Red Mafia

14

Cara Montenegro

El insulto sutil me golpea directo en el rostro, aprieto los dientes bajo la mesa para no soltar la réplica que me quema la garganta, sintiendo cómo la sangre me hierve en las sienes.

—Esa timidez de clase media, ese empeño tuyo en ocultar tu cuerpo bajo telas holgadas y miradas de cordero degollado no te servirá mañana —continúa Maximiliano, inclinándose ligeramente hacia adelante. La luz de la lámpara de cristal acentúa las líneas duras de su rostro y la total ausencia de empatía en sus facciones—. Mañana por la mañana vendrá un equipo de estilistas al palacio. Van a deshacerse de esa melena desarbolada y te darán un aspecto que encaje con lo que vas a representar a mi lado.

Su mirada desciende por mi cuello, deteniéndose en la clavícula que se asoma por el borde de mi prenda. Siento una imperiosa necesidad de cubrirme, de retroceder, pero me obligo a permanecer inmóvil.

No voy a darle el gusto de verme titubear otra vez.

—Te quiero impecable —sentencia, y su voz baja un octavo, arrastrando una advertencia implícita—. Sofisticada, letal y lo suficientemente deslumbrante como para que los hombres de seguridad olviden mirar sus monitores cuando pases cerca. Mañana vas a de ser una chica asustada. Te convertirás en una mujer de la élite, una que devora con la mirada antes de que puedan devorarla a ella. Así que prepárate para el cambio de look.

El comentario, cargado de esa prepotencia aristocrática, es la gota que derrama el vaso. Siento cómo la calma artificial que he estado fingiendo se resquebraja, dejando salir la rabia pura que he estado acumulando desde que crucé las puertas de este palacio. Dejo caer los cubiertos de plata sobre la porcelana con un sonido metálico que resuena en toda la estancia como un disparo.

—¿Sabes qué, Maximiliano? —suelto, inclinándome yo también hacia él, sin apartar la mirada—. Lo siento muchísimo por tu frágil ego. ¿Tan desesperado estás por tener un adorno que combine con tus cortinas de seda? Perdona si mi ropa no grita mafia chic lo suficiente para tus estándares reales, al menos mi vestuario no depende de una obsesión narcisista con el control absoluto.

La mesa se queda en un silencio sepulcral, tan denso que casi puedo escuchar el zumbido de las luces.

—Te diría que fueras a buscarte una muñeca de vitrina que siga tus órdenes sin rechistar —añado, con una sonrisa fría y audaz—, pero me temo que ya lo intentaste y terminaste aquí, tratando de moldearme a mí porque, en el fondo, sabes que soy lo único con carácter en esta casa. Deja de actuar como si fueras el dueño de la realidad y acepta que, aunque me pongas un vestido de diamantes, sigo siendo la misma mujer que te está diciendo que tu actitud de príncipe del crimen es, francamente, patética.

En la puerta del comedor, los dos guardaespaldas que custodian la entrada, hombres que miden dos metros y tienen miradas de acero, se quedan paralizados. Uno de ellos casi deja caer su auricular, el otro parece estar debatiéndose entre la necesidad de intervenir o la de salir corriendo antes de que el mafioso ordene una ejecución. Sus ojos, antes inexpresivos, ahora muestran un pánico absoluto ante la osadía de mi discurso.

—¡Señorita, por el amor de Dios! —susurra uno de los guardias, visiblemente pálido, dándome un paso al frente como si quisiera taparme la boca—. ¡Le debe respeto al príncipe! ¡No puede hablarle así al jefe, nos va a matar a todos!

—¡Cállese! —chilla el otro guardia en un susurro frenético, casi llorando de los nervios mientras mira al ojigris con terror—. ¿Es que quiere que el palacio vuele por los aires? ¡Señorita, pídale perdón antes de que sea demasiado tarde!

Me río, disfrutando un segundo de la incomodidad de los matones. Maximiliano, sin embargo, no grita. No se levanta enfurecido. De hecho, se queda inmóvil, observándome con una expresión indescifrable, una mezcla de sorpresa y algo que parece... ¿diversión?

—Tranquilos —dice él, levantando una mano para detener a los guardias, quienes retroceden de inmediato como si les hubieran dado una descarga eléctrica—. Parece que la puritana tiene una lengua bastante afilada.

Vuelve a mirarme como si quisiera desaparecerme con su mirada, sus pupilas brillan con una chispa peligrosa.

—Disfruta de tu rebeldía mientras puedas. Porque a diferencia de tus ataques de histeria, el trabajo que te espera requiere precisión, no desplantes teatrales. Y vas a necesitar toda esa energía, porque el plan ha cambiado.

—¿Cambió? —pregunto, manteniendo mi postura desafiante.

—Los suministros de seguridad del senador se han retrasado debido a una auditoría interna —explica, volviendo a su tono calculador—. La gala es el sábado. Tienes dos días adicionales para aprender a caminar en tacones, dejar de insultar a tu superior y empezar a actuar como la mujer que necesito que seas. Si vuelves a abrir la boca con tanta ligereza en presencia de mi gente, te aseguro que las pagarás.

Se pone de pie, los guardias en la puerta suspiran de alivio, aunque siguen temblando. Maximiliano me dedica una última mirada, una que promete consecuencias si vuelvo a cruzar la línea, sale del salón con la misma elegancia depredadora de siempre, dejándome allí, con el corazón galopando contra mis costillas y una extraña victoria en la garganta.




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