Red Mafia

16

Cara Montenegro

El auto se detiene con una suavidad irreal frente a una fachada discreta en el corazón de la ciudad. No hay letreros, solo una pesada puerta de madera oscura y un portero que se apresura a abrir la puerta con una reverencia rígida.

Al bajar, el frío de la noche me golpea los hombros descubiertos, pero me niego a temblar. El vestido de seda se ciñe a mi cuerpo como una segunda piel oscura, la tela se desliza con una fluidez peligrosa, cayendo por mi espalda en un escote profundo que termina justo donde empieza la curva de mi cadera. Mis tacones de aguja resuenan contra el pavimento con un eco firme, un metrónomo que mide los latidos acelerados de mi corazón.

El interior del restaurante destila una opulencia silenciosa, de esa que no necesita gritar para demostrar su costo. Paredes tapizadas de terciopelo verde botella, luz tenue que parece flotar desde candelabros de cristal antiguo y un silencio sepulcral que solo se interrumpe por el murmullo de un piano de cola al fondo. Uno de los camareros me guía sin pronunciar palabra a través de un laberinto de pasillos privados hasta una mesa oculta tras unos pesados cortinajes.

Maximiliano está sentado al fondo de una mesa rectangular, iluminado apenas por la parpadeante llama de una vela. Lleva un traje a medida, sin corbata, con los primeros botones de la camisa blanca desabrochados, lo que le da un aire de letal informalidad. Su mirada, afilada como el cristal, recorre mi figura desde los tacones hasta mis labios rojos con una lentitud que me eriza la piel.

No parpadea, solo observa la metamorfosis.

—Llegas dos minutos tarde, Cara —dice, su voz es un barítono profundo que vibra en el aire—. Aunque debo admitir que la espera ha cobrado un valor inesperado. Siéntate.

Me deslizo en la silla frente a él, manteniendo la espalda recta y la barbilla en alto, imitando la seguridad que Valerie me inyectó a la fuerza esta tarde. Su delicioso perfume, una mezcla de sándalo, cuero y madera invade mis sentidos de inmediato.

—Un segundo extra para el suspenso nunca viene mal —respondo, sosteniéndole la mirada. Mi voz suena extrañamente tranquila, desprovista de la timidez que solía definir de dónde vengo.

Una sonrisa felina y diminuta se dibuja en las comisuras de sus labios. Hace una ligera señal con la mano y el camarero su apresura en servir dos copas de un vino tinto tan oscuro como la sangre.

—Valerie me dijo que hoy descubriste la utilidad del camuflaje —comenta, inclinándose un poco hacia adelante. Apoya los codos en la mesa, entrelazando sus dedos largos y perfectos—. Sin embargo, una fachada hermosa no sirve de nada si el interior sigue siendo frágil. Esta noche no hemos venido a cenar. Hemos venido a ver si eres una actriz digna de mi escenario, o solo una impostora que se asusta con su propio reflejo.

—Ponme a prueba —reto, con una osadía que nace directamente de la adrenalina.

El pelinegro toma su copa, haciéndola girar con elegancia, el líquido se desliza por el cristal.

—Muy bien. Hagamos un juego de roles. Imagina que soy tu objetivo del sábado: El senador Leonardo Sorio. Un hombre paranoico, violento, que ha desaparecido a hombres por mirarlo de la forma equivocada, pero que tiene una debilidad insaciable por las mujeres que pretenden ser inocentes mientras le roban la billetera. Te me acercas en la barra de la gala. Tienes exactamente tres frases para llamar mi atención, convencerlo de que te invite a su mesa privada y sembrar la duda de que ocultas algo que a él le interesa. Empieza. Ahora.

El aire se vuelve denso, su mirada cambia por completo en un parpadeo, ya no es el hombre que me trajo aquí, sus ojos adoptan una frialdad depredadora, una postura pesada y calculadora, metiéndose en el personaje.

Siento un nudo en el estómago, aun así, me obligo a recordar la razón por la que estoy aquí. Me recuesto en mi asiento, cruzando las piernas despacio, permitiendo que la abertura del vestido revele la línea tensa de mi muslo. Tomo mi copa con dedos firmes, miro el vino, luego clavo mis ojos ahumados directamente en los suyos, ladeando la cabeza con una sonrisa magnética.

—Dicen que el señor Sorio solo bebe el vodka más puro del mundo —comienzo, bajando el tono de mi voz a un susurro aterciopelado que raspa el aire—. La realidad es que veo que esta noche prefiere algo con más cuerpo, algo que requiera... paciencia para degustar. Me pregunto si también aplica esa misma paciencia para los negocios que oculta tras el puerto.

Cavalieri, en su papel, enarca una ceja. Su expresión es de un peligro absoluto, un ser acostumbrado a ejecutar antes de preguntar.

—¿Quién eres y por qué una chica como tú cree que puede pronunciar mi nombre sin perder la lengua? —responde él, con una dureza que me hace congelar la sangre por un milisegundo.

—Soy el tipo de distracción que un hombre como usted no puede permitirse perder, señor —contesto, inclinándome hacia adelante, dejando que el escote profundo robe su atención por un instante, antes de atrapar sus ojos otra vez—. Porque mientras todos en esa sala intentan lamerle las botas para conseguir sus migajas, yo soy la única que sabe qué hay exactamente en el cargamento que llegó ayer a las cuatro de la mañana. Y le aseguro que la discreción de mi silencio es mucho más barata en privado.




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