La rutina de los días siguientes fue un terremoto para la vida estructurada de Nicole. Tener a un hombre con los instintos de un salvaje encerrado en cincuenta metros cuadrados requería la paciencia de un santo.
Rydan aprendía rápido, casi de forma aterradora. Su vocabulario aumentaba día a día y empezaba a comprender el funcionamiento de las cosas básicas del hogar: la luz, la refrigeradora y la televisión (la cual casi destruye la primera vez al ver un documental de animales). Sin embargo, había algo que su mente primitiva se negaba a cambiar: la fijación absoluta hacia Nicole. Para él, ella era el centro del universo. La seguía con la mirada a donde fuera, dormía en el piso al lado de su cama sobre una manta porque se negaba a alejarse de la puerta de su habitación, y su olfato parecía detectar cada cambio en el humor de ella.
—Tengo guardiá nocturna en el hospital universitario —anunció Nicole una tarde, mientras preparaba una mochila con sus libros de medicina—. No voy a volver hasta mañana en la mañana, Rydan. Te dejé comida lista en la cocina.
El Alfa, que estaba sentado en el sofá observando atentamente cómo ella guardaba sus cosas, se levantó de golpe.
—No —dijo con firmeza. Su voz ya no sonaba tan atropellada como al principio; ahora articulaba con una gravedad profunda y dominante.
—No es una pregunta. Es mi trabajo. Soy estudiante de medicina y necesito hacer estas prácticas —explicó Nicole, ajustándose la tira de la mochila al hombro—. Te quedas aquí. Ya sabes las reglas.
Rydan se acercó en tres zancadas silenciosas, acorralándola suavemente contra la pared al lado de la entrada. Su cuerpo alto e imponente desprendía un calor sofocante. La miró desde arriba, con los ojos azules teñidos de una sombra de inquietud instintiva.
—Fuera... no es seguro —murmuró él, llevando una mano grande a la mejilla de ella—. El aire... huele mal. Hay peligro.
—Siempre dices lo mismo sobre la ciudad. Hay autos, hay ruido y hay mucha gente, pero no hay peligro —respondió ella, aunque una corriente eléctrica le recorrió la columna al sentir la caricia de su pulgar en su piel—. Estaré bien. Vuelvo mañana a las ocho.
Antes de que él pudiera protestar o sujetarla, Nicole se deslizó por debajo de su brazo, abrió la puerta y salió al pasillo. Rydan se quedó en el marco, apretando los puños con tanta fuerza que sus garras amenazaban con perforar la piel de sus palmas. Su parte animal se retorcía por dentro; su rastro, su hembra, se alejaba de su territorio y su instinto le gritaba que el mundo humano no era seguro para ella.
El hospital universitario era un caos esa noche. Urgencias no daba abasto: accidentes de tránsito, enfermos con fiebre alta y la prisa constante de los médicos residentes corriendo por los pasillos abarrotados.
Eran las dos de la mañana cuando a Nicole le asignaron revisar los signos vitales de los pacientes en el área de observación del piso inferior. Caminaba por el pasillo estrecho con su tabla de notas en la mano, agotada y buscando desesperadamente un minuto para tomar un café.
Al doblar la esquina hacia el almacén de medicamentos, la luz del pasillo parpadeó levemente.
Un hombre estaba de pie frente a la puerta restringida. Era alto, de espaldas anchas y llevaba una chaqueta oscura. Nicole pensó al principio que era un familiar perdido de algún paciente.
—Disculpe, señor, esta zona es solo para personal médico —dijo Nicole amablemente, dando un paso hacia él.
El hombre se giró despacio. Tenía unos facciones duras, frías, y una sonrisa torcida que no transmitía nada de calidez. Pero lo que le heló la sangre a Nicole fue su mirada: unos ojos oscuros que, por un microsegundo bajo la luz de los tubos fluorescentes, parecieron destellar con un brillo amarillo insólito.
El sujeto inclinó la cabeza y respiró hondo, olfateando el aire con una lentitud que le causó a Nicole un escalofrío de puro terror.
—Vaya, vaya... —murmuró el desconocido con una voz áspera y rasposa, dando un paso lento hacia ella—. ¿Qué hace una humana con el marca aromática de un Alfa de sangre pura encima?
Nicole dio dos pasos hacia atrás, pegando la espalda contra la pared. El tono del hombre no era el de un paciente desorientado; era la voz de un depredador que acababa de encontrar una pista.
—No sé de qué habla. Aléjese o voy a llamar a seguridad —amenazó ella, intentando sonar firme, aunque el corazón le latía desbocado en la garganta.
—Ese olor... es fresco. Él estuvo encima de ti hace muy poco —el hombre sonrió, mostrando unos dientes inusualmente afilados—. Así que el cachorro de la manada del norte encontró a su pareja en la ciudad... Qué lástima por él.
El sujeto se abalanzó sobre ella con una velocidad sobrehumana. Nicole no tuvo tiempo ni de gritar; una mano fría y pesada le atrapó el cuello, acorralándola contra la pared y levantándola unos centímetros del suelo. La fuerza del agarre le cortó el aire de golpe, haciendo que la tabla de notas cayera al piso con un eco sordo.
De pronto, un cristal de la ventana alta del pasillo reventó en mil pedazos.
Un rugido salvaje, colosal y enfurecido retumbó en todo el piso del hospital, haciendo vibrar las paredes de concreto.
Una sombra enorme aterrizó en el pasillo con la fuerza de un meteorito. El suelo pareció temblar. El hombre que sujetaba a Nicole abrió los ojos con pánico y la soltó de golpe, dejándola caer de rodillas al suelo, jadeando por oxígeno.
Nicole se sujetó el cuello, tosando violentamente, y levantó la vista entre la penumbra.
Frente a ella, cortando el paso entre el agresor y su cuerpo, estaba Rydan.
Pero no era el Rydan que ella conocía.
Sus ojos no eran azules; ardían en un fuego dorado y salvaje que iluminaba la oscuridad. Su postura era encorvada, su pecho subía y bajaba con una furia descontrolada, y unos colmillos enormes y afilados sobresalían de sus labios, dejando escapar un gruñido metálico que erizaba hasta el último vello de la piel. Sus manos habían mutado en garras oscuras y mortales.
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Editado: 31.08.2026