Red Mafia

9

Cara Montenegro

El dolor se extiende por mi espalda como un reguero de pólvora, me obligo a tragarme las lágrimas.

No voy a darle el gusto.

Valerie me observa desde las alturas, con el tacón de su zapato rozando la piel de mi cuello, esperando ver en mis ojos la súplica de una niña asustada.

—Levántate —ordena, retirando el pie con desprecio—. El suelo es para los cadáveres. Y tú todavía respiras, desafortunadamente para mí.

Me incorporo apoyando las palmas de las manos en el parqué pulido. Cada músculo de mi cuerpo protesta, un recordatorio doloroso de que ya no estoy en un gimnasio olímpico, este es el tablero de juego de Maximiliano, y las reglas las dictan los depredadores.

—Otra vez —dice, acomodándose las mangas de su traje sastre sin un solo cabello fuera de lugar.

El entrenamiento se convierte en una tortura sistemática que se prolonga durante horas. No hay tregua, no hay agua, no hay compasión. Ella no solo me enseña a golpear y a esquivar con una brutalidad eficiente, sino que destruye cada uno de mis hábitos. Me obliga a caminar con tacones sobre una línea imaginaria mientras esquivo sus ataques repentinos, también me corrige la postura a base de golpes secos en los omóplatos, todo eso, manteniendo una sonrisa imperturbable a la vez que me insulta, buscando quebrar mi resistencia psicológica.

—La élite huele el miedo, Cara —me sisea al oído—. Si parpadeas más de la cuenta, sabrán que eres una impostora. Si tiemblas al sostener una copa de champán, estarás acabada.

Cuando el sol comienza a ocultarse por los enormes ventanales del salón, mis piernas son de gelatina y el sudor me empapa la ropa. Tengo moretones invisibles floreciendo bajo la piel, una tensión muscular tan severa que el cuello se me ha quedado completamente rígido.

Valerie se detiene, consulta un reloj de oro en su muñeca y me mira con una mezcla de fastidio.

—Suficiente por hoy. Das asco, pero al menos no te has desmayado. Vete a la zona de bienestar de la segunda planta. El encargado tiene órdenes de dejarte usar el sauna. Necesito que mañana tus músculos respondan, no me sirves tullida. Lárgate.

No espero a que lo repita. Arrastro los pies por los interminables pasillos hasta encontrar el área médica y de relajación.

Es un santuario de mármol oscuro y luces tenues. Al entrar al área indicada, el calor húmedo y denso me golpea el rostro, prometiendo un alivio inmediato. Me despojo de la ropa sucia, envolviéndome en una toalla blanca, acto seguido, abro la puerta de madera pesada.

El vapor nubla mi vista al principio, a medida que avanzo por las gradas de madera, noto que no estoy sola.

Sentada en el nivel superior, sumida en una actitud de absoluta realeza, se encuentra una mujer de cabello azabache. Su piel luce perfecta, salpicada por finas gotas de sudor, ni siquiera la atmósfera sofocante parece restarle un ápice de su sofisticación. Al verme entrar, sus ojos oscuros se entrecierran con una mezcla de desagrado y fijeza felina.

Decido ignorarla y me siento en el banco inferior, cerrando los ojos para dejar que el calor disuelva los nudos de mi espalda. No obstante, la paz dura muy poco.

—Vaya, miren lo que trajo la marea —su tono sarcástico resuena en el espacio cerrado, arrastrando las palabras con una condescendencia venenosa.

—¿Y tú eres?

—Alessia De la Croix, la futura prometida del príncipe —deja bien en claro, observándome como si fuese una cucaracha—. Por lo que veo, eres su nueva mascota.

Abro los ojos y la miro de soslayo. No tengo energía para esto, pero el orgullo me impide callarme.

—Solo estoy intentando relajar los músculos, no busco problemas.

Una risa melodiosa escapa de sus labios perfectos rellenos de ácido hialurónico. Se inclina hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, acortando la distancia física y aumentando la presión psicológica.

—¿Problemas? Cariño, tú eres el problema. Siendo honesta, no sé por qué me preocupo. Te he visto entrenar con Valerie a través de los monitores de vigilancia. Eres patética. Una gimnasta de segunda categoría jugando a ser mujer de mundo.

—Valerie es... exigente —respondo, intentando mantener la voz nivelada, recordando las palabras de la instructora sobre no mostrar debilidad.

—Valerie te está preparando para ser carne de cañón —escupe Alessia, y sus pupilas se vuelven dagas—. Déjame aclararte algo, niña. Que Maximiliano te preste un poco de atención no te hace especial. Él es un hombre de costumbres, le gusta coleccionar objetos rotos, usarlos hasta que se cansa y luego desecharlos. Tú eres solo el juguete del mes.

Me tenso, sintiendo que el calor del sauna se vuelve de pronto insoportable, no aparto la mirada.

—Él me pidió que fuera a la gala, me llamó su pieza maestra.

Se levanta con un movimiento felino, desciende los escalones de madera hasta quedar de pie justo frente a mí. Su sombra se proyecta sobre mi cuerpo, obligándome a mirarla hacia arriba. El desprecio que emana de ella es casi palpable.

—¿Su pieza maestra? —se mofa, dibujando una sonrisa cruel—. No seas ridícula. Te está enviando a ese nido de víboras porque eres prescindible. Si tú caes, a él no le cuesta nada. Y espero que no se te ocurra traicionarle, no permitiré que entorpezcas mis planes como su futura esposa.




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