Apenas abrí los ojos y noté el sol mañanero cálido que me envolvía. Me apresuré a comer y a terminar de arreglar algunas cosas. Tomé mis maletas y me subí a mi auto. Al fin llegó mi momento de marcharme, indiferente de todo lo demás. Había vivido en ese lugar por tanto tiempo, pero la verdad es que anhelaba irme.
Siendo sincero, ya había estado yendo desde hace tiempo. La semana antepasada me fui un poco; la semana siguiente, otro poco. Ese lugar se empolvaba un poco más cada día, y quedarme en un lugar donde no estaba bien sería un tormento.
Conforme pasaban las horas por esa carretera larga, la que rodeaban heladas montañas llenas de vegetación pobladas de pinos silvestres, que se podían apreciar si salías de la ciudad, sentí el frío. Aun así, cada brisa fría que entraba por la ventana del auto me la recordaba, aquel temblor al recordarte, tan delicada, tan amable, como una luz que iluminaba mi camino, y yo siendo tan inmaduro y terco no supe apreciarlo.
Pero sigo aquí manejando, porque aún tengo esperanzas de que ya no me guardas rencor y de decirte que aún no has desaparecido de mi vida.
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Seguí mi camino con nostalgia. Manejé por un largo tiempo por esas montañas. Me llegó el mediodía y aún me quedaban algunas horas antes de llegar al pueblo más cercano. Decidí detenerme a un lado de la carretera, frente a un lago, para almorzar algo de comida que había llevado al viaje, mientras observaba cómo otro pez salía curioso a la orilla.
Una hora más tarde, ya casi cayendo la noche, por una carretera que ya estaba bastante cerca del pueblo y que había más gente transitando por esa zona, mientras conducía, una figura que parecía ser de un venado cruzó corriendo.
Frené de golpe, giré el volante y me salí del camino, golpeando un tronco. El frontal del auto quedó aplastado, el radiador roto... Imposible seguir. Estaba golpeado y confundido. Salí a revisar, y solo se escuchaba el viento de la noche. No me quedó de otra que esperar, porque mi inútil celular no tenía señal.
Me vi con la suerte de que esa noche había más gente cerca del pueblo. No tardó demasiado en ver las luces de un auto a lo lejos. Se detuvo en donde estaba yo. Se bajó un anciano con un sombrero negro.
— ¿Está bien? ¿Qué ocurrió? — me preguntó.
Le dije que había escuchado un fuerte golpe por esta zona. Le conté lo que había pasado con el venado y me ayudó a mover el auto al pueblo. Noté que miraba demasiado al bosque y me advirtió que no me quedara mucho rato en ese lugar y que era mejor marcharse.
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Al llegar al pueblo me dijo que por la mañana me ayudaría a llevar el auto hasta el taller, y me invitó a pasar la noche en su casa. Como era mejor eso a pagar un hospedaje, le dije que sí.
Vivía en una de las casas más allegadas al bosque, pero no me podía quejar. Era un sitio bien cuidado, con calles empedradas que serpenteaban entre casas de madera de tonos cálidos, rodeadas por jardines de flores locales y una plaza central con unos bancos de madera donde el anciano me contó que le gustaba sentarse de vez en cuando. Este pueblo parecía desconectado del mundo, escondido entre estas montañas de pinos.
Llegamos a la casa, bastante bonita pero pequeña y sencilla, con un gran cobertizo detrás, una de las más allegadas al bosque. Le pregunté su nombre y me dijo, en tono amable, que era Arthur. Entramos y le dije que había tenido suerte por encontrarlo, y él dio las gracias:
— No pasa nada. Siempre es un placer ayudar. Ese tipo de accidentes pasan de forma regular por esa zona — me mostró cuál habitación me quedaría y noté que había varios cuartos más, pero no le di importancia. Me quité los zapatos, me puse cómodo y, sin darme cuenta, me quedé dormido.
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A la mañana siguiente, cuando desperté al amanecer, el anciano ya estaba allí, tomándose una taza de café. Me apresuré a estar listo para llevar el auto al taller. Llegamos hasta allá y, al revisarlo, me dijeron que estaría listo como en **tres o cuatro** días, porque los daños no eran tantos.
De camino a casa, Arthur me dijo:
— Puedes quedarte el tiempo que necesites, si así lo deseas. Ya estoy viejo y estoy solo, no me vendría mal algo de compañía unos días.
— Se lo agradezco mucho, Sr. Arthur. Usted es muy amable — dije yo.
— ¿Y qué hacías ayer tan de noche en unos bosques tan alejados, colega? — me preguntó.
— Estoy en un viaje, buscando algo, o quizás huyendo, de todos y de todo.
— Seré curioso, ¿a dónde se dirige exactamente? — me volvió a preguntar.
— A un lugar que sigue esperándome — respondí.
Y me contestó: — Entiendo. Todos tenemos lugares a los que volver, pero a veces parecemos perdidos.
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Un rato más tarde, al llegar a la casa, estábamos sentados en silencio en el porche. Mientras fumaba, pregunté qué hacía para divertirse en este pueblo, buscando romper el hielo. Me contestó que se dedicaba a cultivar distintos tipos de plantas originarias de la zona y otras raras de fuera del país. Me sorprendí y le dije que me mostrara. Fuimos al cobertizo y tenía una colección enorme de distintos tipos de flores, árboles bonsái y plantas. Me dijo que hacía mucho que las cultivaba, pero ya les hacía falta mantenimiento, que era algo muy preciado para él, pues su esposa le había enseñado a hacerlo y la gran mayoría le pertenecía a su esposa o les pertenecían a los dos.
Como no tenía nada más que hacer por tres o cuatro días, le dije que me mostrara cómo lo hacía. El anciano me sonrió ligeramente. Pasamos horas allí, hablando de plantas y distintas cosas de la vida.
Ya casi calan las seis de la tarde, aún estábamos en el cobertizo cuando le pregunté:
— Su esposa debió ser fanática de estas plantas para tener tantas.
— Así es, colega. Era su pasatiempo favorito y gracias a ella ahora lo es el mío. Tanto así que nuestros hijos también crecieron sabiendo alguna que otra cosa sobre esto. Cuando mis hijos estaban aquí... bueno, nos poníamos a hablar sobre estos temas, pero eso fue antes de que yo perdiera el rumbo.