Rechazada por el dragón. La sangre que buscaban los dragones

CAPÍTULO 1. UN MUNDO AJENO

El departamento se iba llenando de esa calma vespertina que siempre llegaba sin hacerse notar, como si esperara a que el bullicio del día se apagara al otro lado de las ventanas. Desde la calle todavía subía el rumor constante de los autos, mientras en el patio cercano reían unos niños que se resistían a volver a casa y, desde la cocina, el hervidor zumbaba en voz baja, recordándoles su presencia cada vez que la conversación se interrumpía.

A Iris le gustaban esos momentos porque, después del ritmo incesante de Ciudad de México, el departamento parecía una pequeña isla donde por fin podía olvidarse del trabajo, las cuentas, los planes para el día siguiente y todas esas nimiedades que, por extraño que resultara, terminaban formando una vida común. Apoyada en el alféizar de la ventana abierta, observaba cómo se encendían las luces en los edificios de enfrente y se entretenía inventando historias sobre personas a las que no conocía: el hombre que acababa de cruzar la calle con varias bolsas del supermercado quizá había prometido preparar un pastel para su hija; la anciana de uno de los pisos superiores encendería el televisor, se serviría una taza de té y vería series policiacas hasta la medianoche, mientras que la pareja del edificio contiguo volvería a discutir por alguna tontería antes de reconciliarse media hora después. Tal vez fueran precisamente esos pequeños detalles los que creaban la sensación de estar en casa.

—Si vuelves a decirme que estás reflexionando sobre el sentido de la vida, empezaré a preocuparme —dijo Alex a su espalda, con tono burlón.

Iris ni siquiera se volvió y continuó observando las ventanas iluminadas mientras respondía con la misma tranquilidad:

—¿Y si te digo que estaba pensando en lo extrañas que son las personas?

—Entonces dejaré de preocuparme. Eso sí suena a ti.

Ella sonrió y se giró hacia su hermano, que ya se había cambiado de ropa y registraba los gabinetes de la cocina en busca del café que él mismo había guardado esa mañana. Resultaba divertido verlo abrir una y otra vez la misma puerta, sorprenderse al no encontrar nada y repetir la operación un minuto después.

—El segundo de la izquierda —se apiadó Iris.

—¿Qué cosa?

—El gabinete.

—No puede ser.

—Sí puede.

Alex abrió la puerta indicada, contempló en silencio el frasco de café que tenía delante y sacudió la cabeza con resignación.

—Algún día usarás tus poderes sobrenaturales en beneficio de la humanidad.

—Ya lo hago. Sin mí, hace mucho que habrías muerto de hambre.

Alex soltó una carcajada, dejó el hervidor sobre la mesa y continuó con la misma ligereza:

—Por cierto, hoy te toca preparar la cena.

—Eso no es verdad. Acordamos que cocinaría quien llegara primero.

—Precisamente por eso hoy llegué tarde.

—Qué noble de tu parte.

Iris se acercó al refrigerador, sacó un paquete de verduras y miró el reloj, comprobando que faltaba poco para las nueve y que el día había pasado tan deprisa que ni siquiera había notado en qué momento la ciudad se había convertido en un interminable mar de luces. Estaba a punto de cerrar la puerta cuando la lámpara del techo parpadeó una vez, luego una segunda, y finalmente el departamento quedó por completo a oscuras.

—Perfecto —masculló Alex, mirando hacia la ventana—. Justo lo que nos faltaba.

Sin embargo, las ventanas de los edificios vecinos seguían iluminadas y las farolas de la calle no se habían apagado, como si la electricidad hubiera desaparecido únicamente en su casa.

—Qué raro... —murmuró Iris, dejando las verduras sobre la mesa.

Presionó el interruptor por puro reflejo y ya buscaba el teléfono para encender la linterna cuando sintió una leve vibración bajo los pies. Al principio pensó que sería uno de esos temblores que de vez en cuando sacudían la ciudad, pero la vibración se repitió con tanta fuerza que los cristales del aparador tintinearon.

Alex levantó la cabeza de golpe y buscó la mirada de Iris, como si necesitara asegurarse de que aquella vibración no había sido producto de su imaginación.

—¿Tú también lo sentiste?

Iris se limitó a asentir, todavía inmóvil junto a la mesa, y en ese mismo momento el aire comenzó a ondularse en medio de la sala como la superficie del agua bajo el roce de una mano invisible. Aunque no hubo ningún destello ni se escuchó un solo estruendo, lo que sucedía en aquel silencio casi absoluto resultaba todavía más imposible: las paredes parecían alejarse, los muebles perdían sus contornos y una grieta oscura surgía lentamente en el centro de la habitación, desgarrando el espacio con una lentitud aterradora.

—Alex... —susurró Iris sin apartar los ojos de aquella abertura.

Él ya estaba a su lado y, aunque parecía tan desconcertado como ella, se colocó instintivamente delante para protegerla.

La grieta se estremeció sin crecer ni lanzar resplandor alguno y, durante un instante, Iris tuvo la absurda impresión de que acababa de tomar una profunda bocanada de aire.

Una ráfaga helada irrumpió desde el otro lado con tanta fuerza que los papeles salieron volando de la mesa, las puertas de los gabinetes se abrieron de golpe y chocaron contra las paredes, mientras la lámpara del techo brillaba con una intensidad cegadora antes de estallar y cubrir el suelo de pequeños fragmentos de vidrio. Iris apenas tuvo tiempo de protegerse el rostro con las manos, porque en ese mismo instante el suelo desapareció bajo sus pies y el mundo se deshizo a su alrededor antes de que pudiera gritar. Ante sus ojos comenzaron a girar franjas oscuras y plateadas que terminaron fundiéndose en una corriente cegadora, mientras su cuerpo se volvía extrañamente ligero, como si hubiera dejado de pertenecerle.




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