Red Mafia

8

Cara Montenegro

Maximiliano se inclina un poco hacia mí, lo suficiente para que sienta el calor de su aliento contra mi mejilla. Su sonrisa desaparece, reemplazada por una seriedad gélida.

—¿Y si me niego? —le desafío en un susurro, aunque sé que es una pregunta estúpida.

—No te vas a negar, pequeña gimnasta. Porque ahí afuera no tienes oportunidad, y aquí dentro... aquí dentro vas a aprender a reinar.

—¿A reinar? —repito con incredulidad.

El silencio que sigue a sus palabras es espeso, casi asfixiante. Él no se aleja, al contrario, reduce la minúscula distancia que nos separa. Su mano derecha sube lentamente por mi brazo, un roce sutil que enciende una chispa involuntaria en mi piel y me hace contener el aliento. Detiene sus dedos justo en la curva de mi cuello, ejerciendo la presión exacta para obligarme a mirarlo directamente a los ojos.

—Tu papel aquí no es el de una prisionera común —susurra, su voz, aunque baja, arrastra un magnetismo peligroso—. Vas a trabajar para mí, serás mi infiltrada. Mis ojos y mis oídos en los lugares donde yo no puedo estar.

Trago saliva, sintiendo el latido acelerado de mi pulso justo bajo sus dedos. La cercanía de su cuerpo me abruma, provocando una mezcla confusa de miedo real y una atracción irracional que me niego a aceptar.

—¿Y si alguna vez decido jugar mi propio juego? —le pregunto, forzando una valentía que flaquea con cada uno de sus suspiros.

La comisura de sus labios se eleva en una mueca carente de toda calidez. Sus dedos se cierran apenas un milímetro más en mi garganta, un recordatorio silencioso de lo frágil que es mi vida en sus manos.

Su mirada se vuelve letal.

—Si me traicionas, Cara, no habrá un segundo aviso, ni un rincón en este mundo donde puedas esconderte. Tendré que matarte. Y créeme cuando te digo que no me tiembla el pulso, de hecho, veré cómo te rompes sin parpadear.

Un escalofrío me recorre la espina dorsal, sus ojos oscuros me tienen completamente hipnotizada, atrapada en esa red de crueldad y confusión contenida.

Antes de que pueda articular palabra, él desliza su mano hacia mi barbilla, elevando mi rostro con una posesividad que me corta la respiración.

—Dentro de muy poco se celebra una gala benéfica de la alta sociedad —continúa, cambiando de tema con una frialdad matemática—. Es un nido de víboras, y tú asistirás en mi representación. Te vas a convertir en mi pieza maestra sobre el tablero.

—¿Una gala? Pero yo no sé nada de ese mundo, ni siquiera sé qué se supone que debo buscar... —comienzo a decir, sintiendo que el pánico gana terreno.

—Te explicaré los detalles con calma más adelante —me interrumpe, su pulgar delinea mi labio inferior con una lentitud tortuosa que me hace estremecer, antes de soltarme bruscamente y dar un paso atrás, devolviéndome de golpe a la fría realidad—. Por ahora, grábate mis condiciones en la mente. Tu vida me pertenece si quieres mi protección, no lo olvides. Ahora mismo comenzará tu entrenamiento, espero estés preparada.

Apenas el eco de los pasos del príncipe mafioso se disipa, la puerta se abre de par en par, interrumpiendo el torbellino de mis pensamientos.

Una mujer de porte impecable, vestida con un traje de sastre oscuro que parece tallado sobre su cuerpo, entra en la cocina al pasar varios minutos. Su cabello rojo fuego está recogido en un moño tan tirante que acentúa las líneas duras de su rostro. Sus ojos, helados y calculadores, me recorren de arriba a abajo, deteniéndose con evidente desdén en mi ropa.

—¿Así que esta es la famosa chica? —su voz es un látigo de sarcasmo—. Esperaba algo más... imponente. No una muñeca de porcelana rota. Mi nombre es Valerie. Y a partir de este segundo, soy tu peor pesadilla.

Ni siquiera me da tiempo a responder.

Se da la vuelta, me veo obligada a seguirla si no quiero quedarme atrás, caminamos con paso firme hacia un salón contiguo, amplio, de paredes espejadas.

—Muévete —ordena sin mirarme—. Maximiliano tiene delirios de grandeza si cree que puedes camuflarte entre la élite. Mírate. Caminas como si fueses un bambi recién nacido.

—Sé defenderme —replico, apretando los puños, intentando mantener la dignidad.

La mujer se detiene en seco, girándose hacia mí.

—Entonces demuéstramelo.

Antes de que pueda procesar sus palabras, lanza un golpe directo a mi rostro. Por instinto de supervivencia y gracias a mis reflejos de atleta, logro esquivarlo agachándome, luego dando un paso lateral. No obstante, ella es más rápida y previsible. Con un movimiento fluido de su pierna, me hace un barrido.

Pierdo el equilibrio y caigo de espaldas contra el suelo, soltando el aire de los pulmones con un grito sordo.

Se inclina sobre mí, apoyando un zapato de tacón aguja a milímetros de mi garganta, humillándome con la facilidad con la que ha desarmado mi postura.

—Lenta. Predecible. Patética —escupe cada palabra con un deleite sádico—. En la gala a la que vas, un paso en falso y te devorarán viva antes de que puedas llorar por tu mamá. Tus piruetas de gimnasia no sirven para nada en el mundo real, niñita. Aquí no hay nada para amortiguar tu caída.




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