Red Mafia

1

Cara Montenegro

El aire huele a sal, motores de lujo y a billetes recién impresos. Desde la ventana del auto en movimiento, el principado se despliega como una maqueta perfecta de la opulencia europea: acantilados de piedra blanca que mueren en un mar turquesa, yates del tamaño de palacios flotantes y boutiques de lujo donde un solo vestido cuesta más de lo que una persona promedio gana en un año.

Es el refugio de las fortunas más antiguas del mundo, un lugar donde el estatus es la única moneda que importa.

Observo mi reflejo en el cristal del vehículo, sintiendo el peso asfixiante del encaje francés y la seda blanca que me envuelve. Llevo un vestido de novia, diseñado para una reina, pero lo que me espera es una condena.

Mi apellido, Montenegro, alguna vez significó algo en los círculos aristocráticos del sur, hoy solo queda el eco de un linaje que lo perdió todo. La ruina financiera de mi familia llevó a mi padre a tomar la decisión más despiadada de su vida: venderme al mejor postor.

No puedo creer que hoy es el día de mi boda.

Una boda organizada a la fuerza con un hombre de sesenta años, un terrateniente multimillonario y decrépito cuyo único mérito es tener las cuentas bancarias lo suficientemente llenas como para limpiar el nombre de mi padre. Supuestamente, mi sacrificio recuperará lo que alguna vez fue nuestro apellido.

Qué maldita ironía.

Mi padre me ayuda a bajar del auto con delicadeza, luego extiende su brazo para que me sujete de él y así poder hacer mi gran entrada.

—Estás hermosa hija —musita sonriente, sus ojos azules se iluminan como si hubiesen visto un millón de euros.

Y si, literalmente eso es lo que soy en este momento, una transacción financiera que sacará a todos a flote una vez que diga si, acepto.

—Gracias —murmuro, aguantando las ganas de llorar. Sin embargo, una lágrima cae por mi mejilla, arrastrando el delineado.

—No llores, levanta ese rostro, este es tu gran día —me reprende.

—¡Lo seria si tan solo estuviera casándome por amor y no por saldar tus deudas! —exclamo al borde del colapso, algunos fotógrafos se voltean extrañados tras intentar descifrar lo que está sucediendo.

—Chssst —coloca el dedo índice en su boca, indicándome que debo hacer silencio—. No lo veas de esa manera, Marcelo es un buen hombre, se encargará de que no te haga falta nada. Ni a ti, ni a nosotros.

La orquesta empieza a tocar dentro de la catedral. Las enormes puertas se abren y caminamos por el pasillo hacia el altar, decenas de miradas se clavan en mí, aunque mis ojos solo ven a Marcelo, esperándome al fondo con una sonrisa de suficiencia. Cada paso que doy se siente más pesado, el aire empieza a faltarme y el pánico me oprime el pecho.

No puedo vender mi vida así.

A mitad del recorrido, me planto en seco, soltando el brazo de mi progenitor que se ha convertido en mi verdugo.

—¡No puedo hacer esto! —grito con todas mis fuerzas, rompiendo el silencio ceremonial.

Antes de que alguien pueda reaccionar, doy media vuelta, me recojo la falda del vestido y corro con desesperación hacia la salida, escapando de mi propia boda.

Al verme huir, el viejo pierde la compostura y ruge desde el altar a la seguridad del lugar:

—¡Atrapen a esa mocosa!

Aprovecho la conmoción del público y tomo la única opción que mi dignidad me permite en este instante: correr.

Me deshago del velo de tres metros, rompo con rabia el retorcido tul de la falda para poder mover las piernas y escapo por la misma puerta en la que entré a la sacristía. Mis zapatos de tacón de aguja no duran más de dos calles antes de arrojarlos a un callejón oscuro. Corro con el alma en un hilo, sintiendo el frío del suelo de cemento bajo mis pies descalzos, mientras las campanas de la iglesia comienzan a repicar, anunciando que la novia del año ha desaparecido.

El laberinto de Miravia me engulle. Abandono la reluciente avenida principal, adentrándome en la zona industrial del puerto viejo, donde los hoteles de cinco estrellas desaparecen y las sombras se alargan.

El cansancio empieza a pasarme factura, mis pulmones queman a la vez que la vista se me nubla debido al agotamiento absoluto.

No sé cuánto tiempo llevo corriendo, solo sé que mis piernas ya no responden.

Tropiezo cerca de una pesada alcantarilla de hierro, en un callejón sin salida rodeado por una imponente propiedad de muros altos y portones negros reforzados. El dolor de la caída apenas registra en mi mente. Intento levantarme, sin embargo, el cuerpo me pesa como el plomo. El frío del suelo me arrastra hacia abajo, lo último que alcanzo a percibir antes de que la oscuridad me reclame por completo es el sonido de unos pasos pesados e imponentes que se acercan hacia mí.

La molestia en las sienes me da la bienvenida de regreso a la realidad. Abro los ojos lentamente, esperando ver las paredes de piedra de la catedral o el rostro enfurecido de mi padre, pero el entorno es completamente desconocido.

Estoy acostada en una enorme cama con sábanas de seda gris oscuro, dentro de una habitación monumental de techos altos, decorada con elegancia sobria, minimalista, casi militar. El aire huele a madera noble, tabaco caro y a una fragancia masculina sumamente intensa. Me sobresalto de inmediato, incorporándome de golpe en la cama mientras mi corazón golpea con fuerza mi pecho. La falda rota de mi vestido de novia sigue cubriendo mis piernas.




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