Cara Montenegro
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El sonido estridente del radiotransmisor vuelve a rasgar el aire, rompiendo el hechizo que nos mantiene suspendidos en el tiempo. Maximiliano no me suelta de inmediato, sus manos permanecen un segundo extra ancladas en mi cintura, un recordatorio silencioso de que, a partir de este instante, mi libertad tiene un nuevo dueño.
Cuando me libera, el frío de la enorme habitación me golpea de golpe.
—Llévense a la señorita Montenegro al búnker del ala norte —ordena a través del dispositivo, su voz desprovista de cualquier rastro de la calidez que su cuerpo emanaba hace un segundo—. Ahora.
Antes de que pueda formular una pregunta, las pesadas puertas de m doble de la habitación se abren de par en par. Dos hombres corpulentos, vestidos con trajes oscuros idénticos y rostros que parecen tallados en piedra, entran con paso firme. Uno de ellos, el que parece liderar el grupo, me hace una reverencia rígida.
—Acompáñeme, por favor, señorita —dice, aunque el tono no deja espacio para réplicas.
Miro a Cavalieri, buscando alguna última instrucción, pero él ya me ha dado la espalda. Camina hacia un gran escritorio de caoba, abre un cajón oculto y extrae una pistola semiautomática con una familiaridad que me hiela la sangre. La desliza con elegancia bajo su chaqueta a medida. Sin mirarme una sola vez, sale por una puerta lateral, desapareciendo en la penumbra de los pasillos del palacio como un fantasma sediento de sangre.
—Señorita, no hay tiempo —insiste el guardia, tomándome suavemente del brazo para urgirme a avanzar.
Sosteniendo la pesada y rota falda de mi vestido de novia, obligo a mis pies descalzos a correr. Mis pisadas apenas hacen ruido sobre la alfombra persa, el eco del encaje arrastrándose se siente como el conteo regresivo de una bomba. Nos adentramos en las entrañas del palacio. Pasillos interminables de techos altos y opulencia minimalista se suceden uno tras otro, hasta que descendemos por una escalera de caracol oculta tras un tapiz.
Llegamos a una habitación blindada, las paredes son de concreto puro, iluminadas por luces LED empotradas que le dan un aspecto clínico. Hay pantallas de seguridad que muestran el perímetro del palacio, sillones de cuero negro y una extraña quietud que, en lugar de calmarme, me oprime el pecho.
Los hombres cierran la pesada puerta de acero con un chasquido hidráulico que suena a sentencia.
—Aquí estará a salvo —habla uno de ellos, apostándose junto a la entrada.
El silencio del búnker dura apenas unos minutos. Entonces, el caos se desata.
A través de los monitores de seguridad, veo cómo las luces del jardín exterior se apagan. Un segundo después, un estallido sordo hace vibrar las paredes de concreto. Las pantallas parpadean. Un tiroteo feroz comienza a reproducirse en los canales de audio del sistema de vigilancia.
Bang. Bang. Bang.
Los disparos de armas automáticas retumban, distorsionados por los altavoces aunque lo suficientemente claros como para hacerme retroceder hasta chocar con la pared. Se escuchan gritos desesperados, órdenes cruzadas, el crujido de vidrios rompiéndose y el desgarrador aullido de los perros rastreadores de mi padre siendo acallados por ráfagas de plomo. El pánico me atenaza la garganta, me deslizo por la pared hasta quedar de rodillas, cubriéndome los oídos con las manos. Los fantasmas de la boda, de la persecución en el puerto y del destino que tanto intenté evitar se mezclan en mi cabeza. ¿Y si entraban? ¿Y si Maximiliano caía y me devolvían a ese altar?
La batalla se prolonga durante lo que me parecen horas, aunque el reloj digital de la pared apenas marca quince minutos. De repente, el silencio regresa. Un silencio sepulcral, espeso, interrumpido solo por mi respiración agitada.
El mecanismo de la puerta blindada vuelve a girar. Me pongo de pie de un salto, con el corazón en la garganta, esperando ver a los hombres de mi prometido listos para arrastrarme del cabello.
Pero es él.
Maximiliano entra al búnker con la misma parsimonia con la que caminaría por una galería de arte. Su traje a medida sigue impecable, a excepción de los puños de la camisa blanca, que están ligeramente arremangados. Sin embargo, lo que me congela el aliento es la fina línea roja que cruza su mejilla izquierda, una cortada fresca, de la que emana una pequeña gota de sangre que resbala de forma sinuosa por su mandíbula.
Me mira, nota mi estado de shock y camina hacia un pequeño mueble bar en la esquina de la habitación para servirse un trago de whisky.
—Todo terminó —espeta con una calma perturbadora, dándole un sorbo a su vaso—. Los rastreadores de tu padre han sido... neutralizados. No volverán a molestar.
El contraste entre su tranquilidad y la carnicería que acabo de escuchar me enciende por dentro. El miedo se transforma en una indignación vibrante. Camino hacia él, ignorando el dolor en mis pies.
—¿Neutralizados? —mi voz tiembla, pero logro mantenerla firme—. Escuché los disparos, los gritos. ¿Quién eres tú realmente? ¿A qué te dedicas para tener un búnker militarizado y un ejército privado bajo tu mando? No eres un simple empresario de Miravia.
Se gira lentamente, apoyándose contra el mueble bar. Su mirada gris recorre mi rostro alterado con una mezcla de entretenimiento y frialdad. Con el dedo índice de su mano libre, se limpia la gota de sangre de la mejilla sin inmutarse.