Aún recuerdo aquella época, en la que todo era intenso hasta el extremo. Con las emociones a flor de piel y el nerviosismo del principiante mezclados con las ganas de vivir y experimentar.
Recuerdo cómo colocabas tus manos sobre mi cintura, mientras yo ponía las mías alrededor de tu cuello. Los besos torpes que compartíamos, llenos de un algo que todavía no habíamos aprendido a expresar.
Envueltos en la euforia de la juventud, veíamos demasiado futuro por escribir. No teníamos miedo de lo que nos deparaba. Mirábamos al destino con desafío y chulería, nos burlábamos de él, pensándonos ajenos a la vida adulta.
En algún momento, recuerdo que prometimos ser eternos, como si alguno de los dos pudiese cumplir de verdad ese juramento. Era tanta la inocencia que plasmábamos que hoy me avergüenza pensar en lo maduros que nos considerábamos.
Y aquí estoy, recordando con nostalgia aquella época en la que queríamos comernos el mundo, sin saber que era el mundo el que nos terminaría comiendo a nosotros.