Reclamada por un Alfa

Capítulo 6

El desastre de la caza en el balcón había sido la gota que derramó el vaso. Nicole observó las manchas de barro en la alfombra, los restos de plumas en el piso y el olor a bosque mojado mezclado con sangre fresca que impregnaba su pequeño departamento. El Alfa olía a naturaleza salvaje, a lluvia y a peligro; una combinación embriagadora que a ella le revolvía los sentidos, pero que su mente médica y civilizada sencillamente no podía tolerar por más tiempo.

—Necesitas un baño. Urgente —decretó Nicole, cruzándose de brazos y señalando la puerta del pequeño cuarto de baño al fondo del pasillo.

Rydan frunció el ceño. Olfateó el aire, luego se olfateó el hombro a sí mismo y volvió a mirarla con una expresión de absoluta incomprensión. Para él, su olor era su marca, su rastro y su identidad; no había nada de malo en él.

—No —dijo con firmeza, dando un paso atrás.

—Sí. Te vas a lavar.

Nicole caminó hacia la entrada y recogió dos bolsas de tienda que traía consigo. De camino a casa desde la universidad, había pasado por el departamento de su hermano mayor, quien se encontraba fuera de la ciudad por un viaje de negocios. Usando su copia de la llave, había asaltado su armario para conseguir ropa limpia y de tamaño adecuado para el gigante. Le trajo dos conjuntos: un par de pantalones de chándal holgados, camisetas de algodón de talla grande y ropa interior nueva. Al menos no tendría que seguir viéndolo con los pantalones cortos y destruidos con los que había aparecido la primera noche.

Dejó la ropa limpia sobre la cama y volvió a colocarse frente al baño, abriendo la llave de la tina. El sonido del agua cayendo con fuerza pareció activar una alarma biológica en Rydan.

El Alfa dio tres pasos hacia atrás de inmediato, levantando los labio en un gesto casi imperceptible que dejó al descubierto sus caninos afilados. Las pupilas se le dilataron y sus hombros se tensaron como los de un animal acorralado. En su forma de lobo, el agua estancada y el encierro del baño eran lo opuesto a la libertad del río en el bosque. Repelía la idea con cada fibra de su instinto.

—Agua no —articuló con una voz tan grave y amenazante que hizo vibrar el marco de la puerta.

—No me pongas esa cara. Entras a la tina o te juro que...

Rydan se plantó en el centro de la sala como una muralla de piedra. No pensaba ceder. Nicole suspiró, agotada, frotándose el puente de la nariz. Sabía que físicamente no tenía la más mínima oportunidad de obligarlo; Rydan pesaba fácilmente más de noventa kilos de puro músculo duro. No podía usar la fuerza, así que tendría que usar la única arma que había descubierto que funcionaba contra la terquedad del salvaje: ella misma.

Nicole dio un paso al frente, clavando sus ojos en los deslumbrantes ojos azules de Rydan, y adoptó la postura más fría y distante que pudo fingir.

—Está bien. Si no te bañas, me voy —dijo con voz pausada y firme—. Cojo mi mochila, cruzo esa puerta y te dejo aquí solo. Para siempre.

El efecto de las palabras fue inmediato y devastador.

El Alfa se congeló. La idea de que su hembra lo abandonara, de perder su rastro y su presencia en un mundo desconocido que él no comprendía, activó un pánico primal en su pecho. El gruñido en su garganta murió al instante, reemplazado por un destello de vulnerabilidad y desesperación pura.

Rydan dio dos pasos rápidos hacia ella, tomándole la muñeca con una presión firme pero sin hacerle daño.

—No... irte. Nicole... no.

—Entonces entra al baño —sentenció ella, señalando la tina—. Y usas el jabón.

Rydan miró la puerta del baño como si fuera una jaula de tortura, exhaló un gruñido bajo de resignación total y caminó a zancadas hacia el interior.

Lo que siguió durante los siguientes veinte minutos fue una batalla campal contra la fontanería. Nicole tuvo que quedarse junto a la puerta semiabierta, dándole instrucciones como si se tratara de un niño grande. Escuchó cómo él refunfuñaba, los chasquidos del agua golpeando las paredes y varios gruñidos de disgusto cada vez que el jabón de menta le tocaba la piel.

—¡Lávate el cabello también! —le gritó ella desde afuera, intentando no reírse ante los bufidos de indignación que salían del cubículo.

Cuando el sonido del agua finalmente cesó, Nicole dejó la ropa de su hermano sobre el lavamanos sin mirar hacia adentro.

—Ponte eso. Hay pantalones y una camiseta. No salgas hasta que estés vestido —advirtió antes de regresar a la sala a recoger un cuaderno de notas y un bolígrafo.

En su mente médica y estructurada, Nicole ya le estaba buscando una explicación lógica a toda la situación. Pensaba que Rydan probablemente era un hombre con algún tipo de trauma severo, quizás alguien que había vivido aislado en el bosque desde niño, sin familia ni educación, o un refugiado abandonado a su suerte. No tenía malicia; sus instintos eran primitivos, pero la forma en que la protegía demostraba que no era un criminal. Le daría asilo unos días, lo ayudaría a adaptarse y luego buscaría la forma de encontrarle un lugar donde vivir o trabajo.

Estaba absorta en esos pensamientos, anotando la palabra "REGLAS" en la parte superior de una hoja en blanco, cuando escuchó la puerta del baño abrirse.

—Rydan, recuerda que tienes que ponerte la...

Nicole levantó la vista y las palabras se le atancaron salvajemente en la garganta. El aire se le escapó de los pulmones en un ahogado sollozo de pura impresión.

Rydan no se había puesto absolutamente nada.

El Alfa salió al pasillo completamente desnudo, caminando con la despreocupación de quien habita su propio territorio. El agua le resbalaba por los hombros anchos, las clavículas marcadas y el abdomen de acero esculpido, haciendo brillar las cicatrices casi invisibles de su piel. Su cabello oscuro chorreaba sobre su rostro afilado, y lo único que llevaba puesto era la cadena de metal con el dije que llevaba grabado su nombre.




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