Cara Montenegro
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Un escalofrío me recorre la espina dorsal. Sabía que era peligroso, escuchar la confirmación de su estatus me golpea con la fuerza de un camión.
—Si eres quien dices ser... —trago saliva, dando un paso más hacia él, desafiando la distancia—, ¿cómo sabes mi nombre? ¿Cómo sabes quién es mi padre y con quién me iba a casar? Yo no te lo dije. Cuando colapsé en tus puertas, no llevaba ninguna identificación.
El ojigris deja el vaso de whisky sobre la madera, se acerca a mí con esa fluidez depredadora que me descoloca. Su cercanía vuelve a encender esa extraña electricidad en el aire. Se inclina hacia mi rostro, permitiéndome ver de cerca la precisión de la cortada en su mejilla.
—Sé quién eres desde el momento en que tu padre firmó el contrato matrimonial con ese viejo decrépito —confiesa, con una sonrisa gélida que me eriza la piel—. En mi posición, Cara, es mi obligación saber qué movimientos hacen las familias influyentes que pretenden operar cerca de mis fronteras. Sabía que una Montenegro de sangre limpia iba a ser sacrificada para salvar una fortuna. Lo que no previne... —su mano sube con lentitud, esta vez, sus dedos rozan el mechón de mi cabello rubio que cae sobre mi frente, apartándolo con delicadeza— es que la novia tuviera el valor de correr hacia mis brazos.
Me quedo sin aliento, atrapada entre el peligro que representa y la innegable protección que me ofrece.
—Ahora eres mi sombra —me recuerda, sus ojos fijos en los míos—. Y en mi mundo, las sombras no hacen preguntas. Solo obedecen.
Sostengo su mirada, negándome a bajar la cabeza a pesar del peso de sus palabras. Sus dedos, rozando la línea de mi cabello, se sienten como un cable de alta tensión contra mi piel. La fría lógica del peligro me grita que me aleje, a la vez que el instinto de supervivencia me mantiene anclada a su espacio.
—Las sombras solo obedecen si confían en el cuerpo que las proyecta —le devuelvo el susurro, obligando a mi voz a sonar tan afilada como el cristal—. Si voy a ser tu mano derecha, Maximiliano, necesito saber exactamente dónde piso. No voy a caminar a ciegas por tu tablero.
Una chispa de genuina sorpresa brilla en sus pupilas, sustituyendo por un microsegundo la habitual bruma gélida que los cubre. Su mano desciende por mi mejilla, deteniéndose justo en el borde de mi mandíbula. Ejerce una presión mínima, la justa para recordarme quién tiene el control físico en esta habitación, sin retroceder.
—Tienes agallas, te lo concedo —murmura, noto un matiz de respeto áspero en su tono—. Pero la confianza en el submundo no se pide, se gana. Y de mi parte, ya tienes un adelanto: estás viva, bajo mi techo, los hombres que te cazaban como a un animal ahora alimentan los peces del puerto viejo.
El crudo realismo de sus palabras me revuelve el estómago, me lo más esfuerzo por no mostrar debilidad. Aparto la cara de su toque con un movimiento firme y doy dos pasos hacia atrás, poniendo una distancia prudencial que me devuelva la capacidad de pensar con claridad. El dobladillo desgarrado de mi vestido raspa contra el suelo de concreto del búnker.
—¿Y qué pasa ahora? —pregunto, cruzando los brazos sobre el corsé de encaje encogido—. Mi padre no se va a quedar de brazos cruzados. Perder esa boda significa la quiebra absoluta para él, y el viejo con el que me iba a casar no es alguien que perdone una humillación pública. Movilizarán más que unos cuantos mercenarios con perros.
El pelinegro da un sorbo pausado a su whisky, observando cómo me recompongo. Gira el vaso entre sus dedos, haciendo que el hielo choque contra el cristal con un tintineo que rompe la tensión de la estancia.
—Que lo intenten —responde con una indiferencia que roza la arrogancia—. Miravia tiene un solo príncipe, y no viste de etiqueta en los salones de la alta sociedad. Si tu padre o su socio ponen un pie en mi territorio sin mi autorización, se convertirá en un acto de guerra. Te aseguro que no tienen el arsenal para sostenerla.
Se camina hacia la puerta blindada, con un gesto de la mano, indica a los guardias que esperaban afuera que se retiren. Luego, se vuelve hacia mí, recorriéndome con la mirada desde mis pies descalzos y sucios hasta el desastre de mi peinado.
—Por ahora, necesitas deshacerte de ese disfraz de víctima —dice, señalando el vestido con un desdén casi estético—. En el segundo piso te esperan ropa limpia y un médico para revisar esa contusión en tu cabeza. Mañana a primera hora empezará tu entrenamiento. Si vas a ser mi sombra, tienes que aprender a moverte en la oscuridad.
Camina hacia la salida, antes de cruzar el umbral, se detiene y me mira de reojo sobre el hombro. La fina línea de sangre en su mejilla ya se ha secado, dejando una marca oscura que solo acentúa su atractivo peligroso.
—Bienvenida al palacio Cavalieri, Cara Montenegro. Intenta no hacer que me arrepienta de haberte salvado la vida.