Red Mafia

6

Cara Montenegro

El agua hirviendo cae con fuerza sobre mis hombros, transformando el baño de mármol en una densa nube de vapor que apenas me deja respirar. Cierro los ojos, dejando que el chorro golpee mi nuca, intentando con todas mis fuerzas arrancar el olor a tabaco caro, a puerto viejo y a miedo que parece haberse quedado impregnado en mi piel pálida.

Cuando el calor empieza a adormecer mis músculos tensos, cierro la llave. Salgo de la ducha temblando, con la palma de la mano, limpio el vapor del enorme espejo frente a mí. Mi reflejo me devuelve la mirada. El desastre del peinado de novia ha desaparecido, dejando mi cabello rubio empapado y pegado a los hombros, lo que realmente me detiene el aliento son las marcas en mi cuerpo.

Paso las yemas de los dedos por mis costillas, siguiendo el relieve de una sutil línea blanca. Una vieja fractura. Luego bajo la mirada hacia mis tobillos y rodillas, donde la piel guarda la memoria de ligamentos distendidos y horas interminables de esfuerzo.

Cicatrices de guerra, pero de una guerra muy diferente a la de Maximiliano Cavalieri.

Hace no tanto tiempo, mi vida se medía en aplausos, partituras de piano y el olor a mijo de los tapices de competición. Yo era la promesa de la gimnasia rítmica. Los recuerdos saltan a mi mente con una nitidez dolorosa: la rigidez de mi postura, la flexibilidad que mi propio cuerpo obedecía sin rechistar, la adrenalina de lanzar la cinta al aire y saber, con matemática certeza, que caería exactamente en mi mano. Recuerdo el peso de las medallas de oro colgadas en mi cuello, los trofeos alineados en las vitrinas del salón principal de mi casa, y el orgullo efímero en los ojos de mi padre cuando nuestro apellido resonaba en los altavoces de los estadios internacionales.

En ese entonces, creía que el sacrificio valía la pena. Entrenaba hasta que los dedos me sangraban, ignorando el dolor porque tenía una meta, un propósito. A mi lado, mis hermanas siempre eran el eco de mis logros. Éramos un bloque, una familia que parecía perfecta desde afuera. Recuerdo sus risas en los vestidores, compartiendo secretos, ayudándome a trenzar mi cabello antes de salir a la lona, prometiéndonos que protegeríamos nuestro futuro a toda costa.

Qué estúpida fui.

Toda esa disciplina, toda esa gracia que cultivé con años de dolor, no sirvió para hacerme fuerte, solo me convirtió en un producto más valioso para el mercado de mi padre. El día que la quiebra tocó a nuestra puerta, las medallas no sirvieron para pagar las deudas. Mi flexibilidad solo significó que podía doblarme ante las exigencias de un viejo multimillonario sin que se notara el crujido de mis huesos. Me vendieron. Y mis hermanas se quedaron atrás, llorando en silencio mientras me veían caminar hacia un altar que era, en realidad, un patíbulo.

—No voy a ser el trofeo de nadie —susurro para mí misma en el espejo, apretando los puños.

La Cara gimnasta está muerta, la mujer que aprendió a caer y levantarse sigue aquí.

Me seco con rapidez y me pongo la ropa que dejaron para mí sobre la cama de la habitación contigua. Es un conjunto de pantalón sastre de talle alto y una blusa de seda negra, de un corte pulcro. No hay encajes, no hay velos, no hay blanco. Cuando me deslizo en las prendas, siento que me pongo una armadura.

Apenas termino de abotonar la blusa, un par de golpes suaves suenan en la puerta de madera.

—Adelante —digo, forzando una calma que no tengo.

La puerta se abre y entra un hombre de mediana edad, de cabello canoso y porte elegante, cargando un maletín médico de cuero negro. Sus modales son impecables, profesionales, completamente ajenos al entorno de violencia que presencié hace apenas una hora.

—Buenas tardes, señorita Montenegro. Soy el doctor Vane —se presenta con una inclinación de cabeza—. El señor Cavalieri me ha pedido que examine el golpe de su cabeza.

Asiento, acto seguido, me acomodo en el borde de la enorme cama. Con movimientos expertos y delicados, el médico revisa mis pupilas con una pequeña linterna, examinando mis reflejos, finalmente, aparta con suavidad mi cabello húmedo para palpar la zona de la contusión en la parte posterior de mi cráneo. Su tacto es frío, pero extrañamente reconfortante en medio de tanta hostilidad.

—Tiene una buena constitución física, se nota que se ha cuidado —comenta el doctor, retirando sus manos y guardando los instrumentos en su maletín—. El golpe fue seco, afortunadamente no hay una conmoción cerebral. El mareo que experimentó antes se debe más al agotamiento extremo, la deshidratación y la enorme descarga de adrenalina que sufrió, que a la herida en sí.

—¿No tengo nada grave? —pregunto, buscando una confirmación absoluta.

—Nada que no cure una buena noche de descanso, hidratación y comida adecuada —me sonríe de manera formal, cerrando el pestillo de su maletín—. Le dejaré unos analgésicos suaves por si aparece el dolor de cabeza. Por lo demás, está perfectamente sana y lista para lo que el señor requiera de usted.

El médico se despide con una cortesía mecánica y sale de la habitación, dejándome sola con mis pensamientos. Miro mis manos, limpias y libres de anillos. El examen médico ha terminado, mi cuerpo está intacto, pero sé que mañana el verdadero desafío comienza. La sumisión no está en mis planes, y si Maximiliano Cavalieri cree que ha comprado a una sombra dócil, está a punto de descubrir que las gimnastas sabemos perfectamente cómo cambiar el centro de gravedad para derribar a nuestro oponente.




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