Conduzco sin saber cuál es mi destino, solo sigo el camino que marca la carretera, tomando desvíos y salidas por impulso. En algún momento, el cielo empieza a clarear y deja atrás esa noche cuyo recuerdo deseo encerrar en el fondo de mi mente.
Un poco más adelante, encuentro un área de servicio en el que decido pararme a descansar. Está vacío, por lo que el sonido de las olas rompiendo contra las rocas es lo único que se escucha.
Estirar las piernas me vendrá bien, así que decido dar un paseo hasta la playa que hay un poco más adelante. Al llegar, me quito los zapatos y poso mis pies sobre la arena fría.
Los primeros rayos del sol se asoman por el horizonte mientras camino hacia la orilla. Me detengo a observar esa obra de la naturaleza, que transmite una inmensidad armoniosa.
Siento que todo en mí -mis problemas, mis inseguridades e, incluso, yo misma- se hace pequeño, diminuto como un grano de arena. Por primera vez en horas, puedo respirar tranquila.