entonces yo estaba equivocada.

Mara sonríe.

—Me gusta trabajar contigo.

—Gracias.

Thorn cierra los ojos.

—¿Qué propones?

Leo:

—“Las partes podrán solicitar la restauración voluntaria de derechos de convivencia una vez transcurrido un periodo de evaluación de noventa días.”

Dejo el documento.

—No quiero “restauración”.

—¿Por qué?

—Porque suena como si los derechos antiguos hubieran estado esperando.

Mara asiente lentamente.

—¿Nueva constitución?

—Exactamente.

—Eso obligaría a realizar contratos nuevos.

—Sí.

Thorn me observa.

—Más burocracia.

—Más elección.

Silencio.




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