Red Mafia

11

Cara Montenegro

Un crujido sutil, el eco de unos zapatos de suela de cuero sobre la grama, rompe la quietud de la tarde. Mi instinto de supervivencia, agudizado a la fuerza por los golpes se activa al instante.

Sé perfectamente quién es antes de darme la vuelta. Su presencia es como un cambio en la presión atmosférica.

Con movimientos frenéticos, me apresuro a limpiar mis lágrimas con el dorso de las manos, frotando mis ojos con fuerza para borrar cualquier rastro de debilidad. Me trago el último sollozo, obligando a mi pecho a calmarse, adoptando la postura rígida y defensiva que se me ha exigido.

Me doy la vuelta despacio, encontrándome con la silueta imponente de Maximiliano, recortada contra los últimos destellos que quedan del atardecer.

Él avanza un par de pasos con esa elegancia depredadora que lo caracteriza. Su traje oscuro parece absorber la poca luz que queda en el jardín, sus ojos fijos en mí son dos rendijas heladas.

No dice nada de inmediato.

Se detiene a un par de metros, lo suficiente para hacerme sentir el peso de su autoridad, pero manteniendo esa distancia aristocrática que me recuerda constantemente el abismo que hay entre los dos.

—Las sirvientas me dijeron que habías perdido el apetito —su voz es un barítono suave que arrastra un filo peligroso—. No sabía que el ayuno incluía venir a esconderse en los setos.

—No me estoy escondiendo —respondo de inmediato, forzando una firmeza que no tengo. Siento las pestañas aún húmedas y rezo para que la penumbra del atardecer oculte el enrojecimiento de mis ojos—. Solo quería aire. El entrenamiento de Valerie es... intenso.

El ojigris esboza una sonrisa mínima, una mueca carente de calidez que apenas mueve las comisuras de sus labios. Camina hacia la barandilla de piedra, colocándose a mi lado, aunque no me mira a mí, sino al horizonte donde el rojo del cielo ya se ha extinguido, dando paso a un azul cobalto profundo.

—Valerie cumple con su deber. Te está transformando en algo que pueda sobrevivir a lo que viene. Deberías agradecérselo, no llorar por los rincones.

El comentario me golpea como un latigazo. Sabe que he estado llorando. Por supuesto que lo sabe; hombres como él huelen la debilidad a kilómetros de distancia. El orgullo, ese maldito defecto que no he podido erradicar ni con los golpes de su instructora, me empuja a dar un paso al frente.

—No estoy llorando por el esfuerzo físico —le espeto, bajando el tono e inyectándole toda la rabia que he contenido desde que salí del sauna—. Estoy cansada de que todos en esta casa me traten como si fuera un objeto desechable. Alessia se encargó de dejarme muy claro mi lugar. Según ella, solo soy tu juguete del mes.

Maximiliano no se inmuta. Ni un parpadeo, ni un gesto de sorpresa. Se gira lentamente hacia mí, apoyando una de sus manos enfundadas en un guante de piel fina sobre el metal de la barandilla.

—Alessia habla desde la ambición y el miedo. Teme que la pieza maestra le robe el protagonismo antes de que pueda asegurar su corona —dice, con una frialdad matemática que me hiela la sangre—. Pero no se equivoca en algo, Cara: en este mundo, todos somos piezas. La diferencia radica en quién mueve los hilos y quién se deja arrastrar por el tablero.

Se acerca un paso más, acortando el espacio personal hasta que puedo percibir su loción, una mezcla de madera, menta y tabaco caro. Extiende una mano y, con una lentitud deliberada que me congela los músculos, apoya la yema de su dedo índice justo debajo de mi barbilla, obligándome a levantar la cabeza para mirarlo directamente a los ojos. Su tacto es firme, inflexible.

—No te abrí las puertas de mi palacio para que fueras una víctima —sisea, sus pupilas brillan con una intensidad magnética—. Te acepté porque tienes la disciplina de una atleta y la mirada de alguien que se niega a morir. Si dejas que las palabras de una cortesana de la élite te quiebren, entonces le estarás dando la razón. Y yo no me equivoco con mis elecciones.

Siento el reguero de pólvora encenderse de nuevo en mi espalda, esta vez no es por el dolor físico. Es la humillación, la impotencia junto a una chispa de rebeldía que se niega a apagarse. Le sostengo la mirada, tensando la mandíbula contra la presión de sus dedos.

—¿Se supone que deba agradecerle a un mafioso como tú? —le desafío en un susurro.

Ensancha su sonrisa, una expresión que esta vez resulta genuinamente perturbadora por lo gélida que es. Retira los dedos de mi barbilla sin alejarse.

—El agradecimiento es una moneda de cambio para los débiles, Cara —responde, su voz descendiendo a un susurro que me roza la piel—. Yo no busco tu gratitud. Busco tu utilidad.

Da medio giro, dándome la espalda con una indiferencia que desarma cualquier intento de réplica. Camina un par de pasos hacia el centro del sendero de piedra, deteniéndose bajo la primera farola del jardín, que acaba de encenderse de forma automática. La luz amarillenta baña sus hombros, proyectando una sombra larga y distorsionada que parece tragarse la distancia entre nosotros.

—Limpia el resto de tus lágrimas, regresa adentro y demuestra que la inversión que estoy haciendo en ti vale la pena. La cena volverá a servirse en quince minutos. Y esta vez, vas a estar sentada en mi mesa, necesito que hablemos acerca de tu primera misión.




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