Cara Montenegro
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Me analiza en silencio durante unos segundos que se sienten eternos. Su mirada recorre el encaje roto de mi vestido, luego se clava de nuevo en mis ojos, evaluando el carácter y la determinación que hay en ellos.
No ve a una damisela asustada, ve a una mujer que ha desafiado a la alta sociedad para proteger su libertad. Una comisura de sus labios se eleva sutilmente en una sonrisa gélida.
—Un escape muy audaz, pero Miravia es pequeña —musita, cruzando los brazos con una calma implacable—. Tu padre y tu adinerado prometido deben tener a toda la policía y a varios cazarrecompensas privados buscándote en este mismo instante. Si sales por esa puerta, te encontrarán en menos de una hora. Y dudo que esta vez puedas volver a correr.
El pánico amenaza con romper mi armadura, aprieto los puños, negándome a quebrarme ante él.
—Entonces, ¿qué vas a hacer? ¿Vas a entregarme para ganar el favor de mi familia? —indago con ironía sutil, desafiándolo.
Él da un paso más, reduciendo la distancia entre nosotros. La tensión magnética en el aire se vuelve tan densa que casi puedo escuchar los latidos de mi propio corazón. Su presencia llena el espacio por completo.
—No me interesa el favor de tu familia, y nadie entra a mi territorio a llevarse lo que está bajo mi techo —contesta con una voz que promete protección absoluta y que a la vez también establece las nuevas reglas del juego—. Te ofrezco un trato. Yo te daré mi protección. Me aseguraré de que tu padre, tu prometido y cualquier hombre que intente ponerte una mano encima desaparezcan de tu vida para siempre. Nadie se atreverá a buscarte aquí.
Me quedo helada, mirándolo con desconfianza. En el mundo, nada es gratis, siempre hay un precio que debemos pagar.
—¿A cambio de qué? —inquiero en un susurro, manteniendo la barbilla en alto.
Se inclina ligeramente hacia mí, sus ojos grises brillan con una determinación posesiva y dominante, un choque de voluntades donde él planea tener el control absoluto.
—A cambio de tu lealtad —sentencia con frialdad—. Trabajarás para mí. Te convertirás en mi mano derecha, en mi sombra en los negocios y en la única persona que responda directamente ante mí en esta organización. El trato es definitivo: trabajas para mí, para siempre. Tu vida ahora me pertenece.
Sostengo su mirada, sintiendo que el aire se vuelve denso, casi eléctrico. El trato que me ofrece no es una salvación, es un pacto con el mismísimo diablo, mientras observo sus facciones afiladas y despiadadas, una certeza amarga me golpea: prefiero ser la sombra de un demonio que el trofeo de un decrépito.
—Acepto tu oferta.
La palabra se siente como un juramento de sangre. Él no sonríe, pero sus ojos oscuros se dilatan imperceptiblemente. Se inclina un poco más, reduciendo el espacio entre nosotros a meros centímetros.
El aroma a tabaco caro, madera y a su loción magnética me invade, acelerando un pulso que ya creía al límite. Levanta una mano, con una lentitud deliberada que me eriza la piel, roza con la yema del dedo índice mi mandíbula, obligándome a levantar un poco más el rostro. Su tacto es cálido, un contraste brutal con la frialdad que emana de su ser.
—Una Montenegro sirviendo a un Cavalieri —murmura, su voz descendiendo a un tono peligrosamente íntimo—. Tu padre moriría de un infarto si lo supiera, me gusta.
Antes de que pueda procesar la extraña y ardiente vibración que su cercanía provoca en mi estómago, el sonido estridente de un radiotransmisor en su cinturón rompe la burbuja, retrocede con la fluidez de un depredador, interrumpiendo el contacto, su rostro vuelve a ser una máscara de piedra.
—Habla —ordena, presionando el botón del dispositivo.
—Señor Cavalieri, tenemos un problema en el perímetro oeste —la voz de uno de sus guardias suena cargada de urgencia—. Hombres armados. No llevan insignias de las familias locales. Están registrando los callejones cerca del puerto viejo... y traen perros. Buscan a la chica.
La mención de los perros hace que un frío glacial me recorra la columna. Mi padre sabe que no soporto los espacios cerrados y que habría intentado huir a pie, está usando rastreadores.
Maximiliano clava sus ojos en mí, evaluando mi reacción. En lugar de flaquear, aprieto las sábanas de seda y le devuelvo la mirada con pura rabia.
—Se están moviendo rápido —asegura, soltando el radiotransmisor—. Tu prometido debe estar desesperado por recuperar su inversión. O tu padre está aterrado de perder sus millones.
—¡No me van a llevar! —aseguro, poniéndome de pie, la falda rota de mi vestido de novia se arrastra por el suelo. Al moverme, un mareo leve me hace tambalear, secuela de la contusión.
Antes de que mis rodillas cedan, sus brazos me sujetan por la cintura. Su agarre es firme, posesivo, manteniéndome pegada a su pecho robusto. Puedo sentir la calidez que irradia a través de su traje a medida y el latido constante de su corazón. Por un segundo, ninguno de los dos se mueve. Mis manos acaban apoyadas en sus hombros, la tensión entre nosotros pasa de ser una amenaza de muerte a una atracción ciega, sofocante.