Maximiliano Cavalieri
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Miravia no aparece en los mapas turísticos, y hay una excelente razón para ello: no le pertenece al mundo, me pertenece a mí.
Este pequeño territorio encajado en la costa europea, conformado por una mezcla de diferentes nacionalidades, es un engranaje perfecto de opulencia minimalista y brutalidad subterránea. Aquí, la ley no se redacta en el parlamento, se dicta desde mi palacio.
El mandato de los Cavalieri no es una simple dictadura militar ni una tiranía ordinaria, es una herencia de sangre refinada. Nos regimos por un sistema estricto, una red de castas dentro de la organización donde la lealtad es la única moneda de curso legal y la traición se paga con la extinción del apellido.
En la cúspide de la Red Mafia estoy yo, el heredero absoluto. Bajo mi mando se despliegan los cónsules, los jefes de distrito que administran el puerto viejo, las aduanas no oficiales y el flujo de capitales. Todo está fríamente calculado. Criamos a nuestros sucesores bajo una disciplina despiadada, aquí no hay espacio para la debilidad.
Si un heredero flaquea, el sistema lo devora. Por eso, cuando los Montenegro decidieron vender a su primogénita a un viejo decrépito para salvar su pellejo financiero, no pude evitar sentir un profundo desprecio. Los civiles juegan a la política con la delicadeza de unos niños con fósforos. Pero que la chica decidiera huir y colapsar precisamente en mis tierras... eso cambió el tablero.
Suelto un suspiro lento, dejando que el vapor del jacuzzi privado nuble los ventanales de cristal templado que dan hacia el mar. El agua hirviendo relaja los músculos de mi espalda, tensos tras la pequeña escaramuza de hace unas horas en el perímetro oeste. Me paso los dedos por el cabello húmedo, rozando la pequeña costra que ya se ha formado en mi mejilla izquierda. Un maldito rasguño de un idiota que no sabía cómo sostener un cuchillo.
Patético.
El sabor amargo del whisky de veinte años inunda mi garganta mientras disfruto de la absoluta quietud de mi santuario.
El sonido de la puerta corrediza de vidrio al deslizarse rompe la monotonía del agua en movimiento. No necesito girarme para saber quién es. El aroma empalagoso a perfume de diseñador y el eco rítmico de unos tacones de aguja sobre el mármol negro delatan a mi prometida oficial, Alessia.
Aparece entre la bruma del vapor, vistiendo un conjunto de seda que grita dinero, pero su rostro desborda una furia que arruina cualquier intento de elegancia. Se detiene al borde del jacuzzi, cruzando los brazos con una postura rígida, mirándome desde arriba.
—Así que es verdad —dice, con una voz cargada de un veneno despectivo—. Trajiste a una Montenegro al palacio. ¿Se puede saber qué demonios estás pensando, Maximiliano?
No me muevo, ni una sola facción de mi rostro cambia. Sigo apoyado en el borde del jacuzzi, sosteniendo el vaso de whisky con total parsimonia. Me tomo mi tiempo para clavar mis ojos grises en ella, con una fijeza que sé que la pone nerviosa.
—Estás interrumpiendo mi descanso —respondo. Mi voz es un barítono calmado, carente de cualquier emoción, pero con el peso suficiente para congelar el ambiente—. Y en este lugar, nadie me pide explicaciones.
—¡Me importa un demonio tu descanso! —exclama, dando un paso hacia adelante, el tacón de su zapato rozando el agua—. Toda la red está hablando de lo que pasó en el puerto viejo. Movilizaste a la guardia de élite por una novia a la fuga. Una muerta de hambre cuyo padre está en la ruina. ¿Por qué decidiste salvarla? ¿Desde cuándo el gran Maximiliano Cavalieri hace obras de caridad con las limosnas de la alta sociedad?
Una comisura de mis labios se eleva sutilmente.
La arrogancia de la pelinegra es predecible, y lo predecible me aburre.
Dejo el vaso de whisky a un lado, provocando un leve eco en el mármol, me incorporo con una lentitud deliberada. El agua resbala por mi torso, delineando los tatuajes de mi familia y las cicatrices que recuerdan quién soy, me pongo de pie por completo dentro del jacuzzi, reduciendo la distancia, obligándola a levantar la mirada. Mi presencia la empequeñece al instante.
—Mira tus modales, principessa —murmuro, inclinándome hacia ella lo suficiente para que sienta el calor que emana de mi piel y la amenaza implícita en mis ojos—. Cara ya no es una civil. Ahora es de mi propiedad. Firmó un contrato con sangre, y su lealtad me pertenece.
Suelta una risa amarga, intentando sostener el pulso de mi mirada, aunque noto la sutil vibración en su barbilla.
—¿Su lealtad? Es una Montenegro. Llevan la traición en los genes. Es una arrastrada que huyó vestida de blanco porque no tuvo el estómago para cumplir con su deber. ¿Qué vas a hacer con ella? ¿Tenerla como tu mascota? ¿Tu juguete?
Paso dos dedos por el borde de su mandíbula, apretando con la fuerza justa para silenciarla, no hace más que contener el aliento, mi tacto es cálido, sin embargo, la mirada que le dirijo es puramente despiadada.
—Ella tuvo el valor de meterse en la boca del lobo para salvar su libertad. Demostró más agallas en una noche que tú en toda tu vida —sentencio con frialdad—. Esa chiquilla va a ser mi mano derecha. Mi sombra. Y tú vas a mantener la boca cerrada y el orgullo a raya si quieres conservar el anillo que llevas en el dedo.