El sonido de mis pasos resonaba en la fría baldosa que cubría el portal mientras me alejaba de la puerta de mi casa. Con mucho esfuerzo, reprimí las ganas de mirar hacia atrás, sabía que si lo hacía, no podría marcharme.
El taxi me esperaba ya en la calle, listo para llevarme hacia mi destino. El trayecto hasta el aeropuerto fue tranquilo. Me entretuve mirando por la ventanilla, apreciando las vistas de la ciudad como nunca antes lo había hecho hasta el momento.
Con un nudo en el estómago, facturé mi equipaje y me senté a esperar mientras la impaciencia y los nervios me comían desde dentro. Mis emociones estaban a flor de piel. Por momentos, me arrepentía de mi decisión, pero en otros, sentía que era lo mejor.
Iniciaba una aventura, un viaje que no sabía qué me depararía y que me aterraba y me emocionaba a partes iguales.