—¡Atrás! —le susurró Nicole de golpe, empujando el pecho de Rydan con todas sus fuerzas.
El Alfa no se movió por el empujón, pero la urgencia y el pánico en la voz de su hembra hicieron que se detuviera. Sus ojos azules seguían fijos en la puerta de madera, brillando con una luz salvaje. Un hilo de aire caliente escapaba de sus labios en un siseo bajo, listo para saltar y destrozar a cualquiera que se atreviera a traspasar su territorio.
—¡Un segundo, Sra. Torres! ¡Me estoy cambiando! —gritó Nicole hacia la puerta, intentando que su voz no temblara.
Giró hacia Rydan y le tomó el rostro con ambas manos. La piel de él estaba hirviendo. El contacto directo de las palmas de Nicole en sus pómulos hizo que Rydan parpadeara, desconcertado, bajando la intensidad de su mirada hacia ella.
—Escúchame. Tienes que esconderte. Esconderte. Ya —le ordenó en un susurro desesperado, señalando el pequeño dormitorio al fondo del pasillo.
Rydan no entendía la palabra "esconderte", pero entendió el gesto y el miedo en los ojos de Nicole. No le gustaba la idea de alejarse de ella, mucho menos con un extraño al otro lado de la madera, pero soltó un bajo gruñido de frustración y caminó hacia la habitación con la agilidad sigilosa de un depredador.
Nicole respiró hondo, se acomodó la camiseta desalineada y abrió la puerta apenas unos centímetros.
—Buenos días, Sra. Torres.
La anciana casera miró a Nicole de arriba abajo con sospecha, ajustándose los lentes sobre la nariz.
—Nicole, ¿estás bien? Escuché ruidos raros... como si tuvieras un perro grande ahí adentro. O un mueble pesado arrastrándose. Sabes perfectamente que el contrato prohíbe mascotas.
—No hay ningún perro, se lo juro —mintió Nicole sin pestañear—. Se me cayó una pila de libros pesados de anatomía. Ya sabe cómo son los exámenes de medicina.
La Sra. Torres entornó los ojos, olfateando el aire con desagrado.
—Huele extraño... como a tierra mojada y algo metálico. En fin, aquí está el recibo. Recuerda pagarlo antes del viernes. Y nada de ruidos raros a estas horas.
—Claro que sí, gracias.
Nicole le quitó el papel de la mano y cerró la puerta de golpe, echando los tres cerrojos de seguridad. Dejó caer la frente contra la madera, sintiendo que el corazón le saltaba en el pecho.
Cuando se giró, casi se le sale el alma del cuerpo.
Rydan estaba de pie justo detrás de ella. No había hecho el menor ruido al caminar.
—Gente... mala —articuló él, señalando la puerta con el ceño fruncido.
—No es gente mala, es mi casera. Si me descubre contigo aquí, me va a echar a la calle —explicó Nicole caminándole alrededor, fascinada y aterrorizada por su capacidad de regeneración—. ¿Cómo es posible que tus heridas ya estén cerradas? Anoche tenías un corte de tres centímetros en el costado.
Rydan la siguió con la mirada. No entendía la mitad de las palabras que salían de la boca de Nicole, pero le fascinaba el sonido de su voz. Se acercó a ella, reduciendo la distancia hasta que el calor que emanaba de su cuerpo la envolvió por completo.
Extendió la mano y, con una delicadeza abrumadora que contrastaba con su enorme tamaño, atrapó un mechón del cabello de Nicole entre sus dedos ásperos.
—Tú... médica —dijo él, recordando la palabra de anoche.
—Sí, futura médica —corrigió ella, tratando de mantener la compostura mientras el pulso se le disparaba—. Y tú eres un problema caminando. No puedes andar desnudo por mi casa, no puedes atacar a la gente que toca la puerta y definitivamente no puedes...
Antes de que terminara la frase, Rydan inclinó la cabeza y volvió a enterrar la nariz en el espacio entre su cuello y su hombro. Inhaló profundamente, dejando escapar un largo suspiro de satisfacción que erizó cada centímetro de la piel de Nicole.
—Olor... dulce. Mía.
—¡Que no soy tuya! —protestó ella, aunque no se echó hacia atrás. El magnetismo entre los dos era insoportable, una fuerza biológica que la empujaba a quedarse pegada a él.
Él levantó la vista, mirándola fijamente a los ojos azules.
Rydan ladeó la cabeza, observando los labios de ella mientras hablaba. Entendía la actitud dominante de Nicole, algo que en su mundo solo haría una hembra de alto rango. En lugar de enojarse, un destello de orgullo y deseo salvaje brilló en sus ojos.
Con un movimiento rápido, Rydan tomó la mano derecha de Nicole y la llevó hasta su pecho. Nicole sintió bajo su palma el latido violento y pausado de su corazón, y justo encima, el frío metal del dije que llevaba en la cadena con su nombre grabado.
—Rydan... escucha a Nicole —dijo él con firmeza, aceptando el trato en su propio lenguaje imperfecto—. Pero Nicole... es de Rydan.
En ese momento, el teléfono móvil de Nicole sonó sobre la mesa de la cocina con una alarma estridente.
Rydan reaccionó al instante: soltó a Nicole, emitió un gruñido feroz y, antes de que ella pudiera detenerlo, de un zarpazo lanzó el teléfono contra la pared, haciéndolo pedazos.
Nicole se quedó helada mirando los restos de su celular en el piso.
—¡Mi teléfono! —gritó horrorizada.
Rydan se puso frente a ella en actitud protectora, mirando el aparato destruido en el suelo como si hubiera eliminado una amenaza mortal para su pareja.
—Peligro... muerto —declaró con orgullo, mirando a Nicole esperando aprobación.
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Editado: 31.08.2026