Cara Montenegro
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El aire huele a sal, a motores de lujo y a billetes recién impresos. Desde la ventana del auto en movimiento, el principado se despliega como una maqueta perfecta de la opulencia europea: acantilados de piedra blanca que mueren en un mar turquesa, yates del tamaño de palacios flotantes y boutiques de lujo donde un solo vestido cuesta más de lo que una persona promedio gana en un año.
Es el refugio de las fortunas más antiguas del mundo, un lugar donde el estatus es la única moneda que importa.
Observo mi reflejo en el cristal del vehículo, sintiendo el peso asfixiante del encaje francés y la seda blanca que me envuelve. Llevo un vestido de novia, diseñado para una reina, pero la corona que me espera es una condena.
Mi apellido, Montenegro, alguna vez significó algo en los círculos aristocráticos del sur, hoy solo queda el eco de un linaje que lo perdió todo. La ruina financiera de mi familia llevó a mi padre a tomar la decisión más despiadada de su vida: venderme al mejor postor.
Hoy es el día de mi boda.
Una boda organizada a la fuerza con un hombre de sesenta años, un terrateniente multimillonario y decrépito cuyo único mérito es tener las cuentas bancarias lo suficientemente llenas como para limpiar el nombre de mi padre. Supuestamente, mi sacrificio recuperará lo que alguna vez fue nuestro apellido.
Qué maldita ironía.
Aprovechando el caótico protocolo justo antes de entrar a la catedral, cuando las damas de honor discutían por el largo del velo y los fotógrafos se agolpaban en la entrada principal, tomé la única opción que mi dignidad me permitía: correr.
Me deshice del velo de tres metros, rompí con rabia el retorcido tul de la falda para poder mover las piernas y escapé por la puerta trasera de la sacristía. Mis zapatos de tacón de aguja no duraron más de dos calles antes de que los arrojara a un callejón oscuro. Corrí con el alma en un hilo, sintiendo el frío del suelo de cemento bajo mis pies descalzos, mientras las campanas de la iglesia comenzaban a repicar, anunciando que la novia del año había desaparecido.
El laberinto de Miravia me engulle. Abandono la reluciente avenida principal y me adentro en la zona industrial del puerto viejo, donde los hoteles de cinco estrellas desaparecen y las sombras se alargan.
El cansancio empieza a pasarme factura, mis pulmones queman a la vez que la vista se me nubla debido al agotamiento absoluto.
No sé cuánto tiempo llevo corriendo, solo sé que mis piernas ya no responden.
Tropiezo cerca de una pesada alcantarilla de hierro, en un callejón sin salida rodeado por una imponente propiedad de muros altos y portones negros reforzados. El dolor de la caída apenas registra en mi mente. Intento levantarme, sin embargo, el cuerpo me pesa como el plomo. El frío del suelo me arrastra hacia abajo, lo último que alcanzo a percibir antes de que la oscuridad me reclame por completo es el sonido de unos pasos pesados e imponentes que se acercan hacia mí.
La molestia en las sienes me da la bienvenida de regreso a la realidad. Abro los ojos lentamente, esperando ver las paredes de piedra de la catedral o el rostro enfurecido de mi padre, pero el entorno es completamente desconocido.
Estoy acostada en una enorme cama con sábanas de seda gris oscuro, dentro de una habitación monumental de techos altos, decorada con elegancia sobria, minimalista, casi militar. El aire huele a madera noble, tabaco caro y a una fragancia masculina sumamente intensa. Me sobresalto de inmediato, incorporándome de golpe en la cama mientras mi corazón golpea con fuerza mi pecho. La falda rota de mi vestido de novia sigue cubriendo mis piernas.
—Te sugiero que no te muevas tan rápido. Tuviste una contusión leve al caer contra el pavimento.
La voz es profunda, gélida y arrastra una autoridad tan peligrosa que me congela la sangre.
Me giro con brusquedad hacia el rincón más oscuro de la habitación. Sentado en un sillón de cuero negro, observándome fijamente con unos ojos oscuros, analíticos y desprovistos de cualquier rastro de calidez, está él.
Es un hombre imponente, de cabello negro corto, hombros anchos, mandíbula firme y aristocrática. Viste un traje oscuro confeccionado a medida, la energía que emana no es la de un simple empresario. Hay algo peligroso en su postura, una frialdad letal que grita que está acostumbrado a decidir quién vive y quién muere en este sitio.
—¿Dónde... dónde estoy? —pregunto, forzando a mi voz a sonar firme cuando la realidad es que tiemblo por dentro— ¿Quién eres?
—Soy Maximiliano Cavalieri y estás en mi propiedad —responde, levantándose del sillón con una elegancia felina. Camina hacia la cama, deteniéndose a un par de pasos de distancia. Su altura es intimidante—. Mis guardias te encontraron inconsciente junto a la alcantarilla trasera de mis almacenes. No es muy común ver a una mujer vestida de novia, descalza y cubierta de hollín, desmayarse en territorio restringido. ¿Quién te persigue, Cara Montenegro?
El hecho de que sepa mi nombre me hace contener el aliento, no obstante, decido contarle la verdad como si eso fuese a salvarme de mi desgracia.
—Estaba escapando —digo, sosteniéndole la mirada con un fuego indomable que parece sorprenderlo—. Escapaba de mi propia boda. Mi padre me organizó un matrimonio a la fuerza con un viejo solo para recuperar el maldito apellido y saldar sus deudas. Prefiero morir en la calle antes que ser el trofeo de ese hombre.