"Amo los gatos negros. Tu eres como ellos, la única diferencia es que yo jamás te remplazare aunque me valla.
No quiero olvidarte, ojitos verdes..."
—Carta de Cordelia Beaulieu
Para Zafiro Moreou.
Año: 1971.
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El cielo de París amanecía con una leve neblina, bañando las calles con tonos grises y melancólicos. El frío se aferraba a la piel, pero en mi corazón había una tibieza extraña... algo que no entendía, algo que se escondía entre mis pensamientos desordenados.
Zafiro caminaba a mi lado con su impecable postura, con las manos cruzadas tras la espalda, como si llevara consigo una calma infinita que nadie más podía alcanzar. Sus zapatos resonaban suavemente contra las piedras húmedas, marcando el ritmo perfecto de sus pasos... mientras yo, con la mochila al hombro, trataba de no mirarla demasiado.
Pero era imposible no hacerlo.
—Hoy estás muy callada... —dijo Zafiro de repente, rompiendo el silencio con su voz suave pero firme.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba al instante. La mirada de Zafiro cayó sobre mi, directa, profunda... de esas miradas que parecían atravesarlo todo.
La odiaba por eso.
Por cómo podía leerme sin siquiera preguntar.
—Y-yo... solo estaba pensando...
Mi voz salió temblorosa, maldiciéndome por dentro.
Zafiro me observó por unos segundos más, como si buscara algo oculto en mi alma... y luego volvió a mirar al frente con esa serenidad elegante que tanto la caracterizaba.
—Pensar demasiado suele hacerte olvidar cosas... —susurró—. Mejor deja que yo lo haga por ti.
Fruncí el ceño, sonrojándome sin entender del todo por qué mi corazón latía así.
—No tienes por qué preocuparte tanto por mí... estaré bien...
Zafiro no respondió de inmediato, pero la esquina de sus labios se curvó apenas, con esa sonrisa tan diminuta que parecía un secreto entre las dos.
—Me gustaría creer eso, cariño... —susurró—. Pero prefiero asegurarme.
Sentí cómo mi pecho se apretaba con ese maldito apodo... cariño.
¿Por qué siempre tenía que llamarme así? ¿Por qué tenía que decirlo con esa voz tan tranquila y tan bonita?
Pero antes de que pudiera protestar, mis pensamientos se dispersaron como polvo al viento cuando cruzó la calle sin mirar.
Un claxon sonó a lo lejos.
—¡Cordelia!
Todo pasó demasiado rápido.
Zafiro me sujetó con fuerza, tirando de mi muñeca hasta que mi cuerpo chocó contra el suyo. Sus brazos me envolvieron con firmeza, protegiéndome del peligro... y por un segundo, el mundo entero se desvaneció.
Mi corazón latía desbocado, pero no por el susto... sino por el calor que me envolvía, por el perfume suave que desprendía Zafiro, por la manera en que sus manos fuertes me aferraban a mi espalda con una delicadeza que me hacía sentir...
Segura.
—¿Estás loca? —susurró Zafiro, con la voz entrecortada—. ¿Se te olvidó hasta cómo cruzar la calle ahora? Podrías haberte lastimado...
Trage saliva con dificultad, sintiendo mi respiración atrapada entre los brazos de mi mejor amiga.
—L-lo siento...
Zafiro no respondió al instante. Solo suspiró, como si el miedo aún la apretara por dentro... y luego, sin soltarme, apoyó su barbilla sobre mi cabello con una ternura que jamás había sentido antes.
—Yo lo siento... —susurró, apenas audible—. No quería gritarte... solo... por favor, cuídate más.
Sentí cómo mi pecho se estremecía con esas palabras.
Era la primera vez que alguien me abrazaba así...
La primera vez que alguien me cuidaba con tanta devoción.
Zafiro no era solo mi mejor amiga.
Era mi refugio.
—D-De verdad... estoy bien...
Zafiro se separó lentamente, con sus manos aún en mis hombros, y sus ojos verdes me escanearon con una intensidad imposible de ignorar.
—Eso lo decidiré yo... —murmuró con suavidad.
Aparté la mirada, con el rostro ardiendo y el corazón latiendo como si quisiera escaparse de mi pecho.
¿Qué demonios me pasaba?
¿Por qué Zafiro podía hacerme sentir tantas cosas con solo mirarme... con solo tocarme...?
El cielo seguía teñido de un gris suave, y el viento fresco danzaba entre los árboles desnudos, acariciando mis cabellos y haciendo que algunos mechones dorados se pegaran a mi rostro.
La escuela ya se divisaba a lo lejos, con su fachada desgastada y los cristales empañados por el frío. Sin embargo, apenas prestaba atención a nada más que a la figura que caminaba a mi lado.
Zafiro iba un paso delante, con las manos en los bolsillos de su abrigo, la mirada fija al frente y esa elegancia que parecía innata... como si el mundo entero se moviera más lento para no interrumpirla. Pero cada cierto tiempo, sus ojos verdes se desviaban sutilmente hacia mi... solo por un instante... como si asegurarse de que seguía ahí fuera más importante que cualquier otra cosa.
Trataba de no notar esas miradas, pero mi corazón no me hacía el favor.
Maldita...
Ella siempre sabía cómo desarmarme sin siquiera intentarlo.
Cuando nuestros ojos se cruzaron, Zafiro sonrió apenas... una sonrisa pequeña, casi burlona, pero llena de esa calma que le volvía tan insoportablemente hermosa.
—¿Tengo algo en la cara o por qué me miras tanto?
Sentí cómo el calor me subía al rostro al instante, maldiciéndome internamente. Desvié la mirada de inmediato, fingiendo observar las grietas en el pavimento.
—N-no te estaba mirando...
—Claro... —susurró Zafiro con una suavidad que casi parecía una caricia—. Lo que tú digas, cariño...
Maldita...
¿Por qué tenía que llamarme así?
¿Por qué esa sola palabra hacía que mi corazón latiera como si quisiera escaparse de mi pecho?
Apreté los labios, intentando ignorar ese maldito apodo... pero entonces, como si mi propia alma la traicionara, los versos que había escrito la noche anterior se colaron en ki mente: