Reclamada por un Alfa

Capítulo 2

Sostener a un hombre de casi dos metros de pura masa muscular no estaba en el manual de emergencias de la facultad de medicina.

Nicole arrastró a Rydan como pudo hasta el centro de su diminuta sala. Con un esfuerzo sobrehumano, logró tumbarlo sobre la alfombra vieja frente al sofá. El piso quedó manchado al instante de barro, agua de lluvia y pequeños regueros de sangre oscura.

—Estás demente, Nicole. Completamente demente —se recriminó a sí misma a mitad de un ataque de pánico.

Cerró la puerta del balcón de un golpe, echó el cerrojo y corrió al baño a buscar su botiquín de primeros auxilios. Al regresar, se arrodilló a su lado. El corazón le martillaba contra las costillas, pero el entrenamiento médico tomó el control de sus manos temblorosas.

Rydan yacía inmóvil, resoplando con pesadez. Tenía varios cortes profundos en el torso y el costado, como si hubiera sido atacado por garras de algún animal enorme, pero lo que dejó a Nicole paralizada fue la velocidad a la que la piel pareció dejar de sangrar.

—Esto no es normal... —murmuró, observando de cerca.

Con los dedos fríos por el susto, rozó la piel del pecho de él para examinar la laceración principal. Al contacto con la herida, la cadena de acero que llevaba al cuello tintineó suavemente. La placa de metal con el nombre RYDAN brillaba bajo la luz amarillenta de la lámpara.

De pronto, la mano de él se disparó hacia arriba.

Le atrapó la muñeca con una fuerza descomunal, fijándola en el aire. Nicole ahogó un grito. Rydan abrió los ojos de golpe: ya no estaban velados por la inconsciencia, sino encendidos en un azul vibrante y salvaje.

—No... toques —gruñó él. Su voz era áspera, rasposa, como si sus cuerdas vocales no estuvieran acostumbradas a articular palabras humanas.

—Tranquilo. Solo... solo quiero ayudarte —respondió Nicole en voz muy alta y pausada, levantando la mano libre en señal de paz—. Eres médico... no, yo soy médica. Curar. ¿Entiendes? Herida. Curar.

Rydan no aflojó el agarre inmediatamente. La examinó con la mirada, como un depredador evaluando si la criatura frente a él era una amenaza o un refugio. Olfateó el aire de nuevo. El olor a antiséptico, café frío y el aroma dulce e inconfundible de ella hizo que sus facciones duras se suavizaran casi contra su voluntad.

El agarre metálico en la muñeca de Nicole se transformó en una caricia torpe. Su pulgar grande y áspero acarició el pulso desbocado de ella.

—Nicole... —articuló él, pronunciando su nombre con una lentitud pesada, adaptando su boca a los sonidos.

A ella se le erizó la piel por completo. ¿Cómo conocía su nombre si no había cuadernos ni placas a la vista?

—Sí, Nicole —dijo intentando mantener la compostura—. Y tú eres Rydan, ¿verdad?

Él bajó la mirada hacia el dije en su pecho y luego la miró a los ojos, dando un leve asentimiento. Soltó su muñeca y volvió a cerrar los ojos, exhausto, dejando que ella trabajara.

Los siguientes veinte minutos fueron una lección de desconcierto absoluto para Nicole. Limpió las heridas con alcohol y agua oxigenada, esperando que el hombre se retorciera de dolor, pero Rydan apenas pestañeaba; solo soltaba gruñidos bajos que sonaban peligrosamente parecidos a un ronroneo cada vez que los dedos de ella rozaban su piel. Cuando intentó coser la herida más profunda del costado con hilo quirúrgico, descubrió que los bordes de la piel ya estaban cicatrizando a una velocidad biológicamente imposible.

A las cuatro de la mañana, la respiración de Rydan finalmente se volvió estable y profunda.

Nicole se dejó caer sobre el sofá, exhausta, mirando al gigante durmiendo en su suelo. Tenía demasiadas preguntas: sus ojos, su curación sobrehumana, la placa en su cuello, su comportamiento instintivo y primitivo.

Sin darse cuenta, el cansancio la venció y se quedó dormida en el sillón.

Los rayos del sol despertaron a Nicole pasadas las siete de la mañana.

Abrió los ojos de golpe, recordando al instante la locura de la noche anterior. Miró hacia la alfombra.

Estaba vacía. La gasa y el alcohol seguían sobre la mesa, pero Rydan no estaba.

—¿Rydan? —llamó levantándose de un salto, sintiendo un escalofrío de alarma.

Un ruido seco vino desde la cocina. Nicole se asomó con cuidado y casi se le cae la mandíbula al piso.

El Alfa estaba de pie en medio de la minúscula cocina, desnudo de la cintura para arriba. Estaba olfateando un paquete de pan de molde con profunda desconfianza. Tenía las garras —que Nicole juraría que anoche eran uñas normales— rozando el plástico, listo para desgarrarlo.

Cuando escuchó los pasos de Nicole, se giró rápidamente, poniéndose en postura defensiva frente al refrigerador.

—Tranquilo, es solo comida —dijo ella dando un paso despacio—. No se come el plástico.

Rydan la miró fija y fijamente. Dio dos pasos lentos hacia ella, ignorando por completo el pan. Con un movimiento rápido e inesperado, la tomó por la cintura y la levantó unos centímetros del suelo como si no pesara nada, pegando el cuerpo de ella contra el suyo.

—¡Oye! ¡Bájame! —exclamó Nicole golpeando suavemente su hombro duro como la piedra.

Él no la bajó. Hundió el rostro en la curva del cuello de Nicole, respirando hondo su aroma, antes de soltar un gruñido posesivo y grave que hizo vibrar el pecho de ambos:

—Mía. No irse.

—¡No soy de nadie, salvaje! —protestó ella, aunque el calor repentino que le recorrió la espalda le demostró que su cuerpo no estaba reaccionando con la misma lógica que su mente.

En ese momento, la puerta del pasillo sonó con tres golpes fuertes y firmes.

—¡Nicole! Soy la Sra. Torres, la casera. Traigo el recibo del agua y necesito revisar la tubería del balcón —gritó una voz femenina desde el otro lado.

Rydan se congeló. Las pupilas se le volvieron a dilatar, un gruñido de pura amenaza nació en su garganta y sus garras crecieron un centímetro entero mientras fijaba la mirada en la puerta como si fuera a destruirla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.