Reclamada por un Alfa

Capítulo 4

Rydan frunció el ceño, desconcertado por la reacción de ella. En su mente instintiva, había destruido a una criatura ruidosa que amenazaba la paz de su hembra. Dio un paso hacia Nicole para inspeccionar la amenaza eliminada, pero ella retrocedió al instante, señalándolo con un dedo tembloroso y con los ojos ardiendo de rabia.

—¡No! ¡Ni te me acerques! ¡Te me vas de mi casa ahora mismo! —sentenció con la voz entrecortada por la frustración—. ¡Largate! ¡Fuera!

Señaló la puerta principal con firmeza. Rydan miró la madera y luego a Nicole. No entendía todas las palabras, pero la emoción detrás de «largate» y el gesto de expulsión eran universales. Sus orejas imaginarias se plegaron hacia atrás en su mente de lobo; la sola idea de dejarla solo despertaba un rechazo visceral en su cuerpo. Se quedó plantado en el sitio, firme como una roca, negándose a dar un solo paso hacia la salida.

—¡Increíble! —masculló ella, dándose la vuelta al ver que el gigante no pensaba mover un músculo.

Sin perder más tiempo peleando contra una pared de músculos, Nicole caminó a zancadas hacia su habitación, entró y cerró la puerta de golpe, girando la llave en la cerradura con un click seco y sonoro.

Adentro, se dejó caer de espaldas contra la madera, tratando de calmar el ritmo frenético de su corazón. Tenía clase en menos de una hora, un examen crucial de farmacología y ahora un teléfono destruido. Se cambió a toda prisa con unos jeans, un suéter amplio y sus zapatillas, metió los cuadernos en la mochila y se recogió el cabello en una coleta desordenada.

Cuando finalmente giró la llave para abrir, la puerta apenas cedió unos centímetros antes de chocar contra algo sólido.

Rydan estaba de pie justo al otro lado, pegado al marco, como un guardián implacable. No se había movido de ahí durante todo el tiempo que ella estuvo encerrada.

Nicole ahogó un suspiro de puro cansancio y dio un paso atrás, cruzándose de brazos.

—Te dije que te fueras —repitió Nicole, esta vez con la voz fatigada, mirando el torso descubierto del Alfa y los pantalones desgastados con los que había llegado anoche—. No puedes estar aquí. Tienes que volver a tu casa.

Rydan la miró fijamente. La furia de Nicole parecía haberse disipado, dejando solo una profunda extenuación que a él le daba ganas de envolverla entre sus brazos.

—¿Entiendes? —insistió ella, haciendo un gesto amplio con las manos hacia el exterior—. Tu casa. Tu hogar. ¿Dónde está? ¿Quieres que te lleve a tu hogar?

Rydan ladeó la cabeza, procesando la palabra. Hogar.

Lentamente, levantó su mano enorme, de nudillos marcados y garras aún duras por la tensión, y extendió el índice hacia el frente.

No señaló la ventana. Tampoco señaló la puerta ni la calle.

La señaló a ella. Directamente a su pecho.

—Hogar —dijo Rydan con su voz grave y rasposa, sin dudar un solo segundo.

El aire en el pasillo pareció congelarse. Nicole se quedó muda, sintiendo un vuelco violento en el estómago. La intensidad en los ojos azules del Alfa no dejaba espacio para bromas ni confusiones; para él, ella no era una extraña que lo había socorrido. Ella era su territorio, su destino, su hogar.

Nicole cerró los ojos un instante y soltó un largo suspiro cargado de resignación. Pelear contra la lógica de esa criatura era como intentar detener una tormenta con las manos.

—Tengo que irme a la universidad —dijo finalmente, señalando su mochila y luego la puerta—. Estudio. Clases. ¿Entiendes? Me voy.

Rydan dio un paso al frente, apretando la mandíbula, dispuesto a seguirla a donde fuera.

—No. Tú te quedas aquí —le ordenó ella, poniendo una mano firme sobre su pecho caliente para frenarlo—. Por favor. No toques nada. No rompas nada más. Cuando vuelva... hablaremos.

Rydan miró la mano de Nicole sobre su piel y luego sus ojos. Odió la idea de verla cruzar esa puerta sin él, pero la súplica en la voz de su hembra frenó su instinto de seguirla. Exhaló un aire caliente contra el rostro de ella y asintió muy despacio.

Nicole le dio una última mirada de advertencia, ajustó la tira de su mochila y salió al pasillo, cerrando la puerta con doble vuelta de llave antes de correr escaleras abajo, preguntándose si al regresar tendría departamento o solo un montón de escombros.




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