Red Delirio

La Promesa Rota

—¿Sabes, Lium? —Leyla hizo una pausa, como si sopesara cada palabra, como si temiera decir demasiado—. El mundo es más cruel de lo que imaginas.

Yo sabía perfectamente por lo que ella estaba pasando, pero aun así, sus palabras me dejaron desconcertada. Después de todo, solo tenía ocho años.

—¿Qué quieres decir, hermana? —pregunté, con toda la inocencia que mis años me permitían.

—No es nada, mi pequeña. ¡Por cierto! —se apresuró a cambiar de tema, desviando la mirada—. Mañana es nuestro cumpleaños. ¿Qué quieres hacer?

Olvidé al instante nuestra conversación anterior, contagiada por su entusiasmo.

—¿Qué tal si vamos a algún lado nosotras dos solas? Sin mamá y papá, para hacer cosas divertidas.

Leyla sonrió, aunque hubo algo en su mirada, una tranquilidad demasiado pesada, que me inquietó por un segundo.

—Claro, peque. Me encantaría —respondió Leyla. Pero mientras sonreía, pude ver algo en el fondo de sus ojos que me inquietó, una sombra que desapareció tan pronto como apareció.

Aquella noche me costó dormir. Leyla se despidió de mí con un abrazo que apretó demasiado fuerte, como si temiera que, al soltarme, el mundo la arrastrara lejos. Me quedé mirando el techo, dándole vueltas a sus palabras sobre la crueldad del mundo, hasta que el sol se filtró por mi ventana anunciando nuestro cumpleaños.

El día siguiente amaneció extrañamente brillante. Nos escapamos al parque, disfrutando de unas horas donde solo existíamos nosotras. Leyla reía, pero a veces, se quedaba mirando a la nada, con una expresión que no lograba comprender. Se detuvo bajo un gran árbol y, tras revisar los alrededores, sacó una pequeña caja de terciopelo gastado.

—Es un regalo para ti.

Al abrirla, una mariposa de plata con destellos lila brilló bajo el sol. Era intrincada, casi hipnótica.

—¡Es hermosa! —grité, abrazándola con fuerza.

—Tengo una igual —susurró, colocándosela—. Es nuestro sello de hermanas. Para que nunca nos separemos, pase lo que pase. —Su voz sonó extrañamente solemne, casi como un juramento.

Volvimos a casa cuando el sol empezaba a caer, pero el ambiente cambió al cruzar la puerta. Mis padres ya estaban allí, con el semblante serio de siempre. La casa, que antes se sentía como un hogar, de repente parecía un escenario montado. Mientras yo me sentaba a la mesa, Leyla se escabulló hacia su habitación, como si intentara ser invisible para no provocar su furia.

—¡Mamá, mira! —dije, ignorando el silencio tenso de la habitación—. Leyla me regaló este collar.

Mi madre apenas lo miró, arrugando la nariz mientras servía la cena con movimientos mecánicos.

—Qué bueno, Lium. Se ve barato. No lo uses para salir, no quiero que piensen que te falta ropa buena.

Mi padre, en lugar de corregirla, me sonrió con una frialdad que me erizó la piel. Sus ojos no se movían, seguían fijos en la nada, como si estuviera esperando un momento específico.

—¿Lista para tu cena favorita, princesa?

—¡SÍ! —respondí, aunque mi corazón pesaba. Un peso inexplicable que me oprimía el pecho.

—Iré a buscar a Leyla —anuncié, levantándome de la silla.

Caminé por el pasillo. La casa estaba extrañamente silenciosa, un silencio que zumbaba en mis oídos. El aire parecía más denso, cargado de una estática que me obligaba a caminar despacio. Empujé la puerta de su cuarto con la misma alegría de siempre, pero el aire que salió de allí dentro era frío, casi gélido. Un frío que no pertenecía a esa tarde de verano.

—¡Leyla! ¡Vamos a... —mi voz se apagó en seco.

El mundo se detuvo. Mi cuerpo se convirtió en piedra. Mis ojos, incapaces de cerrarse, capturaron la escena con una claridad brutal: la soga, el crujido de la madera, y ella... ella oscilando lentamente.

De repente, escuché pasos detrás de mí. No fueron pasos de alguien que corre a ayudar, sino pasos firmes, calculados. Mis padres se detuvieron a mis espaldas, pero no gritaron. No hubo llanto. Solo un silencio absoluto, como si estuvieran contemplando un trabajo bien hecho.

—¡MAMÁ! ¡PAPÁ! —mi grito fue un desgarro que rompió el silencio de la casa—. ¡POR FAVOR, LEYLA ESTÁ COLGADA!

Caí de rodillas. El suelo era duro y frío, igual que mis manos. Mis lágrimas brotaban, pero no podía ni respirar. La veía ahí, suspendida, con la piel tan blanca que parecía porcelana y los labios morados, moviéndose de lado a lado con una lentitud que me perseguirá toda la vida. Mis padres, a mis espaldas, no dijeron una palabra. Solo pude oír el suave chasquido de la puerta al cerrarse detrás de nosotros.




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