Reclamada por un Alfa

Capítulo 1

El segundero del reloj de pared parecía avanzar a la velocidad de un tortura medieval.

Nicole se frotó los ojos hinchados por la fatiga y dio otro sorbo a su taza de café frío. A sus veintidós años, su vida se resumía en tres cosas: guías de anatomía humana, guardias universitarias de doce horas y un diminuto departamento en el cuarto piso de un edificio viejo cuyo ascensor llevaba tres meses sin funcionar.

Eran las tres de la mañana. Afuera, la lluvia caía sobre la ciudad con una furia implacable, golpeando el cristal de su ventana.

Nicole dejó caer la cabeza hacia atrás, soltando un largo suspiro. Mañana tenía un examen crucial de farmacología y su cerebro exigía un descanso, pero justo cuando se disponía a cerrar el libro, un sonido seco retumbó en la estructura del edificio.

No fue un trueno. Fue un golpe metálico pesado en la escalera de incendios, seguido de un gruñido grave, bajo y gutural que le erizó los vellos de los brazos.

Nicole se congeló. Su instinto le ordenó no moverse, pero su mente médica y curiosa tomó el control. Se levantó despacio, caminó descalza sobre el piso de madera y se acercó a la puerta que daba al pequeño balcón exterior.

A través del cristal empañado, vio una sombra enorme.

Un hombre estaba desplomado contra la barandilla de hierro. Era gigantesco, de espaldas anchas y una contextura imponente que parecía fuera de lugar en ese balcón estrecho. Iba con el torso desnudo a pesar del frío helado de la noche, y su piel clara estaba manchada de barro y lo que parecía ser... sangre fresca.

—Dios mío... —murmuró Nicole, sofocando un ahogado grito de sorpresa.

Abrió la puerta de golpe. El viento frío y la brisa helada colaron la lluvia hacia la sala, pero a ella no le importó.

—¡Oye! ¿Me escuchas? ¿Estás bien? —exclamó acercándose con cuidado, posicionando sus manos en actitud defensiva pero dispuesta a brindar primeros auxilios.

El hombre se movió. Lo hizo con una agilidad felina y aterradora que no correspondía a alguien herido. Se giró de golpe sobre sus rodillas y la miró.

Nicole se quedó sin aliento.

El desconocido tenía los rasgos afilados, salvajes y peligrosamente atractivos. Pero lo que realmente le congeló la sangre fueron sus ojos: no eran marrones ni azabaches bajo la penumbra, sino de un azul intenso y brillante que parecía emitir una luz dorada y felina bajo la lluvia.

Antes de que Nicole pudiera dar un paso atrás, el hombre se impulsó hacia adelante. En un parpadeo, la acorraló contra el marco de la puerta. Su masa muscular la dejó sin escape y una mano enorme, de nudillos desgastados y garras afiladas en los bordes de los dedos, se enterró en el marco de la pared a centímetros de la cabeza de ella.

—¡Aléjate! —gritó Nicole, tratando de empujar su pecho de piedra, pero el hombre no se movió ni un milímetro.

Él no atacó. En lugar de eso, inclinó la cabeza hacia el cuello de Nicole y aspiró hondo.

Un gruñido vibró en el fondo de su pecho, un sonido tan primitivo y profundo que hizo retumbar el aire. El hombre cerró los ojos un segundo, inhalando con pura desesperación el aroma de la piel de ella, como un náufrago respirando oxígeno por primera vez.

—Mía... —articuló él con una voz rasposa, gruesa y pesada, como si pronunciar una palabra humana le costara un esfuerzo titánico.

—¿Qué...? ¿De qué hablas? ¡Suéltame o voy a gritar!

El extraño abrió los ojos de nuevo. Había confusión en su mirada, una mezcla de salvajismo animal y una desconcertante vulnerabilidad. La miraba como si fuera el centro de su universo, pero a la vez no entendía nada de lo que ella decía.

Fue en ese instante cuando la luz de la lámpara del pasillo iluminó algo que colgaba de su cuello mojado.

Entre el barro y las gotas de agua, brillaba una cadena de acero grueso, tosca y resistente. Al final de la cadena, un dije rectangular de metal desgastado llevaba grabado un único nombre en letras profundas y marcadas a golpe de cincel:

RYDAN

—Rydan... —susurró Nicole por instinto, leyendo el dije en voz alta.

Al escuchar su nombre en los labios de ella, las pupilas del hombre se dilataron. Un nuevo gruñido, esta vez casi un ronroneo bajo y dominante, escapó de su garganta. Bajó la mirada hacia los labios de Nicole y, sin previo aviso, colapsó hacia adelante, dejando caer todo su enorme peso inconsciente sobre el hombro de la chica.

Nicole se tambaleó bajo el peso del desconocido, atrapada en su propio departamento a las tres de la mañana con un salvaje ensangrentado que no hablaba su idioma, tenía un nombre grabado en el cuello y la acababa de reclamar como suya.




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