Capítulo 1.
Nueva York, 2021
No quería despegar su cara de la almohada aquella mañana. No quería hacer nada más que quedarse en la cama todo el día, tal cómo había deseado durante los ultimos cinco años.
Todo se había desmoronado para Brittany; sus días se habían convertido en un infierno desde el instante en que Santana desapareció de su vida.
Después de pasar unos minutos mirando al techo en silencio, su mano buscó el lado vacío de la cama. Dejó escapar un pesado suspiro preparándose mentalmente para afrontar la jornada. Ahí iba de nuevo.
Mientras bajaba las escaleras, el reconfortante aroma del desayuno recién hecho inundó sus sentidos. Encontrar la mesa servida era una de las pocas cosas de las que ya no debía preocuparse. Desde que había contratado a alguien para que le ayudara con las tareas del hogar, su rutina diaria se había vuelto un poco más llevadera.
De pronto, escuchó una pequeña y cantarina risa proviniente del comedor. Cómo cada día logrando apartar, aunque fuera por un instante, el profundo dolor que le causaba la ausencia de Santana.
—¡Nana! Este es mi favorito. —La voz de su hija resonó alegremente en el comedor.
—Isabella, te he dicho mil veces que no grites, y menos a estas horas de la mañaba—la reprendió San con frialdad.
—Solo dije que eran mis favoritos—murmuró la niña-
Desde el pasillo, Brittany pudo sentir cómo el buen humor de la pequeña se apagaba de golpe.
—Mejor no digas nada. Desayuna, que seguro tu mamá bajará pronto y debes irte a clases.
La voz de Sam sonaba autoritaria, y aquello le revolvió el estómago a la rubia. Nunca le había gustado esa manera tan rigida que tenía de tratar a la pequeña. Terminó de bajar los escalones y entró al comedor.
—Buenos días. —Saludó a Sam con un gesto distante de la mano y se apresuró a sentarse al lado de Isabella.
—¡Mami! Buenos días.
—Gracias por tenerla lista, Miriam—añadió Brittany, dirigiendose a la mujer que cuidaba de la casa.
—No sabe lo que me costó. Esta vez fue en tiempo récord. Esta pequeña cada vez es más ágil, pero yo me entreno y logro la misión. Por cierto, hoy la niña Isa comenzará las clases de piano.
—¡Cierto! —dijo Brittany, tomando un poco de jugo—. Estaremos aquí a las cinco de la tarde. Gracias, Miriam, no sé que haríamos sin ti.
—No creo que las clases de piano sean buena idea. Isabella está muy chiquita —intervino Sam al fin, dando su opinion con frialdad—.Ademas, es un gasto de dinero innecesario.
—¿Mami?
—¿Si, cariño?
—Tomaré las clases, ¿verdad? —preguntó la pequeña. Sus enormes ojos azules, brillantes y cristalinos, buscaron el rostro de su madre en una silenciosa y vulnerable súplica de protección.
—Sí, claro que sí. ¿Por qué no vas con Miriam a cepillarte los dientes para poder irnos?
La rubia miró a su hija subir por las escaleras de la mano con la nana. Una vez que desaparecieron, dirigió una mirada dura hacia Sam.
—No vuelvas a hablarle así a Isabella—dijo, completamente seria—. Sam… desde que tengo memoria siempre tenemos está misma discusión, y sabes que por encima de todo está ella.
—Siempre me dices lo mismo, Brittany —replicó Sam, dejando su taza de café a un lado—. Y te repito que solo intento educar bien a la niña. No todo el mundo puede ser tan débil con ella; por eso es que aveces se comporta cómo lo hace, con esa actitud de arrogancia y un poco odiosa.
—Pues tendrá a quien salir así, ¿no te parece? —contraatacó la rubia, poniendose de pie de golpe—. Siempre te digo que debes intentar hablarle mejor. Isabella, por más que no quiera admitirlo, salió a Santana, con su fuerte carácter. Es una niña dulce y para nada odiosa, pero si te metes en su camino de la manera en que lo haces, no dudará en decir algo que, aunque no esté bien, te hará sentir mal.
—Ella ni siquiera me habla.
—Porque prefiere ignorarte —replicó Brittany, tomando su chaqueta—. Tú te encargaste siempre de no crear un lazo con la niña, Sam.
El sonido de unos pequeños pasos apresurados bajando las escaleras interrumpió la tensión del comedor.
—¡Estoy lista, mami! —anunció la niña, corriendo a abrazar las piernas de Brittany con una enorme sonrisa —. ¡Vamos! Hoy haré nuevos amigos.
—Sí, pero recuerda que debes ser muy amable con ellos—le pidió Brittany, agachándose ligeramente para acomodar el uniforme de su hija.
—Pero mamá, solo soy amiga de los que no son tontos —dijo como si nada.
Brittany la miró con una sonrisa «Algo que diría Santana», pensó la rubia con un toque de melancolía. Se agachó ligeramente para acomodar el pequeño maletín en los hombros de su hija y tomó la lonchera con su merienda. Luego, entrelazó su mano con la de la pequeña.
—¿Hoy iremos caminando a la escuela, mami?
—Pensé que querías ir en el auto —respondío la rubia, guardando las llaves de la casa en su bolsillo.
—Quiero que me cuentes más historias sobre la casa que está cerca del parque —pidió la niña con una enorme sonrisa.
—¿La casa frente al parque? —preguntó Sam, interviniendo de pronto.
—Sí, la casa frente al parque.
—Pero esa no es…
—Sí—lo interrumpió Brittany, contestando con un tono cortante para evitar que el rubio terminara la frase —. Vámonos, Isa.
Casi un año después de perder todo rastro de Santana, Brittany aún no se rendía. Había recorrido cada hospital de la ciudad e incluso extendido su búsqueda a otros estados. Por suerte, contó con el apoyo incondicional de sus amigos: Rachel no la dejó sola ni un solo segundo y Sam también se convirtió en un pilar importante; de hecho, fue él quien tuvo la idea de contratar a un investigador privado.
Aquello encendió una chispa de esperanza en la rubia. Con un profesional a cargo, sería más fácil encontrar a su morena. Incluso con la pequeña Isabella de apenas tres meses en brazos, Brittany no cesaba ni un instante en su búsqueda.