"¿Recuerdas cuándo nos casamos? Fue el dia más jodidamente feliz de mi existencia, ojalá pudiera verte de nuevo con esa hermoso vestido blanco".
—Nota de mi Libreta
Para Cordelia Beaulieu.
Año: 1972.
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La noche ya había perdido su brillo, como si incluso la luna se negara a mirar las calles por las que caminaba. Mis pasos resonaban en la acera húmeda, apagados por la neblina que se deslizaba entre los edificios como un susurro gris. A cada paso, la idea de llegar a esa casa maldita se volvía más insoportable.
No quería volver.
No quería ver su rostro.
Pero no tenía a dónde más ir.
Pensé en Madame, en la calidez de la biblioteca, en la paz que había sentido por un momento a su lado... y por un segundo consideré tocar su puerta, pedirle refugio. Pero no podía. No quería molestarla, no otra vez, no con mis miserias. Además, ya era tarde, y la dignidad, o lo que quedaba de ella, me empujaba a seguir caminando hacia ese agujero al que llamaba hogar.
El frío cortaba el aire como cuchillas invisibles. Las puntas de mis dedos estaban entumecidas, pero no me molesté en cubrirme mejor. No me importaba. Ya no sentía nada con claridad. El cuerpo dolía, sí, los músculos ardían por el cansancio, y los párpados me pesaban como piedras... pero ya me había acostumbrado a caminar así: con el alma dormida y el cuerpo suplicando tregua.
No sé cuánto tiempo estuve andando, las calles se desdibujaban ante mí, y los faroles parecían fantasmas borrosos flotando a lo lejos. Solo pensaba en llegar, encerrarme en mi habitación, dejar que el mundo se apagara tras una puerta cerrada.
Cuando al fin llegué, abrí la puerta con el mayor cuidado posible, con la esperanza ingenua de que estuviera dormida, o mejor aún, distraída con algún hombre de los que traía para llenar el vacío que ella misma no entendía.
Pero la esperanza es para los tontos.
Ahí estaba.
Sentada en la penumbra de la sala, con una botella medio vacía en la mano, el rostro bañado en sombras y los ojos inyectados de rabia y resentimiento. El olor a alcohol rancio, a cigarro y desdicha me golpeó con más fuerza que el frío.
—¿Y tú dónde estabas? —preguntó con voz rasposa, arrastrada, rota.
No contesté.
Solo la miré.
Mi mirada no tenía palabras, solo desprecio. No valía la pena discutir. Lo había intentado tantas veces que ahora solo quedaba el silencio.
Di un paso para ir a mi cuarto, queriendo terminar con ese momento antes de que empeorara, pero entonces ocurrió.
Un leve sonido de cristal al moverse, el silbido rápido del aire siendo cortado, y después el impacto.
No reaccioné a tiempo.
La botella de cerveza estalló contra mi brazo y parte de mi costado. El vidrio se rompió al instante, esparciendo fragmentos calientes y húmedos sobre mi piel. Un par de ellos se clavaron con furia ciega, atravesando la tela, dejándome un ardor que apenas me hizo fruncir el ceño.
No grité.
Solo solté un leve gruñido de dolor.
El tipo de dolor que ya conocía de memoria.
—¡Te odio! ¡Por tu culpa nadie me quiere! ¡Ojalá nunca te hubiera tenido! —vociferó, su voz quebrada por la ebriedad y una amargura que no le cabía en el pecho.
Sus insultos ya no dolían.
Eran ecos vacíos, repetidos tantas veces que se habían convertido en parte de la decoración de la casa. Palabras marchitas. Rabia reciclada.
Seguí caminando. No dije nada. No la miré.
Subí las escaleras con el brazo sangrando, sintiendo cómo la tela se humedecía y pegaba a la herida. Cerré la puerta de mi habitación con un portazo, no por rabia… sino para sentir que al menos tenía el control de algo. Aunque fuera solo de esa puerta.
Ahí dentro, por fin, pude respirar.
La habitación era pequeña, oscura y fría, pero era mía.
Mi refugio.
Mi cárcel.
Mi tumba, a veces.
Me senté en el suelo por unos segundos, apoyando la frente contra mis rodillas. El cuerpo me pesaba como si estuviera hecho de hierro, pero no podía permitirme el lujo de dormir así. No podía dejar los vidrios dentro.
Me puse de pie con esfuerzo, y me dirigí al armario donde guardaba un pequeño botiquín improvisado. Lo saqué con manos temblorosas y me senté frente al espejo, bajo la tenue luz amarilla que colgaba del techo.
Mi reflejo era una pintura trágica: el rostro pálido, los ojos apagados, y la sangre deslizándose con parsimonia por mi brazo.
Tomé unas pinzas oxidadas y, con cuidado, empecé a sacar los fragmentos de vidrio. Uno por uno.
Algunos salieron rápido. Otros se resistieron.
No lloré.
No grité.
Apreté los dientes cuando el alcohol tocó la carne viva, y la quemadura me arrancó un escalofrío que recorrió toda mi espalda.
Pero más allá del dolor físico, lo que realmente dolía era la costumbre.
La normalidad con la que hacía todo esto.
Como si curarse de una agresión fuera parte de mi rutina nocturna.
Me vendé con torpeza, dejando la piel irritada bajo la tela áspera. Cerré el botiquín y lo devolví a su lugar.
Me senté en la cama, con los brazos cruzados sobre las piernas y la cabeza agachada.
Prefería mil veces que me arrojara botellas al cuerpo… que a la cara.
Porque si me marcaba el rostro…
¿Qué le diría a Cordelia?
¿Cómo la vería a los ojos y le explicaría que este era mi infierno diario?
Ella no debía saberlo. No aún. No así.
Así que guardé el dolor.
Lo envolví con vendas, con silencio, con una respiración contenida.
Y esperé a que el sueño me llevara lejos de ahí, aunque fuera por unas horas.
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—¡Hola! ¿Cómo te llamas?
Aquel día el cielo estaba despejado, pero mi mundo no. Era una de esas tardes en las que el sol parecía burlarse del frío que sentía por dentro. Sentada en una roca, al borde del lago, veía el río correr con su eterno murmullo, como si supiera a dónde iba, como si tuviera sentido. Yo no lo tenía. Solo quería estar sola, como siempre.