Cara Montenegro
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La vibración de la última pisada de Maximiliano se extingue en el aire, pero el peso de su fragancia permanece flotando a mi alrededor, asfixiándome. Me quedo inmóvil bajo el manto oscuro de la noche, con la barbilla todavía ardiendo en el punto exacto donde sus dedos ejercieron esa presión implacable. Su advertencia resuena en mis oídos como un disparo en una habitación cerrada: mi primera misión.
Un escalofrío me recorre la columna, no por el viento fresco de la noche, sino por la certeza de que el abismo del que tanto intentaba alejarme acaba de abrirse bajo mis pies.
Doy un paso hacia atrás hasta que mis pantorrillas chocan contra la barandilla de piedra fría. Miro mis manos, desprovistas de cualquier rastro de la vida ordinaria que alguna vez tuve. Mis nudillos están enrojecidos, hinchados por las interminables horas de combate que Valerie me impuso hoy, recordándome que cada músculo de mi cuerpo ha sido moldeado para la violencia de este lugar. Él príncipe mafioso tiene razón en algo: no tengo el lujo de quebrarme. Si me permito ser la víctima, este palacio me devorará antes del amanecer.
Saco aire de los pulmones en un suspiro tembloroso, obligando a la rabia a suplantar al miedo. Me limpio con rudeza las comisuras de los ojos con los puños de mi suéter.
No hay más lágrimas, las enterré todas en la tierra húmeda del jardín.
Aliso mi ropa con movimientos mecánicos, adoptando esa postura erguida que la disciplina deportiva me grabó a fuego en los huesos mucho antes de caer en este infierno. Camino hacia la entrada trasera del palacio, el eco de mis propios pasos sobre el mármol del porche suena como una cuenta regresiva. Al cruzar el umbral, la calidez opulenta de la residencia me golpea de frente, esquivo la mirada de dos sirvientas que se tensan al verme pasar, su lástima silenciosa me descompone el estómago.
No necesito su compasión, necesito su invisibilidad. Antes de llegar al gran comedor, me detengo un segundo frente al espejo de marco dorado del vestíbulo principal. Mi reflejo me devuelve la imagen de alguien que apenas reconozco. El cabello rubio, un poco desordenado por el viento, enmarca un rostro de facciones rígidas. Mis ojos, desprovistos de la calidez de antes, brillan con una hostilidad defensiva.
—Utilidad —susurro para mí misma, saboreando la palabra como un veneno amargo—. Si eso es lo que quieres, Maximiliano. Eso es lo que te voy a dar.
Camino con paso firme hacia las puertas dobles de roble del comedor. Los dos guardias apostados a los lados me observan con indiferencia mecánica mientras empujan las hojas de madera para darme paso.
El comedor es un despliegue obsceno de riqueza. Una mesa de banquete de caoba pulida domina el centro, iluminada por una lámpara de cristal. En la cabecera, el pelinegro ya está sentado. Ha cambiado su chaqueta de traje por una camisa blanca de seda con los primeros botones desabrochados, aunque su sofisticación peligrosa sigue intacta. A su derecha, Alessia luce un vestido de cóctel color esmeralda que resalta la rigidez de su postura. Al verme entrar, sus ojos se entornan, inyectados de un desprecio absoluto que ni siquiera se molesta en ocultar.
Ninguno habla.
El único sonido es el roce sutil de los cubiertos de plata contra la porcelana.
Me acerco con la cabeza alta, sosteniendo la mirada del príncipe, quien levanta su copa de vino tinto en un saludo casi imperceptible. El sirviente a su izquierda se apresura a retirar la silla inmediatamente contigua a la suya.
El lugar de honor.
El lugar que Alessia claramente considera suyo.
Siento la mirada de la mujer perforarme el costado de la cabeza. Sin embargo, no le concedo el placer de mirarla. Tomo asiento, apoyando las manos sobre el regazo bajo la mesa para ocultar el ligero temblor de mis dedos.
—Llegas a tiempo, Cara —dice Maximiliano, su barítono rompiendo el silencio sepulcral con una tranquilidad que resulta casi ofensiva—. Empezaba a pensar que el aire del jardín te había retenido más de la cuenta.
—Tengo un excelente sentido de la puntualidad —respondo, manteniendo la voz neutra, despojada de la ira de hace unos minutos.
Una de las sirvientes coloca frente a mí un plato con un filete en salsa de vino y espárragos. El aroma es delicioso, pero mi estómago está cerrado con un nudo marinero. La futura prometida del príncipe suelta una risa baja, un sonido cristalino y falso que corta el aire.
—Vaya, la mascota aprendió a usar cubiertos y a responder cuando se le habla —comenta, girando su copa con una elegancia perezosa—. Aunque dudo que el entrenamiento de Valerie pueda hacer milagros con alguien que viene de donde ella viene. Una pieza defectuosa siempre arruina el juego, ¿no es así amor?
La provocación queda flotando en el aire. Hace unas horas, me habría encogido o respondido con un insulto infantil. Ahora, las palabras del ojigris actúan como un escudo helado. Miro la arpía directamente a los ojos, esbozando una sonrisa mínima, imitando la misma mueca carente de calidez que le vi al hombre que está a su lado el jardín.
—Una pieza defectuosa se rompe, Alessia —aclaro, con una calma que me sorprende a mí misma—. Una pieza maestra, en cambio, aprende a adaptarse para jaquear a la reina. Deberías preocuparte menos por mi procedencia y más por tu tablero.