Cara Montenegro
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Su rostro se tensa, sus mejillas se tiñen de un ligero rubor de indignación. Amaga con responder, no obstante, un sutil movimiento de la mano de Cavalieri la hace enmudecer de inmediato. El no la mira, sus ojos grises están fijos en mí, destellando con una chispa de aprobación que me revuelve las entrañas.
—Suficiente —dictamina Maximiliano. Su voz no es alta, pero posee un peso absoluto que congela la habitación—. Alessia, retírate. Quiero cenar a solas con Cara.
La mujer abre las cuencas con incredulidad, asimilando la humillación pública. Se pone de pie de un salto, la silla arrastrándose contra el suelo con un chillido estridente. Nos lanza una última mirada cargada de rabia y sale del comedor a grandes zancadas, sus tacones golpeando el suelo como ráfagas de metralleta.
Cuando las puertas se cierran tras ella, la atmósfera se vuelve densa, casi eléctrica. El pelinegro corta un trozo de carne con una parsimonia desquiciante, lo lleva a su boca y bebe un sorbo de vino antes de dignarse a hablarme.
—Tienes garras después de todo —comenta, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos—. Me alegra ver que no desperdicié mi tiempo hablándole a las paredes en la terraza.
—Dijiste que querías hablar de mi utilidad —le recuerdo, ignorando el cumplido envenenado—. Déjate de juegos. ¿Cuál es esa misión?
Él se inclina hacia adelante, reduciendo la distancia entre nosotros. La luz de la lámpara de cristal acentúa las líneas duras de su mandíbula y la frialdad matemática de sus pupilas. Saca del bolsillo interior de su camisa un pequeño sobre negro, lacrado con su sello personal, lo desliza por la mesa de caoba hasta que se detiene justo al lado de mi plato.
—Mañana por la noche se celebra la gala benéfica de la Fundación del senador Sorio en el distrito financiero —explica, su tono descendiendo a ese susurro que me eriza la piel—. Es un evento de alta sociedad. Ministros, empresarios, diplomáticos... y hombres de mi organización que están considerando cambiar de bando.
Miro el sobre negro, sintiendo que contiene mi sentencia de muerte o mi pasaporte de entrada definitiva a su mundo de sombras.
—¿Qué tengo que ver yo con un senador y tus traidores? —pregunto, sosteniéndole la mirada.
—Vas a asistir como mi acompañante oficial —aclara, una sonrisa depredadora se dibuja en sus labios—. Todos saben que no expongo mis posesiones a menos que tengan un valor incalculable. Tu presencia allí va a desviar la atención de todos los sistemas de seguridad. Mientras la élite se distrae intentando averiguar quién eres y qué significas para mí, tú vas a entrar a la oficina privada de Sorio.
—¿Y qué se supone que deba buscar?
—Un dispositivo de almacenamiento digital que contiene las transacciones financieras que vinculan a mis rivales con el gobierno de Miravia —responde con total naturalidad, como si me estuviera pidiendo que le pasara la sal—. Él lo guarda en una caja fuerte empotrada detrás del retrato familiar. Tienes exactamente siete minutos desde el momento en que salgas del salón principal hasta que la ronda de seguridad vuelva a pasar por el corredor este.
El corazón me da un vuelco salvaje contra las costillas. Robarle a un senador, infiltrarme en una fortaleza de seguridad, jugar a ser el cebo de un monstruo.
—Si me atrapan, me matarán —reconozco, con la voz apenas más alta que un susurro.
Maximiliano estira la mano, rozando con el dorso de sus dedos la piel de mi mejilla con una delicadeza que contrasta brutalmente con la violencia de sus palabras.
—Si te atrapan, Cara, desearás que te maten ellos antes de que yo llegue a ti —sisea, sus ojos grises brillando con una intensidad magnética—. Valerie dice que tu velocidad y tu enfoque son impecables cuando estás bajo presión. Demuéstramelo mañana. Convénceme de que eres la pieza que se mueve por sí misma, o atente a las consecuencias.
Retira la mano y vuelve a su postura aristocrática, dejándome el sobre negro como única respuesta. Miro el papel texturizado bajo la luz, comprendiendo que la chica que corría y soñaba con una vida normal ha muerto oficialmente esta noche.
La jaula no solo se ha cerrado. Ahora, Maximiliano me está obligando a afilar los barrotes para convertirlos en armas.
Estoy a punto de tomar el sobre para dar por terminada la ejecución de mi sentencia cuando él levanta un dedo, deteniendo mi movimiento en seco. Sus pupilas se pasean por mí con una lentitud meticulosa, exponiendo cada capa de mi postura defensiva con una mirada crítica que me hace sentir indefensa.
—Hay un detalle más —añade, apoyando la espalda contra el respaldo tallado de su silla con una elegancia perezosa—. Mañana vas a entrar a ese salón del brazo del hombre más peligroso de este territorio. Cada cámara, cada espía y cada mujer de la alta sociedad va a desmenuzar tu apariencia desde el momento en que pongas un pie en la alfombra roja. Y ahora mismo... —hace una pausa deliberada, señalando con un leve gesto de la barbilla mi ropa alisada a la fuerza— luces desastrosa.
—He tenido un día complicado, por si no lo recuerdas —siento cómo el orgullo vuelve a jugarme en contra.
—No vas a ir allí vestida como una puritana mojigata.