Red Mafia

7

Cara Montenegro

La luz de la mañana se cuela implacable por la ventanilla de la habitación, dibujando líneas doradas sobre el techo desconocido. El calorcito del sol me avisa que es hora de levantarme, pero el cuerpo me pesa increíblemente. Con los ojos entrecerrados, me remuevo entre las sábanas de hilos finos, estirando la mano por puro instinto. Busco el tacto reconfortante de aquel oso de felpa desgastado que conservo desde mi niñez, mi única ancla cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso.

No hay nada.

En su lugar, mis dedos tropiezan con la textura pesada de una cobija extra. Recuerdo entonces, con una punzada en el pecho, que una de las sirvientas la trajo anoche, compadecida de mi temblor, para evitar que muriese de frío en esta inmensa y ajena habitación.

De pronto, un estruendo lejano, el eco de una puerta pesada al cerrarse hace que todos mis sentidos se pongan en alerta máxima. El corazón se me dispara en seguida, al poner los pies en el piso frío, entonces, la realidad me golpea de frente.

Ya no estoy en el lugar que solía ser mi hogar, no hay olor a pan recién horneado, ni estoy peleando con mis hermanas para poder usar el baño como acostumbraba hacer todas las mañanas.

Estoy aquí.

Me obligo a moverme, guiada por el instinto de supervivencia y un estómago vacío que ruge con timidez. Termino en la cocina luego de asearme, un espacio gigantesco de mármol y acero inoxidable que me hace sentir increíblemente pequeña.

—Buen día, Cara —musita Maximiliano, apareciendo de la nada como una sombra elegante y peligrosa.

Un escalofrío me recorre la espina dorsal. Tengo la boca llena, saboreando el dulzor espeso de una rebanada de panqueques con miel de maple que me acaban de servir las cocineras, unas mujeres de edad madura que no deben pasar los cincuenta años de edad. Su sola presencia logra intimidarme de una forma que no puedo controlar, tiene esa aura de poder absoluto que te hace querer retroceder tres pasos.

—Sí —asiento apenas, al terminar de deglutir con dificultad el bocado que de pronto me sabe a cartón.

—Me alegra escuchar eso… —dice, cruzándose de brazos mientras me analiza con sus ojos grises. Es una mirada clínica que parece estar estudiando cada uno de mis movimientos—. El doctor me comentó que no sufriste ningún daño grave tras lo sucedido, así que hoy iniciaremos con tu capacitación, pero primero... ¿Eres buena en algo?

La pregunta me pilla desprevenida. Me quedo muda unos segundos, buscando en mi mente algo que pueda impresionarlo, algo que valide mi existencia en este lugar en el que tropecé por error.

—Solo en la gimnasia, señor —respondo, bajando la vista hacia el plato.

Una risa seca, despectiva, escapa de sus labios.

—No creo que necesite a una chica que esté haciendo piruetas por todos lados y agitando una estúpida cinta en un diminuto traje repleto de brillitos —estipula con desprecio, menospreciando con una sola frase los años de sudor, lágrimas y frustración que le entregué al deporte.

El orgullo, ese pequeño trozo de dignidad que aún me queda, se me sube a la garganta. Olvido por un segundo el miedo que le tengo y le clavo la mirada.

—Se llama rutina —le corrijo, manteniendo la voz lo más firme posible.

—Lo que sea —se queja, restándole importancia con un leve gesto de la mano—. ¿Tienes alguna profesión? ¿Estudios universitarios?

Suelto una risa amarga, iba a casarme para saldar las deudas de mi padre. ¿En qué mundo vive este hombre?

—¿Crees que mi familia podía costear una matrícula? —le pregunto, con el tono teñido de un resentimiento que no puedo ocultar—. Dejé mi vida y mis huesos en la gimnasia. Es lo único que sé hacer. Entrenar hasta sangrar. Y si eso no te sirve, pues... me quedaré a ayudar en la limpieza de este palacio. Puedo lavar inodoros, sacudir tus muebles lujosos o planchar tu ropa, qué sé yo. No me dan miedo las tareas sucias.

Espero que se burle, que me ordene tomar una escoba, ponerme a trabajar, o peor, que me mire con lástima. Sin embargo, no hace nada de eso. Sus ojos se oscurecen y da un paso hacia mí, borrando la distancia, recordándome quién tiene el control absoluto aquí.

—No —niega con rotundidad, su voz adquiere un matiz grave, casi posesivo—. No te quiero limpiando. Te necesito a mi lado para algo mucho mejor.

Su declaración me congela el aire en los pulmones.

A su lado.

La frase resuena en las paredes de mármol de la cocina, cargada de una intención que no logro descifrar y que me eriza la piel de inmediato. Las sirvientas se mantienen ocupadas fregando los platos, ignorando la conversación por completo.

El pelinegro da otro paso, acortando el espacio mínimo que nos separa. Su fragancia, una mezcla de madera y perfume costoso, me invade los sentidos. Sostiene mi mirada con una fijeza implacable, por primera vez noto que sus ojos no tienen piedad.

—Mi mundo, el negocio que manejo, requiere habilidades muy específicas. Disciplina, resistencia al dolor, agilidad mental y una lealtad ciega que espero mantengas a raya. Cosas que, por lo que veo, tu deporte ya te grabó a fuego en los huesos.




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