Capítulo 1
De noche, aquella parte de la ciudad parecía pertenecerle a alguien más.
A los hombres que buscaban cuerpos baratos.
A los que vendían protección.
A los que cobraban por ella.
A la policía que aparecía demasiado tarde cuando alguien necesitaba ayuda y demasiado pronto cuando había dinero de por medio.
Elliot Bennett conocía sus reglas.
Las había aprendido antes de tener edad suficiente para entender por qué existían.
No caminar por determinados callejones después de las tres. No aceptar clientes demasiado borrachos. No subir a un automóvil sin mirar primero la matrícula. No confiar en un hombre que insistiera en pagar el doble. Nunca beber algo que hubiera perdido de vista.
Y, sobre todo, no esperar demasiado de nadie.
Las expectativas eran peligrosas.
Eli lo sabía mejor que la mayoría.
Su madre había muerto al traerlo al mundo y su padre había encontrado la forma de convertir aquella tragedia en una culpa que Elliot había cargado desde niño.
Había crecido escuchando que todo habría sido diferente si él no hubiera nacido.
Y entonces su padre terminó de enseñarle cuál creía que era su valor.
Una noche.
Un hombre.
Dinero suficiente para comprar alcohol durante varias semanas.
Eli no pensaba mucho en aquello. O, al menos, había aprendido a no hacerlo conscientemente.
Después de esa primera vez llegaron otras.
Cuando cumplió dieciocho ya se había marchado de casa, y lo que al principio había ocurrido sin que pudiera elegir terminó convirtiéndose en una manera de pagar un pequeño apartamento, comida y algunas cosas que su padre jamás le había dado.
No era la vida que había imaginado de niño.
Tampoco estaba seguro de haber imaginado alguna vez una.
Simplemente sobrevivía.
Y había descubierto que era bastante bueno haciéndolo.
—No me jodas, Trevor. La calle no es tuya.
Los gritos al otro lado de la avenida hicieron que Eli apartara la vista de su teléfono.
Dos hombres discutían en medio de la acera. Uno de ellos sujetaba del brazo a una chica mientras otro le gritaba algo que el ruido de los automóviles impedía escuchar.
—Otra vez —murmuró Naomi a su lado.
Eli guardó el teléfono en el bolsillo.
—¿Cuánto apuestas a que en cinco minutos llegan los policías y terminamos todos perdiendo dinero?
—No pienso apostar cuando sé que voy a perder.
Naomi soltó una pequeña carcajada.
Era relativamente nueva en aquellas calles y todavía conservaba algo que Eli había dejado de reconocer en sí mismo hacía años.
Esperanza.
Naomi seguía hablando de cambiar de vida como si fuera cuestión de encontrar el momento indicado. A veces fantaseaba con ahorrar suficiente para abrir un salón de belleza. Otras, con conocer a un hombre maravilloso que se enamorara perdidamente de ella y la llevara lejos.
Eli se burlaba.
Ella le decía que era un amargado.
Probablemente los dos tenían razón.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
—Te lo dije.
—No apostamos.
—Porque eres cobarde.
—Porque te conozco.
Dos patrullas se detuvieron frente a ellos.
Después llegó una tercera.
Los policías comenzaron a dispersar a la gente mientras los dos hombres que habían iniciado la pelea discutían ahora con un par de agentes.
Eli reconoció casi todos los rostros.
Y entonces lo vio.
Se apoyó inconscientemente contra la pared.
—Ah —dijo Naomi.
Eli ni siquiera volteó hacia ella.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces cállate.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Pero vas a hacerlo.
Naomi sonrió.
—Está muy guapo.
Eli no respondió.
Porque sí.
El hombre era atractivo.
Mucho.
No llevaba uniforme, aunque bastaba observar la manera en que los otros agentes se dirigían a él para comprender que tenía autoridad. Jeans oscuros, camisa gris, una chamarra negra y esa clase de postura que hacía parecer que ocupaba más espacio del que realmente ocupaba.
Cabello oscuro.
Barba de varios días.
Y unos ojos verdes que Eli alcanzaba a distinguir incluso desde donde estaba.
No parecía particularmente amable.
Eso, por alguna razón, lo hacía todavía más interesante.
—¿Viste? —insistió Naomi.
—Tengo ojos.
—Yo con ese no cobraría.
Eli finalmente giró hacia ella.
—Que no te escuche Trevor.
—Era un comentario.
—Un comentario muy malo para el negocio.
—Míralo y dime que estoy equivocada.
Eli volvió la vista hacia el desconocido.
—Está bien.
Naomi abrió la boca, escandalizada.
—¿Está bien? Parece que alguien pasó años construyéndolo a mano y tú dices que está bien.
Una sonrisa traicionó a Eli.
—Tienes estándares muy bajos.
—Claro. Por eso soy tu amiga.
Eli iba a responder cuando sintió algo extraño.
Volvió a mirar hacia los policías.
El desconocido lo estaba observando.
No a Naomi.
A él.
Directamente.
Eli sostuvo su mirada durante un par de segundos.
Demasiados.
No había deseo evidente en el rostro del hombre. Tampoco desprecio. Ni siquiera curiosidad.
Solo lo miraba.
Y aquello consiguió ponerlo más nervioso que cualquiera de las otras opciones.
Apartó la vista.
—Me voy.
—¿Ya?
—Ya hice suficiente por hoy.
—Mentiroso.
Eli levantó una mano a manera de despedida y comenzó a caminar.
No había avanzado demasiado cuando se dio cuenta de que tendría que pasar junto a Victor Kane.
Perfecto.
El policía estaba apoyado contra una de las patrullas.
Eli consideró cruzar la calle.
Demasiado tarde.
—Mira quién se va tan temprano.
Siguió caminando.
—Te estoy hablando, bonito.
Eli apretó la mandíbula.
—Buenas noches, oficial.
—Así me gusta. Educado.