Red Mafia

15

Cara Montenegro

La amenaza de Maximiliano sigue resonando en mi cabeza mucho después de retirarme a mi habitación. Paso la noche dando vueltas en la cama, con la adrenalina todavía quemándome las venas y el eco de mi propia osadía recordándome que estoy jugando con fuego.

Al día siguiente, el amanecer trae consigo la fría realidad de sus promesas.

A las ocho en punto de la mañana, las puertas de mi habitación se abren de par en par. Un batallón de tres estilistas, liderados por un hombre de mirada crítica y gestos exagerados llamado René, entra arrastrando percheros y maletas de maquillaje. Detrás de ellos, observando la escena con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia, está Valerie.

—¡Arriba, bella durmiente! —exclama la pelirroja, dándole un golpe sonoro al marco de la puerta—. El jefe quiere un milagro y, viendo tu cabello actual, tenemos exactamente cuatro horas para obrarlo.

No tengo tiempo ni de protestar, me sientan a la fuerza frente al tocador. René me evalúa el rostro como si fuera un lienzo defectuoso, murmurando palabras en francés mientras sus dedos rápidos examinan mi melena.

—Demasiado anticuado —dictamina el profesional—. Vamos a eliminar esa timidez de raíz.

El sonido de las tijeras cortando grandes mechones de mi cabello me oprime el pecho. Quiero cerrar los ojos, pero Valerie me obliga a mirar el espejo. Durante las siguientes horas, soy sometida a una transformación implacable. Me realizan iluminaciones doradas en mi cabellera, que hace resaltar la palidez de mi piel, también realizan un corte en capas que añade volumen y enmarca mis facciones con una agresividad que no sabía que poseía. El maquillaje final completa la metamorfosis: ojos ahumados intensos, una mirada felina lograda con un delineado impecable junto a unos labios pintados de un rojo tan oscuro que parece sangre seca.

Cuando terminan, me pongo de pie. Ya no queda rastro de la chica que se esconde en telas holgadas. La mujer en el espejo se ve peligrosa, magnética, peligrosamente sexy.

—Vaya —murmura mi instructora de combate, rompiendo el silencio mientras los estilistas recogen sus cosas—. Si que hicieron un buen trabajo, ¡ahora nos vamos de compras!

El centro comercial al que me lleva es un despliegue de opulencia obscena, me arrastra a las boutiques más exclusivas, donde los dependientes nos reciben con reverencias. Ella se mueve como un tiburón en el agua, seleccionando prendas con una velocidad alarmante.

—Pruébate esto. Y esto. Ah, y definitivamente este —dice, arrojándome un montón de prendas al vestidor.

Cuando salgo con el primer atuendo, casi me da un síncope. Es un vestido de seda negro, con un escote que baja casi hasta el ombligo y una abertura en la pierna izquierda que deja al descubierto el muslo a cada paso.

—¡Es demasiado revelador! —me quejo—. Esto no es ropa, es un insulto a la gravedad —protesto, intentando acomodarme el tejido.

La mujer, sentada en un sofá de terciopelo mientras bebe champán, me mira de arriba abajo. Por un segundo, la fría máscara de superioridad que siempre lleva se suaviza.

—Es exactamente lo que necesitas —comenta, bajando la copa—. Mira, Cara... sé que piensas que soy una perra superficial que disfruta verte sufrir. Y tal vez un poco sí. Aunque, la realidad es que, en este mundo, el cuerpo de una mujer es un arma. Si te ven tímida, te devoran. Si te ven vestida así, el poder cambia de bando. Tú controlas lo que ellos miran, y mientras miran tus piernas, no ven tus manos buscando sus secretos.

Me analizo en el espejo de la tienda, procesando sus palabras. Hay una extraña lógica en lo que dice.

—¿Así es como tú sobrevives aquí? —indago con curiosidad, buscando sus ojos a través del reflejo.

Ella se tensa visiblemente, sin apartar la mirada, exhala un suspiro corto y se acomoda la chaqueta.

—Sobrevivo siendo útil. Maximiliano no perdona la debilidad ni los errores. Yo aprendí a las malas que aquí no puedes tener miedo de mostrar los colmillos, ni la piel. Si estás en este juego, juégalo para ganar, no para esconderte. No te lo digo como tu enemiga... te lo digo como alguien que no quiere ver tu cadáver flotando en el río la próxima semana.

Es el primer momento de honestidad brutal que compartimos y siento un pequeño puente tenderse entre las dos. No somos amigas, pero al menos entiendo su juego.

—Gracias —le digo genuinamente, asintiendo.

Ella carraspea, recuperando su tono altivo de inmediato.

—No me hagas ponerme sentimental. Anda, pruébate el de espalda descubierta. Tenemos prisa.

Después de comprar una cantidad ridícula de ropa que desafía la decencia, regresamos al palacio. Justo cuando pienso que podré descansar, mi instructora me detiene en el pasillo, entregándome una pequeña caja de terciopelo.

—Ponte algo de lo que compramos. Algo que diga que eres dueña del lugar —ordena con una seriedad que me eriza la piel—. Esta noche tienes tu primera prueba de fuego. El príncipe te espera para cenar en un restaurante privado en el centro. No es una cita, es tu examen de admisión. Vas a poner a prueba tus dotes para la misión, tu capacidad de mentir, de seducir y de mantener la compostura bajo presión. Si fallas esta noche frente a él, el sábado ni siquiera llegarás a la gala. Así que muéstrale de qué estás hecha.




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