Red Mafia

10

Cara Montenegro

Alessia suelta una carcajada, un sonido desprovisto de cualquier empatía que rebota contra las paredes de madera del sauna. Su mirada recorre mi cuerpo cubierto por la toalla con una condescendencia que me quema más que el propio vapor.

—¿Crees que a alguien aquí le importa tu trágica historia? —pregunta, dando un paso atrás, cruzando los brazos sobre el pecho—. En este mundo, las lágrimas no pagan las deudas ni compran la libertad. Si estás aquí es porque eres útil para Maximiliano, nada más. Pero la utilidad se agota. Y cuando eso pase, espero estar en primera fila para ver cómo te desecha.

No le doy el gusto de responder. La furia y el cansancio físico forman un nudo asfixiante en mi garganta. Doy media vuelta, abro la pesada puerta de madera para salir al pasillo, dejando atrás el calor sofocante y la presencia venenosa de la mujer que se atrevió a interrumpir mi momento de relajación.

Camino a paso rápido hacia las duchas adyacentes, arrastrando la rabia en cada pisada. Al entrar al cubículo de mármol gris, abro la llave del agua fría sin dudarlo. El impacto del chorro helado sobre mi piel caliente me hace ahogar un grito. Me apoyo contra los azulejos, permitiendo que el agua lave el sudor del entrenamiento con Valerie y la ponzoña de las palabras de Alessia. Mis músculos protestan, los golpes secos que me propinaron en los omóplatos se sienten ahora como quemaduras vivas bajo el agua. Cierro los ojos, frotando mi rostro con fuerza, intentando borrar la imagen de los monitores de vigilancia que la pelinegra mencionó. Todo en este lugar está diseñado para vigilarme.

Salgo de la ducha temblando, no solo por el frío, sino por la pura extenuación. Me seco mecánicamente, camino hacia el vestidor anexo, donde encuentro un conjunto de ropa limpia cuidadosamente doblado sobre un banco de cuero: unos pantalones de lino negro y una blusa de seda verde oscuro. Ropa de alta calidad, por supuesto, cortesía del mafioso.

Me visto con lentitud, cada movimiento me cuesta un triunfo debido a la rigidez de mi cuello y la debilidad de mis piernas.

Apenas termino de abrocharme la blusa, un suave golpeteo resuena en la puerta exterior del área de bienestar. Al abrir, me encuentro con dos de las sirvientas de la mansión, vestidas con sus uniformes impecables y rostros inexpresivos que parecen esculpidos en piedra.

—Señorita Cara —dice la que parece tener más antigüedad, manteniendo la vista fija en un punto intermedio entre mi hombro y la pared—. El príncipe solicita su presencia en el comedor principal. La cena está lista.

Siento una oleada de rechazo que me revuelve el estómago. La idea de sentarme a la mesa, fingir compostura, sostener una copa con las manos temblorosas y soportar la mirada analítica de Maximiliano después del infierno de hoy es superior a mis fuerzas.

—Díganle que no voy a bajar —respondo, intentando que mi voz suene firme, aunque el cansancio la vuelve un hilo áspero—. No tengo hambre. Solo quiero descansar.

Las dos mujeres se miran entre sí, un destello de genuina sorpresa y una pizca de temor cruzando sus rostros. Negarse a una orden no debe ser algo común en este palacio de cristal y sangre.

—Pero, señorita, él fue muy claro... —insiste la segunda sirvienta, con un tono casi suplicante.

—Y yo también lo soy —la interrumpo, cerrando la puerta con firmeza antes de que puedan replicar.

Sé que mi negativa tendrá consecuencias y en este instante no me importa.

Necesito salir de estas cuatro paredes. El aroma a cera para muebles, el perfume costoso y el olor a vapor limpio me están asfixiando. Necesito aire fresco, aire real que no esté filtrado por los sistemas de ventilación de una fortaleza.

Bajo por las escaleras de servicio para evitar cruzarme con nadie y me deslizo hacia los inmensos jardines traseros. El aire de la tarde me golpea el rostro, un alivio bendito que me hace respirar profundamente por primera vez en horas. Camino sin un rumbo fijo, adentrándome en el laberinto de setos perfectamente podados hasta llegar a una terraza de piedra que se asoma a un acantilado.

Desde aquí, el horizonte se despliega ante mí. El sol comienza su descenso, tiñendo el cielo de un rojo violáceo tan intenso que parece sangrar sobre el mar a lo lejos. Es una belleza destructiva, imponente. Me apoyo en la barandilla de hierro forjado, sintiendo el metal frío contra mis palmas maltratadas.

Y entonces, la fachada se cae.

La soledad del jardín rompe la coraza que contenía mis emociones. Una primera lágrima resbala por mi mejilla, seguida rápidamente por otra, y otra más, hasta que me encuentro llorando en silencio, con los hombros sacudidos por los sollozos. Me cubro la boca con una mano para ahogar el sonido.

Es tan injusto.

Todo es tan malditamente injusto.

Hace apenas unas semanas mi única preocupación era memorizar mis rutinas y soñar con un futuro que construía con mis propias manos. Ahora, mi vida no me pertenece. Soy una pieza en un tablero que no entiendo, entrenada para ser un escudo o un adorno por personas que me miran como si fuera basura reemplazable. El dolor físico de mi espalda no es nada comparado con el vacío abrasador de saber que estoy completamente sola.




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