Recuerdos del corazón [#1]

12. No sueltes mi mano.

"No vueles tan alto, mi corderito, que el cielo es cruel con las almas suaves… no te alejes de mí, que mi voz tiembla sin la tuya… no temas, que mi amor será tu abrigo incluso en la tormenta."

—Poema de Zafiro Moreou
Para Cordelia Beaulieu.
Año: 1968.

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Creo que es la primera vez que realmente siento miedo.

No el miedo vago e instintivo de cuando uno escucha un ruido extraño en la noche o camina sola por un callejón. No. Este es un miedo más profundo, más oscuro, uno que me corroe lentamente desde adentro. Es el miedo a un futuro sin ella. A despertarme y no encontrar sus pasos sobre las tablas del suelo, a no volver a oír su voz adormilada susurrando mi nombre. Es el miedo a que su risa se convierta en un eco, en un recuerdo... en una ausencia.

No me quedé mucho tiempo hablando con el doctor. No tuve el valor. Solo escuché lo suficiente para entender que Cordelia podría morir. Que lo que habita en su mente, en su frágil y brillante mente, podría apagarla sin avisar. Y esa posibilidad me destrozó.

Después de estar llorando en silencio a su lado mientras dormía, decidí bajar. Necesitaba aire, distracción, algo que me alejara del abismo que se había abierto dentro de mí. Al llegar a la cocina, encontré a la señora Madeleine preparando galletas, sus movimientos mecánicos, como si la repostería pudiera contener su dolor. A veces, cuando ya no quedan palabras, uno simplemente amasa, mezcla, hornea... porque las manos necesitan ocuparse cuando el alma no puede más.

Ella me miró brevemente, sus ojos enrojecidos. No me dijo nada. Yo tampoco. Solo me quité el abrigo, lo coloqué junto a la estufa para que se secara un poco, y me arremangué las mangas. Me puse a su lado, sin pedir permiso, y hundí mis manos en la masa tibia, como si con cada vuelta pudiera apaciguar el temblor de mi pecho.

—¿Qué más sabes? —preguntó de pronto, con voz rota.

—Solo eso... No soporté escuchar más y me fui. Perdón.

Ella bajó la mirada, asintiendo despacio.

—Está bien...

Durante un rato trabajamos en silencio. El horno llenó la cocina con un aroma dulce que me recordó a las tardes felices en esta casa, a las veces en que Cordelia y yo robábamos galletas calientes sin que Madeleine nos viera. Todo parecía tan lejano ahora, como si lo hubiera vivido otra persona.

Estaba decidida. Hablaría con Madame. No me importaban ya sus reglas ni sus amenazas. No pensaba perder ni un solo instante más lejos de Cordelia. Si ella estaba en riesgo, quería estar a su lado hasta el final. Hasta que el mundo decidiera arrancármela de los brazos. Y aún entonces, lucharía.

Escuché entonces unos pasos en la escalera. Un ritmo suave, desordenado, familiar.

Levanté la mirada y mi corazón se detuvo por un instante.

Cordelia bajaba, con su pijama arrugada, su cabello suelto como una cascada de fuego rojizo cayéndole por los hombros, frotándose los ojos con la inocencia de una niña. Se veía como siempre… viva. Perfectamente viva. Como si el mundo no estuviera temblando bajo nuestros pies.

Cuando me vio, su rostro cambió de sorpresa a alegría. Una alegría pura y luminosa.

—¿Tú qué haces aquí?

—Tu abuela me dejó pasar.

Le sonreí. O lo intenté. Ella se acercó y me abrazó, y en ese momento supe que podría morir en paz si lo hacía entre sus brazos. La abracé con toda la fuerza que tenía, como si pudiera sellarla a mí, como si pudiera protegerla con el peso de mi amor.

Le di un beso en los labios y la ayudé a sentarse en la mesa. Se veía tranquila, ajena al secreto terrible que la señora Madeleine y yo cargábamos en silencio.

Durante la cena fue más cariñosa que nunca. Me abrazaba a cada rato, quería estar muy cerca de mí, como si también ella presintiera algo sin entenderlo del todo. Estaba de buen humor, y eso me encantaba de ella. Aunque la amaba igual cuando estaba enojada o melancólica, cuando su voz era un susurro o una tormenta.

Después de cenar, su abuela me dejó quedarme un rato más. Nos sentamos en el sillón, las dos abrazadas bajo una manta, mientras Cordelia me recitaba algunos poemas que había escrito en las semanas que no nos habíamos visto.

Luego de unos minutos más con Cordelia, sabiendo que si me quedaba más sería desobedecer directamente a Madame —y probablemente enfrentarme a ella como nunca antes—, me vi obligada a despedirme. Le di un último abrazo largo, demasiado largo, de esos que uno no quiere soltar porque presiente que el tiempo se está acabando, como si la calidez de su cuerpo pudiera imprimirse en mi piel para no olvidarla nunca. Besé sus labios con suavidad, con miedo. Y entonces me levanté, tomé mi abrigo ya caliente junto a la estufa, y salí de la casa.

La noche me envolvió de inmediato.

Era una noche fría, oscura. El tipo de oscuridad que no da miedo, sino que invita al silencio. Caminé por las calles desiertas con las manos metidas en los bolsillos, tratando de no pensar, de no mirar atrás. Pero era imposible. Cada rincón de mi mente gritaba su nombre.

Cordelia.

Los árboles se mecían apenas con el viento, sus hojas susurraban secretos que no alcanzaba a entender. La luna, pálida y redonda, se asomaba entre nubes deshilachadas, como un ojo silencioso observando mis pensamientos. Y aun así, en medio de esa belleza apagada, mi corazón seguía sintiendo un peso indescriptible.

"Puede que Cordelia muera..."

La frase volvió como un latigazo, seca y definitiva. Sentí cómo el nudo en el estómago se apretaba con furia. Me faltaba el aire, como si el mundo hubiera olvidado cómo se respira. Me llevé una mano al pecho. Me dolía. No físicamente… era algo más profundo, como si algo dentro de mí estuviera empezando a romperse.

Intenté enfocarme en otras cosas. En el sonido lejano de un tren, en el chirrido de un gato entre los callejones, en el crujido de la grava bajo mis zapatos. Pero todo volvía a lo mismo. A ella. A la posibilidad brutal de su ausencia.




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