Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Elegida

Cassian

He visto ejércitos formarse bajo mi mando.

He presidido funerales de Estado.

He firmado acuerdos que modificaron fronteras, condenado Alfas por traición y recibido juramentos de hombres que habrían preferido arrancarse un brazo antes que inclinar la cabeza ante otro.

Nada de eso me preparó para la posibilidad real de que mi madre asesine a un funcionario de protocolo con una carpeta.

—Lo hablamos —dice Mireille.

El hombre frente a ella, Aldric, lleva veintisiete años trabajando para la Corona y probablemente nunca ha deseado jubilarse tanto como esta mañana.

—Majestad, comprendo, pero la entrada tradicional de la Reina...

—No soy Majestad.

Aldric cierra los ojos un segundo.

Error.

—Señora Beaumont...

—Tampoco.

Niccolas, a mi lado, bebe café.

—Va a morir.

—Probablemente.

—¿Intervenimos?

—No.

Mi madre levanta la carpeta.

Aldric retrocede.

—La señorita Salvatore ha solicitado entrar sola —continúa Mireille—. La ceremonia aprobada establece que entrará sola. El Rey estará esperando en el estrado.

Aldric me mira.

Mala idea.

—Majestad...

—Mi madre tiene razón.

Su rostro pierde algo más de esperanza.

—Pero simbólicamente...

—Ese es exactamente el problema —responde Mireille.

Miro el reloj.

Cuarenta y tres minutos.

Anabella está en la casa principal con Lucía y dos asistentes que ella misma eligió. No me permiten entrar.

No porque exista una tradición.

Porque Anabella dijo que no.

Acepté.

Muy mal.

Pero acepté.

Mi lobo ha pasado las últimas dos horas recorriendo el interior de mi cabeza.

Mate.

Reina.

Nuestra.

No.

No “nuestra Reina”.

Reina porque quiere.

Suya primero.

El lobo considera estas distinciones gramaticales inútiles.

Yo no.

—¿Estás respirando? —pregunta Niccolas.

Lo miro.

—Sí.

—No parece.

—Tengo experiencia.

—En respirar.

—En eventos.

—Este no cuenta.

Eso es cierto.

Lo odio.

La ceremonia ocurre en Beaumont.

Anabella insistió.

No en la capital.

No en la sede del Consejo.

Aquí.

La misma manada que la recibió cuando todavía entraba preguntándose qué esperaba todo el mundo de ella.

El lugar elegido es el gran claro al norte de la residencia, ampliado para recibir invitados sin convertirlo en un anfiteatro real.

No hay trono.

Eso generó tres semanas de discusiones.

Anabella ganó.

Naturalmente.

Hay una plataforma baja de madera.

Dos atriles.

La corona sobre una mesa.

Nada más.

Yo no me siento por encima de nadie.

Ella tampoco.

Los representantes territoriales ocupan la primera sección.

Después miembros del Consejo.

La comisión.

Virelli.

Amigos.

Familia.

Y alrededor, Beaumont.

La manada no está separada detrás de barreras.

Otra discusión que Anabella ganó.

Theo está en primera fila con un traje que evidentemente detesta.

Lleva un dibujo doblado dentro del bolsillo.

Me informó esta mañana que se lo entregará a Anabella “cuando termine de ser Reina”.

No intenté corregir la formulación.

Mi madre finalmente deja marcharse a Aldric.

El hombre huye.

Niccolas sonríe.

—Sobrevivió.




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